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Octubre 01, 2005

Del masoquismo estético - YVES MICHAUD

Originalmente publicado en LA VANGUARDIA DIGITAL

Lo primero que nos sorprende en este septiembre en Venecia es el elevado número de visitantes de la Bienal. No es una avalancha, pero de todos modos por ella pasea un público abundante, ni escandalizado ni cómplice, ni entusiasta ni aburrido; más bien curioso y que se esfuerza por comprender. La Bienal de Venecia es uno de esos lugares a los que se acude a comprobar el pulso del arte contemporáneo. En el pabellón alemán, dos vigilantes de cierta edad amagan unos pasos de danza cantando en inglés, como si estuvieran en una comedia musical: "Qué contemporáneo, esto es muy contemporáneo". No se sabe si son unos artistas, mediadores pagados por la Bienal o vigilantes que pasan el rato...

La Bienal de Venecia, fundada en 1885, siguiendo el espíritu de las exposiciones universales donde se enfrentaban los orgullos de las naciones, está formada ante todo por pabellones nacionales que exponen en el parque de los Giardini la creación tal como la reconoce cada país. Desde este punto de vista, la Bienal es una competición internacional con victorias sancionadas por premios. El premio concedido a Rauschenberg en 1964 marcó la toma del poder del arte estadounidense, confirmada ese año por la concesión del gran premio a Barbara Krüger, de quien no puede decirse que muestre signos de cansancio. Una vez dicho esto, hay que añadir que no todos los países están representados: África, que es tan dinámica, está casi ausente (con excepción de Marruecos y Egipto), India sigue haciendo caso omiso del arte contemporáneo y China está representada de modo muy pobre, probablemente porque el panorama vivo del arte escapa en ese país al reconocimiento oficial.

En caso de existir en arte algo llamado globalización, se trata de un fenómeno muy limitado. Cabe deplorarlo, pero más vale constatar que la globalización del arte es, sobre todo, una ventaja de los ricos: los coleccionistas, los medios y los apoyos mediáticos están en los países europeos y norteamericanos.

¿Lo presentado en los pabellones nacionales? Cosas variadas y desiguales. La elección depende de los comisarios nombrados por cada país y de la idea albergada por ellos de lo que es presentable en la escena internacional, de las identidades que juzgan deseable o posible presentar. Las elecciones dependen en parte de la arquitectura de los pabellones y de lo que ésta autoriza. En el pabellón de EE.UU., las rigurosas pinturas de Ruscha encajan perfectamente con la simetría neoclásica del edificio.

En conjunto, hay pabellones que cabría denominar étnicos (Uruguay, Egipto), incluso folklóricos (Islandia, con su barro y su paja; Bélgica, con su cerveza), otros (la mayoría) en donde se exponen los estándares del momento, es decir, lo que se hace actualmente (vídeo, instalaciones) o bien pesos pesados artísticos (en el sentido literal y figurado en el caso británico de Gilbert y George), o los más globalizados y más elegantes. España, con el catalán Muntadas, habría merecido el premio del mejor pabellón nacional, obtenido por Francia con Annette Messager con una instalación más espectacular que relevante emparentada con la galería de ilusiones ópticas de un parque temático. Es de lamentar que no haya un premio a la debilidad. Habría ido a parar sin discusión al pabellón ruso, donde se expone el viento soplado por turbinas, una obra titulada precisamente Viento idiota, que se supone que debe hacer experimentar al espectador el poder del espacio público. La Rusia de Putin elige con juicio a comisarios para que hagan las veces de artistas...

A las exposiciones nacionales se añaden desde hace una veintena de años exposiciones colectivas ambiciosas confiadas a comisarios de renombre internacional. Este año, las españolas María de Corral y Rosa Martínez han sido las encargadas de montar (en un tiempo récord) sendas exposiciones, tituladas respectivamente La experiencia del arte y Siempre un poco más lejos. Los juicios sobre esas exposiciones se han visto redu cidos por parte de los críticos a unas ideas bastante inmutables sobre lo que es o debe ser hoy el arte; pero cabe dudar de que, en el pluralismo ambiente que es el nombre políticamente correcto de una desorientación casi completa, sea indispensable que a uno le propongan la enésima toma de partido (el todo foto, el todo cuerpo, el todo conceptual, el todo relacional, etcétera). Es mucho más interesante ver cuál es el estado medio del arte; y, desde este punto de vista, las exposiciones de María de Corral y Rosa Martínez son muy significativas, cada una en su género.

En el marco más bien moderno y elegante del pabellón italiano , María de Corral se propone mostrarnos "la experiencia del arte". Como dice ella misma en el inventario que hace las veces de prefacio, es una experiencia hecha de muchas cosas dispares.

Se concede un lugar importante al componente clásico y sobre todo pictórico, aunque no esté presente del todo la moda del día (en los pabellones casi no hay ninguna pintura). Con pintores como Bacon, Guston, Tàpies, Agnes Martin y otros menos conocidos, como Pijuan, Uslé (una buena representación catalana, pues, añadiendo a Muntadas, presente en el pabellón español), o Marlene Dumas, que están perfectamente a la altura de los maestros antiguos. Junto a esas pinturas, las fotografías, instalaciones luminosas y dispositivos arquitectónicos de Thomas Ruff, Dan Graham, Nauman, Stan Douglas, Jenny Holzer, Tacita Dean, Meireles no emiten ninguna nota falsa: son todo lo modernos que hace falta, con medios modernos y tecnológicos. Mucha elegancia y virtuosismo, con auténtico talento para la puesta en escena, recuerdan que el arte también son piezas hermosas para coleccionistas y grandes museos, para exponer con clase. Encontramos ahí una tradición de belleza visual limpia y luminosa muy de los años 1980 y 1990. El mensaje, en cambio, es más bien pobre y a veces incluso simplista. Pero ése es también el interés de la exposición de De Corral, que nos recuerda esa dimensión de banalidad sofisticada, muy a lo Armani.

Los vídeos
Probablemente, lo más interesante son los vídeos. Representan bien la experiencia del arte de hoy, incluido su hándicap característico, a saber, que nadie o casi nadie mira las instalaciones de vídeo. El artista debe arriesgarse a una especie de ruleta rusa: la mirada del espectador se engancha o no, y todo depende del momento y de la secuencia con la que se encuentra. No es por falta de voluntad ni de atención por parte del espectador: la longitud total de los vídeos presentados en las exposiciones necesitaría dedicar varios días a ellos. Todo queda en manos de la suerte. En mi caso, me dejé llevar por el ritmo lento de Chen Chieh-Jen filmando a unas obreras que, de vuelta a su antigua fábrica cerrada por culpa de la deslocalización, se ponen de nuevo a trabajar (para la película) tras siete años de abandono; y también por las repeticiones insistentes de la expresión de sentimientos maternos y paternos a partir de imágenes extraídas digitalmente de las grandes películas de Hollywood y reprocesadas por Candice Breitz: hay que meter mucho el clavo para que los sentimientos atraviesen el diluvio de las imágenes. Estas observaciones sobre el vídeo sirven a fortiori para los, aún más numerosos, presentados en la exposición Siempre un poco más lejos de Rosa Martínez. Ese siempre un poco más lejos pasa para Rosa Martínez por la exploración del cuerpo, la repetición de los afectos y los traumatismos, la saturación de la percepción -no sólo visual sino también auditiva- y también la desorientación del espectador en la oscuridad. Es cierto que las salas altas, decrépitas y sombrías del Arsenal, con su aspecto piranesiano, favorecen e incluso piden el juego de semejantes efectos.

La ambigüedad del título de la exposición, hay que reconocerlo, está justificada: el arte sigue yendo más lejos; pero, a diferencia de lo que ocurría en los tiempos modernos, ahora sólo va un poco máslejos. Se acabaron las grandes transgresiones y las poderosas utopías, hay que hacer sitio al poco. A veces incluso al muy poco (los rusos del colectivo Nariz Azul se solidarizan plenamente con la debilidad de sus colegas del pabellón ruso). Hay, de todos modos, grandes momentos: la sección consagrada al artista Leigh Bowery, una especie de Matthew Barney que no se creería Schwarzenegger, los vídeos sangrientos y provocadores de Regina José Galindo, las fotografías de éxtasis, penitencia, deseo y júbilo de Cristina García Rodero, los latidos de la muchedumbre filmados por Stephen Dean. Por lo demás, las instalaciones están muy en su punto, con marcada influencia de Paul McCarthy y Jason Rhoades. Las situaciones interactivas tienen dificultades, como siempre, para desencadenar la interacción; y las Guerilla Girls, que ofrecen en la entrada de la exposición la nota feminista, aparecen como lo que son: robustas publicitarias estadounidenses que afirman sin entrar en florituras.

Lo más importante es la impresión de conjunto que se desprende de las dos exposiciones y de los pabellones de los Giardini: la experiencia del arte, precisamente. Es bastante coherente, pero deprimente. Es una experiencia donde es cuestión de comunicación en todas partes, por medio de bandas sonoras, vídeos, fotos, cuadros, esquemas, pero con un parasitismo de los significados, las palabras, los sonidos y las imágenes que desemboca en la ausencia de comunicación. Las exposiciones son intentos de formular un interminable y balbuceante: "Me gustaría decirles...".

Es también una experiencia donde los afectos son omnipresentes y al mismo tiempo están ausentes o son banales: los actores filmados o fotografiados se muestran impasibles o presentan una expresión forzada; y, en cualquier caso, sólo expresan algunos sentimientos simples, rudimentarios, repetidos hasta la saciedad (es visible la influencia de Nauman). En resumen, que en todas partes hay afecto, pero sin emoción. La experiencia del arte, salvo contadas excepciones, intriga, desconcierta: ya no choca, ni tampoco conmueve. Además, esta experiencia se encuentra profundamente fragmentada. La fragmentación está en todas partes, empezando por la de los espacios que recrean las instalaciones o la del modo de percepción que suscita el vídeo. Y también el sufrimiento está presente en todas partes, como si los artistas recibieran ahora en su cuerpo los estigmas del mundo, como si se hubieran convertido en masoquistas estéticos.

Por último -y a pesar de las pretensiones a contrario- se trata de una experiencia no crítica, del orden del espejo y la imagen, del reflejo más que de la crítica. En este sentido, el arte refleja perfectamente un funcionamiento social que no deja de reverberar de los medios de comunicación a los informes, de los reportajes a los documentales, de los análisis de expertos a los editoriales o en reacciones interactivas de los oyentes. Algunos quieren ver aún una dimensión reflexiva, pero es la reflexión de un espejo.

Fuera, la belleza de Venecia sigue resistiendo la marea de turistas.

Y quien se atreve a perderse lejos de la multitud y llegar hasta la alejada iglesia de la Madonna del Orto, donde se encuentra la tumba del Tintoretto, puede leer en la piedra sepulcral que ese pintor "obligó a los habitantes de la tierra y el cielo a respirar en sus cuadros". Cabe preguntarse si, más que la lisura especular, lo que le falta al arte contemporáneo no es sencillamente la violencia para hacer que el mundo entre en él. El arte sufre hoy la violencia del mundo y renuncia a imponerle la suya.

TRADUCCIÓN: JUAN GABRIEL LÓPEZ GUIX

Enviado el 01 de Octubre. << Volver a la página principal <<

Comentarios

Me ha hecho usted llorar.

Publicado por: valerie a las Octubre 13, 2005 03:59 PM

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