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Mayo 07, 2005

Grabaciones con altibajos - Miguel Cereceda

Reenviamos reseña de "DESVELAR LO INVISIBLE. VIDEOCREACIÓN CONTEMPORÁNEA", presentada en Sala Alcalá 31. Madrid, originalmente publicada en abc.es | ABCD las artes y las letras

altibajos.jpgDesde que a finales de los años sesenta empezó a popularizarse el uso del vídeo, básicamente han aparecido tres formas fundamentales de videocreación, en función de la utilización que se haga del aparato. Una primera utilización posible y reiterada fue la que comenzó a servirse del vídeo como objeto, integrando el reproductor y la imagen como objeto artístico en relación con otros objetos artísticos. Ello dio lugar a formas expresivas tales como la vídeo-instalación o la vídeo-escultura, en la que sobresalieron artistas como Nam June Paik, Wolf Vostell, Bruce Nauman o Fabrizio Plessi. Aunque estos artistas experimentaron con nuevas formas posibles de la imagen, y realizaron prácticas de deformación, geometrización y abstracción de la misma, su interés no se dirigió por lo general a la creación visual con el aparato, sino más bien a la composición de relaciones sorprendentes entre los objetos, sirviéndose de automóviles, instrumentos musicales y otras cosas semejantes, para componer con ellos fascinantes instalaciones en las que la imagen introducía apenas un momento de color o de movimiento, o escenas sociales o políticas, sacadas de la televisión.

Levantar acta. El segundo tipo de creación artística que apareció casi a la vez que el anterior fue el que se servía del vídeo como instrumento para levantar, por así decir, acta documental de otros trabajos artísticos con muy escasa relación con el vídeo. Buena parte de la performance y del body art ?aparecido igualmente a finales de los sesenta? se pudo divulgar, e incluso se hizo posible, gracias a la utilización del vídeo. Artistas como Chris Burden, Jochen Gerz, Joseph Beuys, Richard Serra, Dennis Oppenheim y otros muchos realizaron numerosas acciones corporales en las que el vídeo funcionaba como un mero instrumento documental de su trabajo, sin un mayor interés por la ejecución formal o visual de la imagen.

A finales de los sesenta apareció así la primera vídeo-galería de la Historia, en Dusseldorf, con el malogrado Gerry Schum ?de cuyo trabajo se presenta actualmente una extraordinaria exposición en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla?, quien se dedicó a documentar para la televisión la obra de los primeros artistas del paisaje y de los primeros artistas corporales. En esta segunda categoría del vídeo como documento o como testimonio aparecieron formas expresivas como el land-art, cuyo último soporte paradójico y, por tanto, cuya verdadera realidad terminó siendo o bien la fotografía o bien el vídeo.

La tercera forma de videocreación posible no se servía del vídeo como objeto, ni como instrumento documental, sino como verdadero sujeto de creación de imágenes. En este sentido, el vídeo desarrollaba ya muchas de las posibilidades presentes en el cine y en el Super-8, construyendo relatos o composiciones visuales fascinantes. Aunque, sin lugar a dudas, el ámbito específico de expansión de esta forma de expresión artística ha sido la televisión, bajo las formas del spot publicitario y del vídeo-clip comercial, el vídeo como sujeto de creación de imágenes ha tenido, sin embargo, también una creciente presencia en las salas de exposiciones de centros y museos de arte contemporáneo, transformando sus salas en mini-cines, bajo el formato caja negra / pared de proyección blanca. Y, aunque en rigor, para esta forma de creación artística, su espacio natural de difusión tendría que ser la televisión, se ha terminado, sin embargo, imponiendo en el ámbito comercial de las galerías de arte y en el territorio expositivo de las bienales y los museos.

En «loop». La selección de vídeo contemporáneo presentada por Victoria Combalía en las Salas de la Comunidad de Madrid se atiene básicamente a esta última forma de la videocreación en la que el formato de visionado parece haberse estandarizado finalmente en una proyección en loop de unos cuatro minutos de duración, presentada sobre una pantalla blanca que ocupa toda la extensión de una pared, en una habitación completamente oscurecida y pintada de negro. En este sentido, el montaje de la muestra resulta espectacular, por el alarde constructivo de distintos espacios expositivos o salas de proyección, aunque la selección, como todas en estos casos de extraordinaria proliferación de artistas y de producciones, resulta poco justificada y un tanto arbitraria. No sólo la extraña legitimación que da la comisaria de su selección («La idea de esta exposición surgió por puro azar, viendo por casualidad dos vídeos en dos galerías cercanas de París», afirma en el texto del catálogo), sino también por la escasa justificación teórica de la misma. Pues lo cierto es que el panorama de la videocreación internacional contemporánea es tan vasto que, si no se proporciona un criterio general de orien- tación de cómo ha sido articulada la selección, el espectador no puede evitar la sensación de que los que están están porque están, pero que si no estuvieran, no pasaría nada, porque podrían estar otros tantos.

De los trece artistas seleccionados, posiblemente los tres indiscutibles sean los de mayor proyección internacional y, seguramente, también más de moda. El primero de ellos, que ha irrumpido con gran fuerza en la escena contemporánea, Anthony Goicolea (Atlanta, 1971), ha desarrollado un trabajo morboso e inquietante, utilizándose a sí mismo como personaje de todos sus vídeos, en historias de adolescentes, en las que el sexo, la ansiedad o la religión están presentes de modo tortuoso. Goicolea ya estuvo en Madrid en la exposición Segunda naturaleza, de Casa de América (2003), en la selección Cine y casi cine, del Reina Sofía (2004) y en ARCO este mismo año. Sin lugar a dudas, el segundo es el gran João Onofre (Lisboa, 1976), posiblemente, uno de los mejores vídeo artistas del momento, como demostró contundentemente en su gran exposición en el CGAC de Santiago de Compostela en 2003. Por desgracia, de Onofre se ha seleccionado para esta exposición una pieza un tanto anodina de una comedora de flores, que puede que tuviera su gracia en un momento dado, pero que no es en absoluto representativa de su trabajo. En tercer lugar, la neoyorquina Anna Gaskell (Des Moines, Iowa, 1969), que como fotógrafa y videoartista ha estado presente en importantes exposiciones, tanto en el Whitney como en el Guggenheim de Nueva York, y que presenta una interesante filmación cenital de un grupo de niños en la nieve, extraños seguidores de un moderno flautista de Hamelín.

Otros nombres. De los restantes artistas, vale la pena reseñar, en primer lugar, el estimable trabajo de la catalana Blanca Casas Brullet (Mataró, 1973), con una interesante obra de acciones callejeras o de esculturas temporales rodadas en vídeo (Parasitosis, 2004), en las que un transeúnte se cuelga inopinadamente de otro que pasea desprevenido y continúa cargando con él como si tal cosa. Sigue siendo interesante la contemplación del trabajo de Sergio Prego (San Sebastián, 1969), debido a su sorprendente y espectacular ejecución técnica, aunque sus trabajos los hayamos visto en Madrid ya en varias ocasiones. Interesante también el trabajo de la norteamericana Shinique Amie Smith (Baltimore, 1971), jugando con el propio cuerpo en su relación con la pintura y el vestido, recreando extrañas danzas o retorcidas esculturas. Por último, la poética peculiar de Robert Gligorov (Kriva Palanca, 1960), quien ya estuvo en Madrid en dos exposiciones de Carmen de la Guerra, y que presenta una delicada composición sobre la palabra, como una especie de pájaros del alma.

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