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Marzo 18, 2006

Ulrich Beck: «abogo por la confluencia de culturas» - Carlos Alfieri

Originalmente en abc.es

El sociólogo alemán Ulrich Beck, nacido en 1944, director del Instituto de Sociología en la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich y profesor en la London School of Economics, ha dedicado gran parte de su trabajo intelectual a reflexionar sobre las transformaciones en la estructura social que se registran en nuestro tiempo. Ha volcado esa reflexión en numerosos libros, entre los cuales se cuentan La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad (1986), ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización (1997), La democracia y sus enemigos (1998), Un nuevo mundo feliz. La precarización del trabajo en la era de la globalización (2000), y su último título, La mirada cosmopolita o la guerra es la paz (2004), recientemente traducido al castellano y publicado, como los antes mencionados, por la editorial Paidós.

Usted suele utilizar las nociones de mundialización económica y política cosmopolita. ¿Cómo se vinculan ambas?
El término globalización -o mundialización-, tanto en el sentido económico como en el sentido cultural, significó siempre algo así como una agregación a las dimensiones ya existentes de los estados nacionales. Para decirlo muy esquemáticamente, primero vendría la localidad, tras ella la región, luego el estado, después el nivel internacional y luego tal vez el de la globalización. El cosmopolitismo, en cambio, borra de cierta manera esas diferencias y pretende reemplazar el concepto de globalización. En la visión cosmopolita no existen más esas nítidas y fáciles polaridades del interior y el exterior, lo nacional y lo internacional, yo y el otro. Hay que analizar las nuevas mezclas que se están dando en la realidad.

¿Podría decirse que esencialmente la mirada cosmopolita es la que incluye a los otros?
Sí, en parte, pero es mucho más que eso. Cuidado, el cosmopolitismo del que yo hablo no tiene nada que ver con esa sociedad mundial a la que se refería Niklas Luhmann en los años setenta, ni es el sistema capitalista mundializado de Immanuel Wallerstein. No se trata de una mirada total hacia el mundo; el cosmopolitismo acabó más bien con esas fronteras del pensamiento. Esas otras teorías son, en rigor, una radicalización de las ideas del nacionalismo clásico llevadas a otro nivel, pero continúan impregnadas, de un modo implícito, de los límites anteriores, mientras que el cosmopolitismo quiere abolirlos por completo. En la concepción cosmopolita, nuestra propia vida se convierte en un espacio de nuevas experiencias que se vinculan con la globalización. Es preciso reconocer las múltiples identidades que coexisten en cada uno de nosotros. Con un paradigma nacional no se pueden analizar más los fenómenos que se están operando, que son, en esencia, cosmopolitas.

¿Quiere decir que existe un conflicto fundamental entre la cosmopolitización que se desarrolla en la realidad y las categorías de análisis que tratan de explicarla?
Exactamente. Siempre digo que en las ciencias sociales estamos trabajando con categorías de análisis zombis, de vivos-muertos, y eso, claro, no causa ninguna gracia a mis colegas.

¿La mirada cosmopolita no puede quedarse en una expresión de buenos deseos, tan ineficaz como el esperanto para abolir las diferencias lingüísticas?
Pensar eso es incurrir en un malentendido total. He escrito en mi libro que la mirada cosmopolita no es «el amanecer de la confraternización general de los pueblos, ni los albores de la república universal, ni una mirada mundial que flotara libremente, ni el amor al otro por decreto». El cosmopolitismo que propugno es profundamente realista, autocrítico, incluso escéptico. No aboga por un nuevo universalismo, como lo hacía el esperanto en su momento. Por ejemplo, y para no salir del ámbito lingüístico, tampoco pretendo que en Europa todo el mundo hable una sola lengua, el inglés. Por el contrario, abogo por el multilingüismo, por la confluencia y simultaneidad de múltiples culturas. Se trata de reconocer la diversidad con todas sus perspectivas, y también los retos y los conflictos que pueda suscitar. Este cosmopolitismo no tiene nada de ingenuo.

¿Por lo tanto el cosmopolitismo también se diferencia del internacionalismo por el que luchaban los socialistas del siglo XIX y principios del XX?
De hecho, Marx tenía raíces cosmopolitas y creía que la clase obrera podía acabar con las diferencias entre las naciones. En cierto modo, él alimentaba la ilusión, que paradójicamente podríamos caracterizar como neoliberal, de que el mismo capitalismo podía superar las fronteras nacionales. Pero esa visión de una cultura mundial, de una sociedad universal, fue definitivamente enterrada por el estalinismo, que rechazó el internacionalismo y se concentró en la nación. El cosmopolitismo, a diferencia del internacionalismo, no surge de una teoría política ni de una filosofía sino de los hechos, de la propia experiencia de la gente. Una experiencia no tanto deseada sino más bien impuesta por los cambios que se han producido en nuestro mundo y por la constatación de que los otros no pueden ser excluidos porque están en el mismo ámbito que nosotros.

Enviado el 18 de Marzo. << Volver a la página principal <<

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