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Marzo 18, 2006

Pureza entre la impureza - Laura Revuelta

Originalmente en abc.es

Por muy improbable que parezca y aunque pocos se lo crean, con los agitados vientos que soplan, apetece hablar bien del Museo Reina Sofía. Toca ser positivo. Sobre todo porque la crítica no siempre nace de la obsesión fulminante sino del deseo de que este espacio recién remodelado por Jean Nouvel despegue de una vez para colocarse donde le corresponde después de tantos y prolongados vaivenes. Más allá de sucesos de diversa índole y catadura lo que realmente ha clamado al cielo es el pésimo programa de exposiciones, que al cabo, perdonen que lo recuerde, es lo que define si un museo da la talla o no frente a tantas instituciones nacionales e internacionales. Aunque también los sucesos de fondo hacen ruido, mucho ruido, y al final, ya les digo, pocas nueces. Desde la aclamada por unanimidad -hasta por parte del público en sus comentarios (soy testigo)-, como pésima muestra sobre el conceptual español y sus asuntos hasta la del Quijote revisitado por los artistas contemporáneos, el panorama del Museo Reina Sofía ha sido demoledor para cualquier alma y cuerpo con ganas de todo menos de jota.

Vuelta a empezar.
Pero queríamos ser positivos y ya tiene que molestar que si venimos a hablar de una muestra en concreto se empiece soltando una introducción ajena (o no tanto) al caso. Esto sí que es una «visión impura», como reza el título de la exposición. Admitido el discurso -impecablemente desarrollado en el catálogo-, que recoge esta muestra con parte de los fondos de la colección, también tiene que entenderse que ahora ya nada en torno a este museo pueda contemplarse desde la pureza. Entre unos y otros, la casa sin barrer. Y ese es el problema y perdonen los responsables de esta exposición, La visión impura, porque derivamos antes de decir lo sustancial: por fin, nos olvidamos de los desastres de esta guerra para meternos en un interesante discurso, con fantásticas piezas (todas), pero... Sí, hay un pero, que dejamos en un segundo plano ya que veníamos con ganas de disfrutar: el montaje en algunos espacios de la sala resulta un tanto abigarrado y, sobre todo, no logramos entender que el desarrollo de la exposición acabe en el otro extremo del Museo, y en la cuarta planta. Para quienes no cogemos papel alguno a la entrada y nos leemos el catálogo en casa, pues imaginen, nos enteramos tarde y mal de que el recorrido no concluyó donde pensábamos sino cuatro plantas más arriba y en la esquina contraria. Y vuelta al Museo, y a empezar.

Cuestión de espacio.
En pura lógica, la suma del abigarramiento en zonas y las dispersión da como resultado que o sobran piezas seleccionadas, y no es el caso, o que se tendría que haber buscado otro espacio, o sumar dos más próximos... A pesar de todo, de esta exposición se sale, por fin, con buen sabor de boca. Y las impurezas de fondo y de los alrededores se diluyen porque, al cabo, terminamos perdiéndonos entre las impurezas compartidas y dialogadas por los capítulos del discurso («El cuerpo implicado», «La identidad entre lo visible y lo invisible», «Imagentexto», «Visión, tiempo y narración», «Pintura e imagen: sobre la desaparición», «Medios mixtos, lúcidas fantasmagorías») y las obras expuestas: de Muntadas, Boltanski, Eva Lootz, Juan Muñoz, Andrés Serrano, Thomas Struth, Mapplethorpe, Cindy Sherman, Anish Kapoor, Louise Bourgeois, Marta María Pérez Bravo, Jaume Plensa, Fontcuberta, Sophie Calle, Ignasi Aballi, Victor Burgin, Burt Barr, Chema Madoz, Perejaume, Shirin Neshat, Bill Viola, Eulàlia Valldosera, entre otros. Una lista cuanto menos importante, y qué ganas teníamos de vérlos ahí en el Museo Reina Sofía, y de una manera protagónica.

Dos temporalidades.
«La visión pura parece ser espiritual, una mirada sin cuerpo que desconoce el tiempo. La visión impura es una mirada trabajadora, participativa, que viste un cuerpo, que está ligada a sus afectos. Nada tiene del rapto que se le supone a la pureza, donde es posible que el tiempo se anule, y, sin embargo, a veces busca y encuentra sin querer esa sensación, y la admite, por qué no. Eso sí, la visión impura, es consciente de que puede haber dos temporalidades distintas, la del espectador y la del propio tiempo de la obra, y que, a veces, entran en conflicto», argumenta la comisaria de la muestra, Aurora Fernández Polanco. Todo es impuro, hasta el recorrido de esta excelente exposición y sus aledaños. Son los tiempos que corren.

Enviado el 18 de Marzo. << Volver a la página principal <<

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