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Marzo 11, 2006

Desde el lado trágico de la revolución conservadora - Juan Antonio Álvarez Reyes

Originalmente en abc.es

Huygue
¿Estamos en el principio del fin de la revolución conservadora? Si numerosos son los síntomas políticos y sociales que parecen indicarlo, desde el lado cultural está más que enterrada, pese a la pervivencia tardía de algún think tank. La Bienal del Whitney, como continuación del posicionamiento del mundo de la cultura en las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas, lo reconfirma con toda la intención y la complejidad necesarias. Si esto supone que se empieza a resquebrajar el Imperio, según la definición dada por Hardt y Negri en su ya famoso ensayo, sólo el tiempo lo dirá. El ambiente que se respira en la bienal (y en algunos canales y periódicos norteamericanos) es el de la conciencia del tremendo error que esa revolución conservadora ha producido en la moral política y en la ética de la relaciones entre personas y estados. Las palabras «Guantánamo», «Irak», «guerra», «tortura» están continuamente presentes en la televisión y en la Prensa, y, por extensión, en los trabajos artísticos que este evento recoge.

Nunca es tarde...
Bien es cierto que hubiera sido más valiente que este posicionamiento hubiera ocurrido en la edición anterior -de la que repite una de sus comisarias- pero la conciencia de la crisis moral política es ahora tan fuerte que un artista tan poco comprometido en su trabajo escultórico como Richard Serra ha elaborado un cartel con el lema «Stop Bush», en el que se hace referencia a los «terroríficos sucesos en la prisión de Abu Ghraib». La guerra y la tortura, su práctica en nombre de la «libertad» (infinita o no), está provocando un profundo malestar que inevitablemente deberá conducir a una crisis y a la consiguiente catarsis.

Una Torre de la paz, de Mark di Suvero y Rirkrit Tiravanija, recibe a los visitantes como recreación de la que el primero hizo, junto a otros, en 1966 como protesta a la guerra de Vietnam. Ahora, contra la guerra de Irak y la política del gabinete Bush, ha conseguido reunir a muchos de los que entonces intervinieron con sus trabajos a favor de la paz, junto a un extensísimo elenco de artistas actuales. El resultado es de inmediatez, excesivamente ingenuo y sin demasiadas complicaciones, pero la necesidad de actuar indica cierta honestidad intelectual que no hay que minusvalorar.

Sin embargo, es la exposición dentro de la exposición -Down by Law- la que resulta a la postre tremendamente esclarecedora y tan atractiva como todo lado oscuro posee. Tal y como explican sus organizadores, «mezclando Jesús con Unabomber, Bonnie and Clyde con George W. Bush, Fuera de la ley explora la obsesión americana por el orden y su fascinación por la desobediencia».

Hagámonos las preguntas.
Esta pequeña muestra, con 54 artistas como Félix González Torres, Larry Clark, Jeremy Deller, Paul Chan, Andy Warhol, Chris Burden, Fernando Bryce, Weegee o Kota Enzawa (con una premiada animación sobre presidentes de Estados Unidos asesinados), logra lo que toda exposición debería al menos intentar: cuestionar lo que pensamos, abrir nuevas vías en nuestro pensamiento, y hacerlo, precisamente, mediante los trabajos expuestos, todos aquí de pequeño formato, en una especie de gabinete donde se mezclan los géneros y los tiempos para construir una narración fascinante y terrible en la que se reúnen «prácticas ilegales, caras sospechosas y mentes corruptas», en una especie de archivo del reverso del sueño americano. Con un carácter también documental se exponen (sobre una pared empapelada con las cotizaciones y pintadas con motivos del Guernica) trabajos de Deep Dish Television Network de un claro activismo mediático que facilita una alternativa necesaria a lo que vemos en la pantalla doméstica, en la que no se da cumplida cuenta de la humillación a la que se está sometiendo a muchas zonas con el neocolonialismo activo. Aunque son muchas más las piezas políticas, activistas y críticas (por ejemplo, hay espacios dedicados a la identidad racial), el ambiente está dominado por las proyecciones, los dibujos y la cacharrería, que sirve de paso, en un sentido no muy lejano, a los Combine de Rauschenberg que se exhiben en el cercano Metropolitan, lo que demuestra que no son plagio, puesto que tienen su tradición.

Tematización.
Los comisarios, Chrissie Iles, conservadora de la casa, y Philippe Vergne, conservador jefe del Walker Art Center, han titulado (y tematizado por tanto) por primera vez la Bienal del Whitney. Day for Night es el nombre elegido, tomado de una película de François Truffaut de 1973, La noche americana. En este filme, como relatan los comisarios, se describe el making off de una película. La confusión y la mezcla entre realidad y ficción es lo que aquí importa y es alegórico de la situación actual: una irrealidad muy elaborada, similar a la del cine, como la que se invocó para declarar la guerra y bajo la que se mantiene. Para los comisarios -que realizan su trabajo visualmente, puesto que no han elaborado un ensayo escrito en el atractivo catálogo que sí que contiene breves textos de otros autores y una colección de carteles realizados por cada uno de los más de cien artistas participantes-, esta confusión está muy presente en las artes visuales contemporáneas, en las que todo es puesto en cuestión, empezando por su especificidad. Pese a alguna obviedad, «la noche americana» es un buen lema: no sólo resalta la capacidad de ocultación, tergiversación y opacidad de la realidad propia del capitalismo final, sino que intenta evidenciar algunos de los mecanismos que se emplean para esto.

La unión hace la fuerza.
La bienal podría ser resumida a grandes rasgos con las siguientes notas: contra la guerra y por el pacifismo; con la crítica social y política, además de una reivindicación de la contracultura norteamericana, especialmente la de finales de la década de los sesenta. Respecto a esto último, conviene destacar una de las obras más logradas presentadas en el museo, la instalación de vídeo DTAOT: COMBINE, hecha conjuntamente por Dan Graham, Tony Oursler, Rodney Graham, entre otros, que es una actuación en vivo de marionetas inspiradas en un joven músico de rock (Neil Young). Este vídeo, realizado por Oursler, señala que se puede salir de la deriva en la que se encuentra, como se vuelve a constatar en su individual de Metro Picture Gallery. Junto a ella, el vídeo de Cameron Jamie, la animación de Paul Chan, las experiencias ópticas y sonoras de Jim O'Rourke, las vitrinas de Josephine Meckseper o los danzantes de Matias Poledna hablan favorablemente de una edición que ha dado un paso hacia delante, al menos en lo político.

Sin embargo, es otra la pieza que se queda en la memoria y que invita a la visión repetida, además de ser el trasunto de la bienal: Pierre Huyghe ha levantado un proyecto específico para la Public Art Fund, rodado durante una acción en Central Park y combinado con las imágenes de una expedición-intervención a la Antártida. La noche neoyorquina contrasta con el blanco polar, así como lo sublime (el frío, el paisaje, los bloques de hielo, las referencias a Friedrich) con lo pintoresco. Huyghe maneja bien los hilos de la construcción de la imagen en movimiento, como también se puede comprobar en el vídeo que presenta en Marian Goodman Gallery (ya exhibido en la pasada Bienal de Lyon) y que significativamente titula No es tiempo para soñar. Esperemos que pronto lo sea.

Enviado el 11 de Marzo. << Volver a la página principal <<

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