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Marzo 18, 2006

¿Una generación urbanita? - David BARRO

Originalmente en EL CULTURAL

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Urbanitas es el resultado de una exposición esperada, necesaria para medir la temperatura de un contexto como el gallego, demasiado dependiente de una hipotética salida provinciana para triunfar en Madrid. Así ha sido Atlántica y una posterior generación de artistas que buscaron un sitio para situarse aunque obligados a tener la mirada puesta en el espejo retrovisor, pensando en ensayar un mismo modelo. Ese mismo esquema dominó el sentido de dos exposiciones que hoy estudiamos como referenciales en Galicia, 30 años en el 2000 y Nuevos caminantes, ambas comisariadas por Miguel Fernández-Cid, una de las personas que ha seguido más atentamente a los artistas salidos de la factoría pontevedresa. Más desafortunados han sido los intentos de desembarco madrileño al estilo Atlántica, que resultarán frustrados.

Esta muestra es una oportunidad bien distinta que debería promocionarse lejos de Vigo, seguramente más efectiva que cualquier itinerancia de colecciones y exposiciones prefabricadas. Su carácter ágil y su eclecticismo de propuestas (para bien y para mal no es ésta una apuesta crítica decidida por una serie de artistas, sino una selección que, simplemente, pretende abrir puertas), demandan estar con los ojos bien abiertos.

La disculpa de Urbanitas es reunir a artistas que comparten actitudes, visiones y percepciones vinculadas al espacio urbano. Y digo la disculpa porque, realmente, la intención no es otra que reunir a una nueva generación de artistas gallegos –treinta– nacidos a partir de 1970. De ahí, la pregunta que la propia institución se hace: ¿Generación “urbanita”? Los doce años de diferencia entre el artista más veterano y el más joven dan crédito a esa posibilidad, pero en todo caso, entiendo que aquí se dan cita artistas si no de dos microgeneraciones diferentes, sí de visibilidad bien distinta.

Por un lado, artistas que pronto consiguieron reconocimiento en galerías e instituciones. Así, Mónica Alonso, con una enorme pieza que, por primera vez, desdobla su poética interior al exterior, invadiendo el espacio como un parásito; otros desdoblamientos se formalizan en los reversibles refugios de cartón de Carme Nogueira, en el lenguaje y la fotografía de Antón Cabaleiro o en la propia historia del arte en el caso de un Suso Fandiño capaz de mearle en la boca al mismísimo Bruce Nauman. Mientras, Álvaro Negro, fiel a sus condiciones de pintor lento, toma un monumento a la arquitectura utópica como punto de partida para la reflexión sobre la imagen fija y la imagen en movimiento y Vicente Blanco continua trabajando la ficción para formalizar una narración suspendida, incompleta y quebradiza. Este grupo de artistas ya conocidos se completa con dos videoinstalaciones de Rubén Ramos Balsa, que se significa (pese a quien pese) como uno de los artistas españoles con mayor proyección e interés.

Entre las agradables sorpresas destacaría la causticidad de Loreto Martínez Troncoso en su crítica al museo dentro del museo, así como a 5 artistas (“los niños especiales”) que trabajan con rigor el graffiti como experiencia vital, aunque esta experiencia aquí resulte domesticada en una fetichización del antifetiche que, seguramente, demande una mayor transgresión y menos orden. Cerca de todo ello está la pintura de Carlos Maciá, los souvenirs de Pablo Pérez y la instalación de Jorge Perianes. Otros trabajos significativos son los de Berio y Félix Fernández. Aunque, por ahora, me quedo con la eficaz simplicidad del exhibicionismo de pasiones de los mensajes dibujados o fotografiados de Antía Moure, de resistencia más sincera.

Enviado el 18 de Marzo. << Volver a la página principal <<

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