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Octubre 02, 2005
DAVID GOLDBLATT: ESCENAS DE SURAFRICA (ENSAYO) . Manoli Mansilla
No una palabra, apenas un murmullo, apenas un escalofrío,
menos que el silencio, menos que el abismo del vacío; la plenitud
del vacío, algo a lo que no se puede hacer callar, que ocupa todo
el espacio, lo ininterrumpido, lo incesante, un escalofrío y acto
seguido un murmullo, no un murmullo sino una palabra, y no una palabra cualquiera,
sino distinta, justa, a mi alcance
M.Blanchot
El saber occidental no ha comprendido que el mundo no se mira, se oye. No se lee, se escucha. Nuestra ciencia siempre ha querido vigilar, abstraer y castrar los sentidos, olvidando que la vida es ruidosa y que solo la muerte es silenciosa. Las fotografías de David Goldblatt desvelan una forma sonora del saber a partir del desgajamiento, la violencia de aquello que quiere manifestarse como realidad y una vivencia del sentido profundo de las cosas y su impermanencia.
Fotografías en blanco y negro. Barniz de simplicidad como acceso que nos permite introducirnos en obras que, observadas en serie, suponen un complejo reordenamiento de la fotografía contemporánea y la representación. Dicho reordenamiento tiene lugar no sólo en una dirección, sino en lo que, de algún modo, constituyen dos trayectorias opuestas: una vuelta a la maravilla básica que supone la imagen fotográfica en tanto que registro de un lugar y un tiempo específicos- es decir, un momento único, que se ha congelado y detenido- y, al mismo tiempo, una expansión de la fotografía, más allá de su función como souvenir nostálgico de un momento pasado, hacia una nueva concepción del espacio, el tiempo y la memoria. Fantasma extraordinario de una escritura espacial, la fotografía canaliza lo imaginario y la violencia, fuera del mundo a menudo represivo del lenguaje.
En su mayoría, son fotografías que narran la calidad de la existencia y las necesidades, los orgullos, los anhelos y los temores que genera la segregación racial y su forma institucionalizada, el apartheid, en diversas extensiones geográficas de Suráfrica. De lo que no cabe duda es de que Goldblatt no se interesa por el concepto de poder en general, sino por las relaciones de poder, por su formación, por su especificidad, por su representación. Cuando se produce la violencia, todo aparece claro. Cuando se produce la adhesión, tal vez no sea más que el efecto de una violencia interior que se oculta en el fondo del consentimiento más sumiso.
Búscame detrás de mi presencia
Leonardo da Vinci
Las fotografías de David Goldblatt son imágenes silenciosas porque no buscan definir el mundo, sino más bien revelárnoslo lentamente, a través de una observación paciente y una percepción intensa. Silencio infinito de nuestra solitaria individualidad que nos deja desnudos, no ante la sociedad, sino ante nosotros mismos.
Nos encontramos con fotografías como monólogos, como escucha solitaria y almacenes de socialidad, como documentos familiares, que conservan recuerdos, reminiscencias, etc. Gracias a la facilidad con que se registran, pueden utilizarse para proporcionar distracciones, almacenar fragmentos; una buena manera de borrar los ruidos entre bastidores. Instrumentos llamados a jugar un grandísimo papel como educadores que vulgarizan las buenas tradiciones y se las ve como peligrosas, al hacer posible que un amplio público acceda sin esfuerzo a su consumo de signos. Explícitamente ratificada por un fotógrafo para quien la imagen debe insinuarse en el mundo de lo cotidiano y no ser ya un acontecimiento excepcional.
Sin embargo, no se pretende ya comunicar con el espectador mediante un mensaje, aunque ese vacío dé en ocasiones lugar al mensaje, pues el oyente puede asociarlo o tratar de crear en él un orden La imagen es fuente de silencio, pero también de emergencia creativa. La forma es liberada de una configuración única y se basa en un infinito laberinto de efectos de feed-back. En la ausencia de sentido de la obra, el espectador no tiene ninguna autonomía propia en su acción, ninguna operación cuyo origen no se remonte a la manipulación del azar. Gestionar el azar remite al espectador a una importancia, a una transparencia nunca alcanzadas: es el ejecutor obligado de leyes probabilísticas. Se convierte en arreglador de una obra vaga: casi viva, casi orgánica, que crea por sí misma, por su historia, su significación.
Imágenes como rostro que no son “des-velamiento”, sino pura indigencia de la exposición sin defensa. Goldblatt nos muestra la “extrema precariedad del único, la precariedad del extranjero” . Desnudez de pura exposición que no es simplemente énfasis de aquello conocido, de aquello desvelado en la verdad: es una exposición que es expresión, primer lenguaje, apelación y asignación. Rostros que así, no son exclusivamente las caras del hombre porque no se trata de confirmarse en su identidad, sino de cuestionar siempre esta identidad misma, su libertad ilimitada y su potencia. Nos encontramos delante de estas fotos silenciosas ante la individuación del individuo.
Sin embargo, la fotografía también es la transición entre la representación y el consumo. Es un medio de hacer callar, un ejemplo de mercancía que habla en lugar del hombre, de monólogo de instituciones. Porque ahora el poder ha extendido sus funciones a toda la sociedad y la imagen se ha convertido en un silencio de fondo para las masas. Imágenes doblemente silenciosas, solitarias, están conectadas con un surtido indiferente al tiempo y al espacio, como simbolismo de la internacionalización de las relaciones sociales. Como diría Lévinas, “Soy en tanto que mi existir, no por lo que digo”
Tratamos de reflejarnos en estas imágenes como si detentáramos el secreto de su interioridad, el destello mismo del afuera. Quizás porque tenemos la exigencia de interiorizar el mundo, de suprimir las alineaciones porque no penetran en el espesor de nuestra cultura, sino que permanecen flotantes, extrañas, como algo exterior a nuestra interioridad. Y nosotros intentamos detentar nuestra interioridad en el destello mismo del afuera. Todo discurso puramente reflexivo corre el riesgo, en efecto, de devolver la experiencia del afuera a la dimensión de interioridad: en el espesor de las imágenes, a veces en la mera transparencia de las figuras más neutras o las más improvisadas, corre el riesgo de depositar significaciones preconcebidas, que, bajo la apariencia del afuera imaginado, tejen de nuevo la vieja trama de la interioridad.
La fotografías de David Goldblatt generan atracción. Lejos de llamar a la interioridad a aproximarse a otra distinta, la atracción manifiesta imperiosamente que el afuera está ahí, abierto, sin intimidad, sin protección ni obstáculo; pero que a esta abertura misma, no es posible acceder, pues el afuera no revela jamás su esencia; no puede ofrecerse como una presencia positiva sino únicamente como la ausencia que se retira lo más lejos posible de si misma y se abisma en la señal que emite para que se avance hacia ella, como si fuera posible alcanzarla. La atracción no tiene otra cosa que ofrecer más que el vacío que se abre indefinidamente bajo los pasos de aquel que es atraído, más que la indiferencia que le recibe como si él no estuviera allí, más que el mutismo demasiado insistente como para que se le resista, demasiado equívoco como para que se le pueda descifrar y darle una interpretación definitiva, - nada más que ofrecer que la sonrisa de la chica, la mano posada en el talón del niño, las manos de éste en su espalda. Pero no es una atracción cualquiera. Es la atracción en el colmo de su disimulo: disimulada puesto que se da como pura presencia cercana, obstinada, redundante, como una figura más.
Dentro del conjunto de fotografías que componen las fotografías de Goldblatt, dedicadas a Sudáfrica, encontramos un apartado dedicado a la arquitectura como expresión de valores, donde el silencio aparece ya como “huella”: apunta hacia la posibilidad de pensar una realidad ausente, no es un testimonio de aquello que ya no está. Al igual que la huella, la arquitectura es real, existe, pero lo que revela es ausencia. Es decir, un vacío cargado de sentido, de la misma manera que la huella está cargada de realidad. Como tal, está lleno de rumor. No es silencio como negación -superación del lenguaje- sino como variación del habla -silencio que revela una carencia de palabras sin fondo.
Como bien se preguntaba David Hockney hablando de su propio trabajo: “¿Cuándo estamos en el presente? ¿Cuándo termina el pasado y tiene lugar el presente, cuándo empieza el futuro?... Normalmente se diría que la fotografía ofrece una visión única de las cosas, como si existiese una realidad objetiva, y por supuesto, no es así. Hay muchas cosas, pero no podemos verlas, ese es el problema”
El tiempo se encuentra simultáneamente condensado y dilatado. Sabemos que la información está ahí. Lo que ocurre, simplemente, es que no podemos descifrarla. El efecto de Goldblatt, es desvelar una estructura inmutable oculta bajo las apariencias de los edificios, unas imágenes ya fijas desde antes y cuya función es hablarnos de la desaparición. “Aparición” de lo real y de su falsificación.
En todos los casos, este silencio generado es preludio de la palabra, una página en blanco que tiene que cubrirse de lenguaje. El silencio imperfecto no prescinde del lenguaje porque se entiende como el vacío derivado de la propia apoteosis del lenguaje: es el silencio producto de la resistencia a la comunicación, la de la autoafirmación a través de la rotura. Las fotografías de Goldblatt destacan en su propio silencio. A partir de la demostración del instante concreto, del edificio concreto, de la vivencia concreta, el fotógrafo despoja la escena de su especificidad, capturando no solo las imágenes cotidianas, sino la memoria humana, la memoria de la confrontación.
En estos retratos de la desposesión, el tiempo expuesto invade el pasado y el futuro, porque la fotografía sirve para conjurar todo lo que hay en nosotros. Sin embargo, el silencio es el soplo inaudible, primero, desmesurado, de donde puede venir todo discurso manifiesto. El movimiento de la atracción, la retirada del compañero, ponen al desnudo aquello que es ante todo palabra, por debajo de todo mutismo: el goteo continuo del lenguaje. Lenguaje que no es hablado por nadie, que no se resuelve en ningún silencio: toda interrupción no forma más que una mancha blanca en este mantel sin costuras. Abre un espacio neutro donde ninguna existencia puede arraigarse. El uso de imágenes es como un deslumbramiento que, más que iluminar la oscuridad habitual, la oculta.
“Pero lo indecible empezó a borbotear y a buscar palabras”
Nietzsche
Con el ruido nació el desorden y su contrario: el mundo. El ruido desde su origen es equivalente al enunciado de un espacio, indica los límites de un territorio y los medios de hacerse escuchar en él. Un ruido es una sonoridad que molesta la escucha de un mensaje en curso de emisión. Una sonoridad es, a su vez, un conjunto de sonidos puros simultáneos, de frecuencias determinadas y de intensidades diferentes. El ruido no existe, pues, por sí mismo, sino en relación con el sistema en el que se inscribe: emisor, transmisor, receptor Los ruidos registrados tienen un simbolismo: escuchar, memorizar es poder interpretar y dominar la historia, es decir, hacer creer. Es en general, el ruido es un difusor de información, pero puede crear las condiciones de un orden nuevo en el oyente.
Considero ruido a la aparición del texto que aparece siempre junto a las fotografías Ruido entendido como ambigüedad absoluta entre imagen y texto, como construcción fuera de sentido. Sabemos que un ruido exterior al código en vigor –en este caso, a las imágenes- puede conducir a su mutación La presencia de ruido hace posible la creación de un orden nuevo, a otro nivel de organización, un código nuevo en otra red: hacer creer dando a oír.
El conocimiento de la obra de Goldblatt empieza debajo del objeto Porque el texto hace la significación posible de la obra. Sin embargo la expresión se ha desprendido de este pensamiento anterior a ella. La acción cultural no expresa un pensamiento previo, sino el ser al cual, encarnada, ella ya pertenece porque como dice Lévinas “la significación no puede inventariarse en la interioridad de un pensamiento”. Así nuestro pensamiento ya no es paralítico en este momento ruidoso en el que se unen la subjetividad del percibir y la objetividad del expresar. El simbolismo de la significación pasan ahora por una intuición previa, por una experiencia unida a la plenitud del ser que da la imagen, la cual no queda, por tanto, reducida al signo. La imagen en este caso no es el compendio de una presencia real que lo preexistiría, sino que da más de lo que ninguna receptividad del mundo nunca podría dar. Porque ahora el significado supera aquello dado, pero no porque supere nuestras formas de aprehenderlo sino porque el significado es de otro orden que aquello dado.
De forma que los textos nos dejan en el umbral de un mundo imposible de imaginar, un acto que nos hace más conscientes de nuestros cuerpos y del peso de estos Ahora resulta posible pasar, gracias al poder del lenguaje, de aquí, el lugar en que contemplamos la fotografía, a allí, el mundo que existe detrás de la cámara de Goldblatt. Insinuación de un marco que nos permite percibir algunos aspectos de un espacio sin límites, aunque al final no podamos verlo realmente, ni tampoco, por tanto, experimentarlo. Habíamos creído almacenar discurso, es decir, tiempo del intercambio, pero en realidad se ha almacenado ruido codificado, es decir, tiempo del uso.
Vertiginosa tensión entre igualdad -la de antes- y diferencia -la de ahora- que fuerza al espectador a hacerse más consciente de los detalles que la composición sintetiza. Ahora ya no tendemos a buscar otras cosas, sino absorber aquello que tenemos delante. Es el propósito de Goldblatt de hacernos conscientes de la tensión que existe entre igualdad y diferencia, de impedir que dejemos de advertir que el mundo está cambiando constantemente, que el presente no cesa de desaparecer sumergiéndose en el pasado. Nos trae al umbral de la conciencia, haciéndonos conscientes de las limitaciones de la mirada.
Hemos pasado de la orientación del yo-idéntico, hacia otro que es absolutamente otro. Nos encontramos, de repente, ante una grieta que durante mucho tiempo se nos había ocultado: “el ser del lenguaje no aparece por sí mismo más que con la desaparición del sujeto” . De ahí la necesidad de reconvertir el lenguaje reflexivo mediante el ruido: hay que dirigirlo no ya hacia una confirmación interior sino Una vez que haya alcanzado el límite de sí mismo, no vea surgir ya la positividad que lo contradice, sino el vacío en que va a desaparecer; y hacia ese vacío debe dirigirse, aceptando su desenlace en la inmediata negación de lo que dice, en un ruido que es el puro afuera donde las palabras se pliegan indefinidamente.
Porque las palabras no hablan, no son interiores, más bien al contrario, carecen de intimidad, y al estar todo afuera, aquello que designan nos abocan hacia ese afuera de toda palabra, aunque aquí, el afuera está vacío, el secreto no tiene profundidad, no se repite más que el vacío de la repetición, aquello que no habla y que, sin embargo, ha sido dicho para siempre: los acontecimientos y las condiciones sociales que genera la segregación racial.
El espacio que disponen los textos y las imágenes de lo común que ofrece Goldblatt son de tal suerte que espacio y visión no se pierden en la fijación escrita. Esta es con exactitud la dimensión en que, desde el inicio, marchan juntos el lenguaje y la escritura y se relacionan mutuamente. Las imágenes nos permiten conocer y adivinar muchas cosas de lo que ha sido, pero ellas mismas no dicen nada. Por el contrario, no es que los textos sin leer sean, ellos mismos, mudos, sino que nosotros somos sordos para ellos. Se recoge en ellos, por así decir, la plena existencia de las cosas “pensadas” en comunicaciones fijadas por escrito, de modo que, dejamos que nos comuniquen algo.
Como Lutero dice en su traducción de la Biblia: que lo “escrito está escrito”. Está escrito, ha alcanzado, gracias a su estar escrito, un estado definido y en este estado quiere decir, claramente, que lo escrito habla por sí mismo y que no sólo logra su fuerza enunciativa retrocediendo a una situación hablada originaria. Este es el sentido de todas las fijaciones que se realizan en nuestro mundo dominado por la escritura.
Leer es dejar que fluya el ruido- la palabra. Así la palabra deja de ser el poder que incansablemente produce y hacer brillar las imágenes, y se convierte por el contrario en la potencia que las desata, las alienta con una transparencia interior que poco a poco las ilumina hasta hacerlas explotar y las dispersa en la ingravidez de lo inimaginable. Como el canto de las sirenas del mundo griego: su canto mata a quienes lo escuchan, salvo a Ulises, atado, incapaz de hacerse obedecer por sus remeros, voluntariamente sordos para defenderse de la violencia del ruido. Ellas no son más que canto. El grato vacío de la escucha, de la atención. Y seducen no tanto por lo que dejan oír, sino por lo que brilla en la lejanía de sus palabras. Su fascinación no nace de su canto actual, sino de lo que promete que será ese canto. Y el canto no es más que la atracción del canto, y no promete al héroe más que la repetición de aquello que ya ha vivido, conocido, sufrido, simplemente aquello que es él mismo. Y sin embargo, hay que renunciar a escucharlo para continuar viviendo y poder así comenzar a cantar; o mejor aún, para que nazca el relato que no morirá nunca, hay que estar a la escucha, pero permanecer al pie del mástil.
Voler- hi veure no és res més que escoltar la remor que
fa la vida que neix de la necessitat de voler ésser dita. (Querer
ver no es nada má que escuchar el murmullo de la vida que nace
de la necesidad de ser dicha)
A. Llena
Escuchar no es ya promesa de reconciliación porque deriva en la multiplicación de los tiempos simultáneos, en la presencia independiente y exacerbada del pasado, del presente y del futuro, en la medida que el espectador no ve más que ruido con respecto al código, una crisis con respecto a un valor. La imagen ya no es catarsis, constructora de diferencias. Aparece atrapada en la identidad y va a fundirse en el ruido. Porque el pasado se escapa en el olvido y porque la identidad es intolerable, rechazamos aún la hipótesis más plausible: si nuestras sociedades parecen imprevisibles, si el futuro resulta difícil de aprehender, es quizás, sencillamente, porque no ocurre nada, fuera de los seudo acontecimientos artificialmente creados. No hay que olvidar que la fotografía es un soporte muy especial; exige, para tener sentido, un tiempo no comprimible, el de su duración. Concebida como un condensador de palabras, se ha convertido en una difusora de sonidos. La imagen ya no se escucha en silencio. Se integra en una totalidad. Pero como un ruido de fondo en una vida a la que por sí misma ya no puede dar un sentido. Escuchar, es así, hacer oír su voz, mediante la afirmación permanente del derecho a la diferencia, la negativa obstinada al almacenamiento del tiempo, del uso y del intercambio, la conquista del derecho a hacer ruido, es decir, a crear para sí su propio código y su propia obra, sin mostrar por adelantado cual será su finalidad, y del derecho a conectarse al de otro, escogido libre e irrevocablemente. Es decir, el derecho a componer su propia vida. El discurso no pertenece a la obra, sino al dispositivo creado entre el objeto estético y el espectador.
Así se reconstituye la realidad de los hechos sociales, de una historia al borde de caer en su propio olvido. Fotografía y texto no lo reproducen, sino que lo reconstituyen de realidad, por el modo en que estructuramos nuestra relación con el mundo, fijando el tiempo histórico que se enfrenta con temor a su propia desaparición.
Si la historia del hombre transcurre en un constante cambio, es inútil que queramos fijarla en el tiempo, puesto que no existe sino a través de sus sucesivas lecturas. Así se establece una dialéctica, un saber escuchar lo que evoluciona y lo que debe mantenerse; bien puede ser la escucha del mundo bajo el velo de sus apariencias.
Escuchar es a la vez, recibir y expresar. Así se manifiesta que la expresión define la cultura, que la cultura es arte y que el arte. Escuchando las fotografías de Goldblatt hemos superado la estructura sujeto-objeto. Y con ello aparece la interrogación por el hombre, por el otro hombre, el individuo que desde su diferencia sustancial respecto a nosotros, nos planta cara y nos convoca a la “responsabilidad” . Un hombre de carne y huesos que no se deja reducir en “humanidad”. El Yo absoluto que define al sujeto moderno queda desbancado por el yo, primera persona del singular que se presenta en cada una de las fotografías que escucho. Se trata, ni más ni menos que de la apertura como vulnerabilidad extrema que pone la sensibilidad al descubierto. Porque descubrimos que previamente a nuestra identidad, estamos ligados con los otros, con los perforadores de minas de Johannesburgo o con los africanos segregados que viven en los homelands. El hombre-espectador deja su lugar, en este “otro” humanismo, al hombre-responsable. He aquí el activismo de Goldblatt: intentar hacernos escuchar la no-prioridad del Mismo
Prestar oídos a la voz de las sirenas, volverse hacia el rostro prohibido que hurta la mirada, no es únicamente saltarse la ley para afrontar la muerte, como tampoco abandonar el mundo ni el olvido de la apariencia, es sentir de repente crecer en uno mismo el desierto, al otro extremo del cual ( aunque esta medida es tan delgada como una línea) espejea un lenguaje sin sujeto asignable, una ley sin dios, un rostro sin expresión y sin ojos, otro que es el mismo. Como si, en esa retirada, en este hueco que quizás no sea más que la irresistible erosión de la persona que habla, se liberara el espacio de un lenguaje neutro; entre el espectador y las fotografías se precipita todo relato, desplegando un lugar sin lugar que es el afuera de toda palabra y de toda imagen, y que las hace aparecer, las desposee, les impone su ley, y manifiesta en su desarrollo infinito su reverberación de un instante, su fulgurante desaparición.
En este espacio murmurante de la escucha prestamos atención a aquello que sería radicalmente nuevo, sin punto de comparación ni de continuidad con nada y atención a aquello que sería lo más profundamente viejo. En ese poder de disimulo que borra toda significación determinada y la existencia misma de aquel que habla, en esa neutralidad gris que es refugio esencial de todo ser y que libera así el espacio de la imagen, el lenguaje no es ni la verdad ni el tiempo, ni la eternidad ni el hombre, sino la forma deshecha siempre del afuera. Se “desvela” como transparencia recíproca del origen y de la muerte, no hay una sola existencia que , no incluya la promesa amenazadora de su propia desaparición, de su futura aparición.
De este modo, la paciencia reflexiva y la ficción que se anula en el vacío en que desata sus formas, se entrecruzan para formar un discurso que se presenta sin conclusión y sin imagen, sin verdad, sin argumento, sin afirmación, independientemente de todo centro, exento de patria y que constituye su propio espacio como el afuera hacia el que habla y fuera del que habla.
Este discurso se abre como un comentario y no un comentario cualquiera: será una etapa necesaria hacia aquello cuya luz, infinitamente tenue, no ha recibido nunca lenguaje. Lenguaje que no pertenece a nadie, que no es de la ficción ni de la reflexión, ni de lo que ya ha sido dicho, ni de lo que todavía no ha sido dicho, sino “entre ambos, como ese lugar con su invariable aire libre, la discreción de las cosas en su estado latente”.
Cualquiera “escucha”, aunque el sonido se da de manera peculiar, idealizada, inaudible. Lo que resulta nunca es, del todo, repetible, aunque lo comprenda “del todo”. Ningún intérprete, sea de la clase que sea, debería desear existir de otro modo que desapareciendo en este objetivo; no debería querer otra cosa. Tener la capacidad de esperar, como si buscara y encontrara la palabra. Cuando alguien comprende, algo queda detenido. Quien comprende algo, lo retiene en una configuración del tiempo en medio de la tendencia, del discurrir, a que damos el nombre de vida y que no termina en una duración permanente. Pero lo que queda detenido no es un nunc stans, como instante de inspiración. Es, antes bien, una suerte de demora en la que no se demora el ahora, sino el tiempo mismo. Tenemos conocimiento de ello. Quien se abandona a algo, olvida el tiempo. Escuchar no es otra cosa que quedar detenido en el mismo llevar a cabo, donde no queda detenida otra cosa que la prolongación misma.
Manoli Mansilla
Enviado el 02 de Octubre. << Volver a la página principal <<
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