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Octubre 06, 2005

La dualidad de Bäckström - José MARIN-MEDINA

Reseña de la exposición "El Observador", en Galería Elba Benítez. Madrid. Originalmente aparecida en ·EL CULTURAL


La fotógrafa Miriam Bäckström, que hasta hace poco tenía centrado su trabajo artístico en la construcción de hábitats arquitectónicos y en la recreación de solitarios escenarios de interiores, para fotografiarlos cuestionando la verdad de la imagen inmediata, se embarca ahora en una operación de ampliación de su camino y del horizonte de su práctica. Para ello recurre al cine (Rebecka, 2004) y a la producción de piezas de sonido (Amplified Pavilion, montada en el Pabellón Nórdico de la Bienal de Venecia de 2005), incorporando a su obra la figura humana y la comunicación del sonido ambiente. Este año ha realizado su segunda película, Betraktaren/El observador, que se proyecta ahora en la galería Elba Benítez, su marchante en Madrid. Se trata de un filme sobre la dualidad, en el que verdad y ficción (vida y representación) se siguen entrecruzando a través de los diálogos y las acciones diversificadas de sus dos antagonistas, Tomas y Rebecka, situados en el ámbito muy luminoso de una habitación casi despojada de mobiliario y de enseres, habitación que determina los movimientos de los personajes, que se entienden a sí mismos como “un material” y al propio tiempo como seres que surgen del texto que van recitando, un texto que –como ellos nos hacen observar– “tiene rasgos y cualidades humanas”; “no tengo texto; te tengo a ti”. A la vez, el sonido –incluido el silencio; “sólo hay silencio”– se entiende como la base de la experiencia; así, “el sonido del zapato puede ser más importante que su realidad de objeto”.

Cruzan por todo el film muchos trazos literarios del sentido laberíntico de la escritura de Borges, y del empeño de Samuel Beckett en negar la ficción a la que, sin embargo, el autor está absolutamente sometido, así como también continuados trallazos cinematográficos de la imaginería más despojada (o menos abigarrada) de Bergman y de los escenarios de Godard, intentando explorar al hombre y a la sociedad moderna –¿efectivamente “moderna” aquí, más que postmoderna?– de una manera que se quiere radicalmente nueva, por más que arranque de la nouvelle vague, recuperada ahora por tantos jóvenes artistas plásticos que utilizan el cine en tanto que “medio de expresión”, un medio con capacidad de crear por sí mismo y para sí mismo, al igual que la pintura o que la música.

Bäckström acierta e interesa al subrayar tres niveles en El observador: el de la realidad pura y dura (la secuencia del maquillaje de Tomas no puede ser más elocuente); el de la toma de consciencia de lo que oculta y de lo que revela esa realidad (el espectador escucha más de una vez que “la cámara es la habitación”, o que “todo significa algo más”); y el de una reflexión (por personaje interpuesto) sobre la noción de realidad y la falta de sentido de los hechos humanos, por más que nos atengamos a ellos “tal como son”, sin falsearlos con interpretaciones ni violentarlos mediante deseos.

Enviado el 06 de Octubre. << Volver a la página principal <<

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