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Diciembre 26, 2005

Madera de guasón (sobre Stephan Balkenhol) - Fernando Castro Flórez

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Balkenhol
En la aspereza o lisura de la madera, el material anti-clásico, encontramos lo artesano, lo gótico, pero también lo real y lo profundo, aquello que está presto al sonido y, en última instancia, la apelación a la trascendencia mística. Bachelard hablaba en La poética del espacio de la experiencia de hundirnos en el bosque, en un mundo sin límites, en el que llegamos a perdernos, mientras que María Zambrano habló de la belleza como un centro o claro del bosque que nos abisma cuando se querría encontrar la culminación de la «vida de la visión». No siempre es posible entrar en el claro del bosque. A veces hay que contemplarlo desde la espesura, desde ese linde en el que no hay nada determinado, prefigurado, consabido: un lugar analógico con el templo, aunque vacío. El bosque está asociado tanto con la experiencia del acecho (aquel deseo que desencadena la metamorfosis de Acteón) cuanto con el terror, algo que, según Jung, en los cuentos infantiles simboliza el aspecto peligroso del inconsciente, su naturaleza devoradora y ocultante. En el corazón del bosque, ese lugar mágico, todo es presentimiento. Lejos de estas tonalidades místicas, Stephan Balkenhol utiliza la madera sin apelar a un simbolismo trascendente, como un material que le permite actuar de forma directa, manteniéndolo como algo muy rudo que él somete a la policromía. Este artista alemán, que ha realizado importantes exposiciones en espacios como The Irish Museum of Art, la National Galerie de Berlín o el Centro Gallego de Arte Contemporáneo, presenta en la galería Pepe Cobo una magnífica serie de obras que revelan su talante de escultor irónico e incluso burlón.

Obsesiones imaginarias.
No cabe duda de que las obsesiones imaginarias de Balkenhol son las de la figura y el retrato. Sus cabezas y personajes nos devuelven la mirada, imponen presencias extrañas que, aun- que surgen de una voluntad lúdica, tienen un aspecto grave. Este creador parte de personas corrientes que recupera del centro del bloque de madera, las colorea y, sobre todo, parece fijar ?como hiciera Giacometti? un enorme interés en los ojos, pintados minuciosamente. La fidelidad al rostro de Balkenhol tampoco tiene una connotación simbólica ?según parece? específica, como si él quisiera tan sólo convertir algo cotidiano e incluso banal en motivo para un ejercicio plástico. No hay algo así como una proyección psicológica o ese tan acostumbrado estilismo «traumático». Frente a ello, el escultor ofrece la materialidad rotunda de sus formas, esos cuerpos o semblantes que conservan las huellas del proceso. Ahí están bien visibles los fragmentos de madera a punto de desprenderse de la escultura; las marcas de las herramientas; la sensación de que el proceso se ha detenido justo cuando la figura ya «apareció». Y, efectivamente, la combinación de tosquedad y sutileza da a las piezas de Balkenhol su aura inquietante, la contundencia que atrapa la mirada del espectador.

Balkenhol plantea un curioso juego de escalas, con las figuras en miniatura o las cabezas de un sorprendente gigantismo. Entremedias, se coloca el sujeto que contempla, que no tiene ni mucho menos ante sí un espejo, sino un interrogante sobre la forma de habitar o conseguir la identidad en un mundo vertiginoso. Acaso este artista se comporte como aquellos «artistas» anónimos que compusieron los «retratos» de El Fayum, que, como apuntara admirablemente Jean Cristophe Bailly en La llamada muda, encarnan la ausencia, carentes de todo simbolismo, enviados literalmente a la muerte. Aunque falta, en principio, la tragedia en la escultura de Balkenhol y no tienda su imaginario hacia lo enigmático, encontramos algo así como la momificación de la experiencia cotidiana, la conversión de todo lo que dibuja al pairo de lo que sucede en presencia casi-monumental. Tal y como ha declarado este artista, el verdadero poder de la escultura no está en poder capturar la realidad, sino en permitir crear una realidad por sí misma.

El inicio de un cuento.
Iván de la Torre señaló en una crítica de la exposición de Balkenhol en la galería Pepe Cobo de Sevilla (publicada en este mismo suplemento el 11 de enero de 2003), que este artista entiende sus realizaciones como el inicio de una narración que «nosotros, los espectadores, debemos finalizar. Narración que, en ocasiones, comienza con la sorpresa». Cuando contemplamos las pequeñas figuras surgidas de las «columnas» de madera flanqueadas por dos bajorrelieves, ?uno en el que está dibujado una escalera y el otro, con un ventilador?, comprendemos que la interpretación está completamente abierta. Podríamos pensar que una de las figuritas se tapa los oídos para no escuchar el zumbido de la máquina, o acaso la presencia femenina ha descendido, a la manera duchampiana, hasta el reino del pedestal maderero. Como sucede con la escultura que tiene en el proyecto de Arte Público de Alcobendas, no sabemos si el personaje está a punto de caerse, se encuentra ebrio o, sencillamente, es la materialización de la actitud festiva, un sujeto que nos incita a tomarnos las cosas con calma y, si es posible, con una sonrisa en la boca. En su lúcido ensayo Defensa de los pelmazos, Chesterton sostiene que, aunque la opinión casi universal es que no hay pecado más importante que el de ser un pelmazo, eso se trata de un grave error, porque el mayor de los pecados es, sin duda, el aburrimiento.

Escritura apelmazada.
Sostiene Fernando R. de la Flor en su magnífico libro Pasiones frías (Marcial Pons, Madrid, 2005) que el barroco lleva tanto al delirio hermenéutico cuanto a una economía de la restricción, algo que ejemplifica con la severidad y el hieratismo de los retratos de esa época. Acaso ese «yo barroco» que es pura exterioridad esté emparentado con la cabeza gigantesca de mujer que ha realizado Balkenhol. Máscara, figurón, relieve que muestra su envés hueco, pesada presencia sobre tablones que suenan y se agrietan, como si la vida de la materia quisiera todavía decir algo. Y, sin embargo, todo, desde el momento en el que este socarrón artista detiene el proceso de la talla, está en nuestras manos o, para ser mas preciso, en la mente calenturienta de cada quien. Lo único que puedo confesar es que, aunque no me aburro, todavía no soy capaz de sacar de estos rostros impasibles otra cosa que una escritura apelmazada. Podría ser peor; bastante tengo con esperar el momento en el que esas miradas, tal vez cuando me giro, lancen un guiño cómplice.

Enviado el 26 de Diciembre. << Volver a la página principal <<

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