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Marzo 11, 2006

Lecciones de Truman Capote - BORIS IZAGUIRRE

Originalmente en LA VANGUARDIA DIGITAL

Cualquier escritor, personalidad, líder mediático de mi generación, está influenciado por Truman Capote. Por cualquiera de los Truman, que había al menos tres. El escritor, el flamboyant y el hombre moderno, torturado entre la banalidad, la irrealidad y el fastidio de vivir. Sucede que el único ser humano que nació y vivió con ese nombre, se acostumbró desde muy temprano en su vida y en su carrera a interponer trazos de cada uno en sí mismo.

Hay mucho exhibicionismo, e inmensa prefiguración, en la foto de Harold Halma que ilustró la contraportada de Otras voces, otros ámbitos. Es, por definición, la primera foto de autor del siglo XX. Truman aparece en ella como un peligro, ser inquietante, el hijo absoluto de un siglo que en 1949 despertaba de la Segunda Guerra Mundial y vería a América, su país, convertirse en el nuevo Imperio Romano. Más que posar, Truman está iniciando un nuevo arte: la publicidad. En el que tu personalidad es tan importante, y más vendible, que tu trabajo.

La conciencia que Capote ha legado acerca de la celebridad es quizás su obra maestra. Se le acusó de que su fama devorara la extraordinaria calidad de su obra literaria. Pero sólo fue por un tiempo, en el cual él mismo agonizaba, o buscaba la muerte desesperadamente, a buen seguro para dar el paso siguiente a la fama terrena, que es la inmortalidad.

Una vez convertido en celebridad, Truman no dejó de escribir en un solo momento de su vida agitada. En el excelente libro Truman Capote,que George Plimpton -el respetadísimo editor de The Paris Review- escribió sobre él, con la ayuda de testimonios de todo el universo que conoció, tocó o fue tocado por su estela, Paul Bowles describe cómo en el verano del 49, en Tánger, Truman le expuso la secuencia que había planificado de sus obras. Primero sería El arpa de hierba, luego Color local, luego una obra de teatro (House of Flowers) y quizás un guión para una película (hizo dos: Beat the Devil y la reconocidísima Los inocentes, sobre el relato de Henry James La vuelta de la tuerca, que tanto ha influenciado a Amenábar para Los otros). Un libro hermoso (seguramente Desayuno en Tiffany´s) y una novela importante, sin duda, A sangre fría. Lo que asombra a Bowles en ese relato es lo planificada que Capote tenía su propia carrera. Una vez conseguida, se comprende que el segundo paso fuera transformar su celebridad en estilo de vida y, puliendo y puliendo como hacía con sus manuscritos, un nuevo tipo de arte.

Es allí donde empieza la admiración de muchos de los escritores de mi generación, que indudablemente no hemos escrito nada parecido a Otras voces ni mucho menos a Desayuno, pero que hemos aprendido mas cosas de Holly Golightly que de la Duquesa de Guermantes. Ese Truman fiestero, adicto, brillante, que sabía exactamente lo que tenía que hacer en un show nocturno de la televisión antes que estos se convirtieran en nuevas Biblia de la sociedad. Ese Truman que acude a Johnny Carson y suelta que Jack Kerouac es un mecanógrafo antes que un escritor. O que Jacqueline Susann, la autora de best sellers que se adelantaron al postfeminismo, no era una mujer sino un camionero travestido. Es sin duda un histrión que en esos minutos marcó la pauta a todos los que hemos deseado continuar esa herencia. Es imposible, la gran característica de Truman es ser único. Por el diminuto tamaño, la compleja belleza, el innegable talento, ese riesgo iridiscente que le guiaba, perdía y volvía a recuperarlo.

Desde su muerte en 1984, nuestras vidas no han sido iguales. Todo el horror del sida, se lo evitó. Como el auge del puritanismo en unos Estados Unidos cuyos criterios de estilo, lógica, belleza y sensibilidad contribuyó inflexiblemente a forjar. Y sobre el matrimonio homosexual en nuestro país -que visitó, de la Costa Brava a Algeciras, y seguramente gozó en más de un varón del franquismo ecuatorial- habría pensado que era una especie de medalla, como la Legión de Honor francesa, que a veces se confunde con la etiqueta del tinte. Aunque hubiera participado de la locura pre-sida de Studio 54, Truman no fue una persona sexual, ni siquiera totalmente voyeurística. Sólo tuvo un amor, Jack Dunphy, que conoció en 1948.

Truman no fue el primer homosexual exitoso de su generación. La santísima trinidad de la literatura americana del siglo XX está compuesta por otros dos, Gore Vidal y Tennessee Williams. Jamás fueron enteramente amigos y sostenían sus rivalidades para enriquecer sus mitos y carreras. En este lado del Atlántico, Noel Coward y Cecil Beaton llevaban muy alta la bandera. Sólo que Truman vestía a su homosexual con mucho más sentido del lujo y lo moderno que ninguno de ellos. Truman imponía modas masculinas: los loafers de Gucci, las bolsas de viaje, el sombrero, las gafas de sol predecesoras de las Rayban y las larguísimas bufandas de colores vivos para cualquier estación del año. ¡Nadie nunca ha querido verse como Gore Vidal, todos de alguna manera hemos vestido algo que Capote dejó en herencia! Esa es la gran venganza de Truman.

La otra es su éxito social. Era la angustia de su madre, Nina Capote, que luchó por no ser pobre y reinar en la alta sociedad del Este americano siendo una sureña. Se suicidó cuando se vio atrapada en el techo de esa sociedad. Truman fue a más, creando a su vez un nuevo tipo de mujer en el siglo XX que aúna a sus modales, lecturas y criterios nuevos de belleza, estilo y poder. Él las llamaba sus cisnes y muchos le criticaron la entrega a esa forma de creación, mitad Pigmalion, mitad Marcel Proust, pero a la vista de hoy, Truman es el auténtico artífice del posfeminismo, el creador de una escuela en la que las mujeres pueden explotar todas las armas de su feminidad. Y seducir de tal manera al poder que pueden arrebatarlo.

El elenco de cisnes empieza por Babe Payley, la mujer más rica y elegante de su generación. Casada en segundas nupcias con William S. Payley, el creador de la todopedorosa cadena de televisión CBS. Babe inició a Truman en los vericuetos del gran mundo, americano, europeo e internacional. Y le condujo a las otras vedettes de su lago de cisnes: Slim Keith (la inspiración para el personaje de Lauren Bacall en Tener o no tener); Marella Agnelli, hoy viuda del patriarca italiano, Gianni Agnelli; Gloria Guiness, la esposa de origen mexicano no del dueño de las cervezas sino de la firma bancaria. Y la másbella, frágil y complicada de todas, Lee Radziwill, la eterna hermana de la mujer más fotografiada, admirada y vilipendiada de su época, Jacqueline Kennedy Onassis.

Para Truman, ser el amigo, el forjador, la mente y orientación de estas mujeres, era su obra más arriesgada. No eran de ficción, pero sus vidas superaban con creces la realidad. Amén del hecho que todas dormían y conocían los secretos de los hombres más poderosos del mundo occidental. Y eso era su fascinación. Aunque siempre se diga que las traicionó, que las convirtió en los personajes tristes, conflictivos, vacíos de su última novela, Plegarias atendidas, lo que hizo fue configurar una generación femenina en la que se observan, revisan y mejoran infinidad de mujeres, sean ricas, plebeyas o de una clase media deseosa de superar su mediocridad.

Siempre queda el Truman borracho, adicto, entrando y saliendo de rehabilitaciones, mareado por sus mentiras y traiciones. En muchas de las obras de teatro que se han hecho sobre él, en libros, artículos, y hasta en la reciente película, se esquiva este episodio, porque él mismo decidió vivirlo frente a todos. Nadie se atreve a reconocerle esa máxima valentía. Borracho y drogado volvió a uno de los programas de Johnny Carson. Ídem a conferencias, a comidas con los pocos cisnes que se mantuvieron a su lado. Nunca ocultó sus demonios y eso asusta a los que tienen que revisar su obra. A mí me resulta admirable. Y aterrador, sin duda. Pero es parte de su carácter valiente. Y viril. Por eso comprendo que durante el rodaje de Beat the Devil, ese hombre entre hombres, Humphrey Bogart, y el mismo John Houston se enamoraran de él, y lo incluyeran en sus borracheras, partidas de póquer y peleas. Bogart simplemente le adoraba. "Una vez que le quieres, deseas ponerlo en el bolsillo de tu chaqueta y llevarlo donde sea", decía. El epitafio que nadie quiso poner en su tumba.

Enviado el 11 de Marzo. << Volver a la página principal <<

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