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Enero 14, 2006
Apaga y vamonos - Juan Antonio Álvarez Reyes
A propósito de Light art from artificial light, ZKM. Originalmente en abc.es
La luz, sobre todo la proyectada sobre pantallas, viene centrando en los últimos años algunas de las exposiciones más relevantes del panorama internacional. Si Into the light abrió el camino en el Whitney Museum y Sons et Lumières lo continuó exhaustivamente en el Pompidou, ahora le llega el turno a Light Art from Artificial Light en el ZKM, que se llena de tubos fluorescentes, neones, lámparas, algunas proyecciones y experimentos ópticos para ampliar la Historia que se nos contó en esas muestras precedentes.
Tras la resaca luminosa navideña, puede ser oportuno detenerse en esta megaexposición europea que intenta estudiar la importancia de la luz artificial en el arte del último siglo (y los comienzos del presente), además de cómo ésta se ha convertido en una especie de nuevo género artístico con dos posibles denominadores comunes: el síndrome de la tienda de lámparas y el mal del neón. El primero bien puede ser ejemplarizado por dos artistas actuales como Jorge Pardo y Tobias Rehberger, mientras el segundo inicia su andadura con el arte conceptual (Kosuth) y povera (Merz), hasta llegar a nuestros días envuelto en estrategias de mensajes publicitarios (de Silvie Fleury a Kendell Geers).
Junto a todo esto, hay en la caótica instalación del ZKM varias sensaciones que nos resultan completamente familiares. Una es la señalada al principio, la navideña, de la que hace gala John M. Armleder y sus esculturas estrelladas de lucecitas. Otra puede ser la de sentirnos inmersos en una feria, cuya atracción principal sería el túnel de bombillas y espejos de Carsten Höller. Por último, pero no menos importante, el ambiente discotequero, ya sea en una disco-armario de Bernhard Martin o en las tradicionales bolas de espejitos, esta vez en versión del omnipresente Armleder.
El arte de la luz es una muestra no apta para ecologistas, no sólo por el elevado consumo de vatios que requiere, sino porque se regodea en la contaminación lumínica que padecemos. Asomándose a los espacios centrales del ZKM, llenos de artilugios lumínicos acumulados sin un criterio aparente, la exposición parece ser una celebración de la luz artificial en el arte contemporáneo sin un sentido crítico, aunque éste llegue a aflorar en algunas piezas, precisamente en aquéllas que participan del mal del neón. Y es que la luz, su exceso, como en esta muestra, puede llegar a cegarnos. Al visitar la muestra surgen cuestiones generales como: ¿hay un estilo expositivo ZKM? Y si lo hay, ¿qué lo definiría? La respuesta a la primera pregunta sólo puede ser afirmativa. En cuanto a la segunda, algunas pinceladas que lo podrían definir son: el tamaño sí importa, idea seguramente motivada por la enormidad del edificio (una antigua fábrica de armas); cierta incapacidad de sus responsables por la síntesis y, para separar el grano de la paja, montajes caóticos, acumulativos y sin criterios aparentes; proyectos muy ambiciosos con catálogos igual de ambiciosos (editados por The MIT Press) que se convierten en uno de los principales alicientes de estas mega exposiciones; fascinación por lo tecnológico y abundante presencia de su director, Peter Weibel, tanto desde el lado curatorial como del artístico.
Momentos álgidos.
Aunque El arte de la luz no tenga un carácter historicista, sí hay unos momentos álgidos que se han priorizado dentro de un conjunto compuesto por trabajos de 232 artistas que desbordan el marco expositivo de los espacios de la muestra a otros del edificio, su entorno y la ciudad de Karlsruhe. Los comienzos son prometedores, pero el criterio seguido pronto se abandona. La luz fílmica, la que ha definido el siglo XX, es analizada por medio de las proyecciones de Viking Eggeling, Moholy-Nagy, Hans Richter, Oskar Fischinger y los hermanos Whitney, para ir posteriormente a las abstracciones psicodélicas de las que participaron estos últimos. Hay, por tanto, un resumen de Sons et Lumières, para pasar brevemente a algunas experiencias recogidas en otra exposición epocal, Summer of Love (actualmente en Fráncfort), de la que repite, por ejemplo, las difuminaciones de Thomas Wilfred. De Into the light, se vuelven a ver obras tan emblemáticas como el cono de luz de Anthony McCall o, de Paul Sharits, dos filmes de 35mm.
Platos fuertes.
El op art y el arte cinético son dos platos fuertes, como lo son también de la colección del ZKM. Se podría citar el ambiente estrobótico de 1966 de Giovanni Anceschi, un cuadro de luz de Karl Gerstner, la instalación abstracta de Otto Piene o las películas sonoras de Pierre Rovère. No están a la altura, sin embargo, las obras escogidas de Dan Flavin y James Turrell. Pero es al arte actual al que se le dedica un mayor espacio. Hay artistas que cuentan con varias piezas, como Olafur Eliasson, aunque se le ha hecho un flaco favor al intercalar una ruidosa, divertida e interactiva obra de Pips:lab entre ellas. Hay grandes instalaciones como las de Mike Kelley o Jason Rhoades, y esculturas de una luz cegadora como la casa de neones de Georg Herold. Pero si los ojos se resienten ante este exceso de luz y creías que las gafas de sol no serían necesarias en la plomiza Alemania invernal, DON'T WORRY (como reza el neón de Martin Creed), siempre cabe la posibilidad de cortar la corriente mediante el interruptor, como el que Ceal Floyer, en un bello trompe l'oeil, proyecta discretamente sobre una pared.
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