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Diciembre 26, 2005

Sokurov inédito - ÀNGEL QUINTANA

Originalmente en LA VANGUARDIA DIGITAL

En 1997, al proyectarse Madre e hijo de Aleksandr Sokurov en el festival de cine de Berlín, cierta crítica empezó a señalar que había surgido el apéndice de Sacrificio de Tarkovski, que había surgido la película que establecía una continuidad estética respecto a la gran tradición espiritualista rusa. Mediante una serie de imágenes de sofisticado calado pictórico, Madre e hijo nos introduce en un extraño territorio situado entre lo visible y lo invisible, entre la muerte y la vida. La película muestra a un hijo que lleva en brazos a su madre agonizante como si fuera una transformación de la Pietà. En poco más de una hora, la cámara de Sokurov describe los afectos paterno-filiales que se ponen de manifiesto en el momento del tránsito hacia el más allá, mientras elabora una especie de visión panteísta de la existencia que contrapone la agonía de un cuerpo físico al esplendor del paisaje natural que rodea el escenario de la defunción. Madre e hijo sirvió para consagrar en el panorama del cine internacional a Aleksandr Sokurov, cuya trayectoria anterior empezó a ser revisitada y su filmografía -tanto sus elegías documentales como sus ficciones- pasaron a ser consideradas como un hito mayor en el terreno de la creación cinematográfica. A diferencia de la mayoría de países europeos, Madre e hijo nunca fue estrenada en España y no fue seleccionada por ningún festival de cine. El nombre de Sokurov tuvo que esperar al estreno de El arca rusa para empezar a ser considerado como un nombre clave.

La reciente edición en DVD de cuatro películas de Sokurov -entre ellas Madre e hijo-adquiere la dimensión de auténtico acontecimiento ya que permite penetrar en una parte significativa de la vasta obra de este gran desconocido. Dolorosa indiferencia rodada en 1983 y estrenada en 1987, es una obra primeriza en la filmografía de Sokurov que permite establecer una curiosa reflexión sobre las formas de aproximación que el cineasta ha establecido con la literatura. El punto de partida es la pieza teatral La casa de las penas de George Bernard Shaw, que constituye una especie de crónica sobre la agonía de un mundo frente a los ecos de la primera guerra mundial. Sokurov mezcla la representación apócrifa de la obra de Bernard Shaw con imágenes distorsionadas de archivo, convirtiendo el relato en una especie de pesadilla que funciona como antesala de la paranoia de la guerra. Días de Eclipse (1988) es la primera obra mayor de Sukorov. Su origen se halla en novela de ciencia ficción escrita por los hermanos Arcadi y Boris Strugatski, autores del texto que inspiró Stalker de Tarkovski. En un espacio apocalíptico situado enun remoto territorio de Asia Central, un médico lleva a cabo una investigación sobre la menor propensión de una enfermedad en los niños de comunidades creyentes. A partir de esta excusa, el cineasta describe un mundo inestable marcado por una fuerte crisis espiritual, por el eclipse de una determinada idea política - el filme fue rodado en plena época de la Perestroïka- y por una extraña poética de la separación entre los personajes. Finalmente, Molloch - premiada en el festival de Cannes de 1999-, constituye el primer capítulo de una serie sobre el crepúsculo de los dioses del siglo XX. En Molloch asistimos a una jornada cualquiera de Hitler, en el refugio alpino del Nido del Aguila, donde se reúne con Eva Braun, Goebbles y otros dignatarios del Reich. Sokurov nos muestra la cotidianidad de estos personajes prisioneros de su propia trivialidad. Describe unHitler obsesionado por la muerte y la putrefacción del cuerpo. Al igual que la figura de Stalin de Taurus (2000) y el emperador Hiro Hito de El sol (2005) lo que le interesa a Sokurov no es la dimensión histórica de los hechos sino la construcción de una cierta poética de la vulgaridad a partir de una visión decadentista de los dictadores del siglo XX. Sokurov parte de lo cotidiano para buscar las raíces del mal. Antes de conseguir el prestigio internacional, Sokurov era una figura clave en el terreno del documental, donde a partir de Maria (1978) convirtió sus exploraciones por lo real en diferentes elegías. De forma paralela creó una serie de ficciones que han acabado bifurcándose en torno a tres temas mayores: el amor, la muerte y Rusia. En el cine de Sokurov, sus héroes no pueden vivir un amor feliz porque este es limitado desde un punto de vista material y entra en contradicción con la dimensión espiritual de los afectos. La muerte no es objeto de una delectación mórbida, sino que es vista como un camino hacia la luz. La vida es para Sokurov un misterio, por lo que la muerte no puede ser sino un paso hacia la luz. De este modo resulta significativa la declaración final de Madre e hijo, cuando el hijo frente al cadáver de la madre declara: "Nos reuniremos… ahí ¿de acuerdo? Donde acordamos. Espérame. Ten paciencia, querida mía...". La muerte genera la separación del amor, pero es un camino de tránsito hacia otra dimensión, hacia ese invisible del que Sokurov pretende dar cuenta partiendo del mundo físico. Finalmente, la idea de Rusia no responde a un principio cartográfico ni histórico, sino a una idea de la cultura que de forma concéntrica atraviesa todas sus obras tanto documentales como ficcionales. Rusia es un espacio de contrastes infinitos, un mundo que fue clave a finales del siglo XIX, que el comunismo barrió parte de su esencia y sobre el que el cineasta reflexiona con marcada melancolía.

Enviado el 26 de Diciembre. << Volver a la página principal <<

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