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Marzo 18, 2006

Un drama nada 'giocoso' - XAVIER ANTICH

Sobre el Don Giovanni de Haneke. Originalmente en LA VANGUARDIA

Dongio Hanake
Michael Haneke lo ha entendido de maravilla: el Don Giovanni de Mozart, a pesar de ser, como dice la partitura, un dramma giocoso, no tiene nada de jocoso (dicc. R.A.E.: "Gracioso, chistoso, festivo"). Muchos, antes que Haneke, olvidaron a menudo que el dramma giocoso no es un simple desarrollo de la opera buffa, y convirtieron la ópera en una comedia. Otros, empezando por Kierkegaard, que lo leyó como encarnación del deseo y la forma suprema del erotismo musical, hizo de él una idea casi metafísica. Y muchos otros, casi todos, sucumbieron -sucumben todavía- a la fascinación por este personaje, aristocrático, cruel y libertino pero, al mismo tiempo, irresistiblemente encantador. Haneke, por el contrario, no encuentra el Don Giovanni nada gracioso. Por otra parte, tampoco se ha dejado seducir por el protagonista. En su primera puesta en escena de una ópera, como era previsible, ha firmado un trabajo sutil y reflexivo, preciso y afilado, lleno de matices y atravesado por una violencia implacable. Mortier sabía lo que hacía cuando le encargó el montaje de esta obra maestra para la Ópera de París en el Palais Garnier.

Los más grandes de la escena nunca han podido resistirse al Don Giovanni de Mozart: desde Peter Brook, Giorgio Strehler o Jean-Pierre Ponnelle hasta Peter Sellars o Lluís Pasqual. Cineastas, pocos: y, por encima de todos, sólo un nombre mayúsculo, Joseph Losey. Haneke fue invitado a pensar la obra para restaurarla, pretendía Mortier, en su sentido original, empezando por el título: Il dissoluto punito ossia il DonGiovanni. Y para intentar releer a Mozart ahorrándonos las capas de pintura que, desde E.T.A. Hoffmann (1813) hasta Peter Handke (2004), habían enriquecido, pero también ensombrecido, la formulación originaria. Porque ahí está quizás parte del problema: el Don Giovanni de Mozart es, quizás, la más particular, intensa y rica versión del que es considerado, junto con Fausto, el único mito propiamente moderno. Y, sin embargo, lo singular de la lectura de Mozart ha sido sepultado a menudo bajo el peso del mito. Haneke apuesta por Mozart frente al mito. Y esforzándose por una muy precisa comprensión histórica, nos lo hace, y no banalmente, profundamente contemporáneo.

No es sólo que Haneke haya ambientado la ópera en nuestros días, convirtiendo a don Giovanni en un ejecutivo, director general de una gran empresa, ubicando toda la escena en una planta de oficinas de dirección de la Défense, rodeada de rascacielos. Eso tiene poca importancia. Es que ha leído el Don Giovanni como lo que fue para Mozart: el trabajo que siguió a Le nozze de Figaro, donde ya, de forma genial, Mozart había asumido el reto de la Viena de José II: hacer de la música el vehículo para las ideas de una nueva época. Y, al igual que en Le nozze, también en Don Giovanni Mozart compone un auténtico manifiesto antiautoritario a través del cual cartografía esas formas de violencia y de poder que atraviesan todos los ámbitos de la vida cotidiana. Y estos, lo sabemos, son los territorios del cine de Haneke.

Su Don Giovanni tiene mucho de una microfísica del poder. Sobre todo, de esa forma de poder que es la seducción, cuando la violencia y el dominio se hacen galantería. Y en esta exhibición de violencia, poder y dominio, Haneke, amigo de las sutilezas y fascinado por el fuera de campo, no sucumbe al espectáculo ni a la mostración explícita, sino, más bien, a todas las estrategias de la elipsis y de la insinuación. La violencia, como el poder, es tanto más operativa cuando más se oculta: y más se oculta cuando más visible es. Apoyado en una solidísima dirección de actores, Haneke singulariza cada una de las relaciones de seducción con las que va tejiendo una irrespirable red de poder. Con donna Anna, heredera del Comendador, el patrón de la empresa. Con donna Elvira, el retorno del pasado. Con Zerlina, empleada de los equipos de limpieza del inmueble. Y con Leporello, con quien mantiene una nada equívoca relación, también erótica, claro, de fascinación y dominio (un Leporello que canta el aria del catálogo agenda electrónica en mano).

Al final, sin embargo, Haneke no puede contentarse con el castigo divino de don Giovanni, entregado a las fuerzas infernales. Es donna Elvira la que lo asesina, cuchillo en mano, y son los miembros del equipo de limpieza, el proletariado precario multicultural que ha padecido su desprecio y su dominación, los que lo defenestran. El castigo teológico se convierte, así, en un tiranicidio. Y además, nadie queda contento: en el libreto de Da Ponte, todos, con la muerte del libertino, encuentran de nuevo, consolados, su lugar en la vida. Enel brillantísimo final de Haneke, todos los que se habían rendido a la seducción de don Giovanni van cayendo uno tras otro, muertos en escena, mientras el coro de los empleados canta el final fugado que advierte: "Dei perfidi la morte alla vita è sempre ugual" ( "La muerte de los pérfidos es siempre igual a su vida"). Y, entonces, cuando todos esos que no fueron menos culpables que don Giovanni han desaparecido, el coro se planta frente a los espectadores del teatro como hiciera el psicópata asesino de Funnygames. Como preguntando: ¿y vosotros?, ¿vosotros, qué? La sonrisa, de golpe, se congela transformada en mueca. Un Don Giovanni para el recuerdo, sin duda.

Enviado el 18 de Marzo. << Volver a la página principal <<

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