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Abril 02, 2006

En estado de devenir - Alberto Ruiz de Samaniego

Originalmente en abc.es

«Detente, instante, eres tan bello». El verso goethiano da voz al deseo imposible de capturar un proceso que no se detiene. Hay en él un indudable poso nostálgico, cierta melancolía. La nostalgia entonces que se acomoda como una brisa triste en lo que ha sido, lo que una vez se hizo presente, cierta verdad desaparecida con el instante. La melancolía surge de la aspiración incumplida por proyectar un momento a lo largo del tiempo; por apropiarnos del destino de la Historia que se va conformando a través de la supremacía de un instantáneo autónomo. Nostalgia, melancolía; pero también proyección o tensión vulnerada hacia algo.

Correspondencia de acción y borrado, work in progress; movimiento continuo hacia otra forma, incierta e insegura como el instante que cambia, lo otro de la forma, ahora y siempre en busca de otro modo en el que testimoniar, encadenar una imagen de sueño. Afirmación que ha de ser buscada en cualquier lugar, en otro lugar, en otro tiempo, fuera del tiempo: utopía. Pero, a menudo, también, utopía negativa, profetización, promesa de ruina. Lanzo esta maraña de intuiciones ante una exposición cuyo hilo argumental está muy claro, a pesar de que las obras que muestra bien podrían valer para otro muy distinto texto o tejido (por supuesto, de «prestigio internacional»). He aquí un insidioso mal de época.

Un instante es una forma enigmática. La tentativa de captar el instante convoca por ello la ruina. No se puede aprehender más que como experiencia vivida a través del desmoronamiento: acción sin poder, acción de observar «desesperada» como la quiebra edípica de la visión.

Activar el fracaso.
Asimismo, la conmoción de su inagotable carácter enigmático es una consecuencia directa del dispositivo estratégico y pulsional que sobre ella proyecta el artista, a través de los procesos de observación y racionalización dirigidos a ordenar y activar hasta el fracaso una entidad intransitiva. La proyección utópica de este trabajo se concreta en la capacidad de la propia obra de descentrar espacial y temporalmente el fundamento de una forma que, en cuanto fenómeno (que se quiere vivido) se manifiesta como lugar de tensión difícilmente objetivable, decididamente no dominable. Todo esto parece haber interesado al coleccionista holandés Han Nefkens, propietario de las obras en exposición, tanto más cuando él mismo, en su condición de seropositivo, se vio acuciado por una trágica temporalidad.

Pero, por mucho que uno ?algo ingenuamente? confíe en el arte, conviene avisar que el momento carece de verdad: ¿puede tener una verdadera forma el momento? Su temporalidad, como la del símbolo, es la de la metamorfosis. Tampoco posee un espacio propio: el sentido enigmático de su presencia permite incluso el juego infinito del simulacro, la revisión, la cita (por ejemplo: los bodegones de Otto Berchem, o las figuritas personales de Karin Sander; hasta el kitsch de los niños del mundo de Jeff Wall que, a decir verdad, no sé muy bien qué pintan aquí). Demasiadas veces el artista se ve condenado a operar con una realidad intangible, que no reposa en la estabilidad de un ente identificable espacio-temporalmente (ya sea la pintura evanescente de Irazábal, las fotos de Jörg Sasse o las propuestas de acciones de Erwin Wurm).

Su desaparecer.
Parece que el ser del momento es su desaparecer: puede ser contemplado, incluso vivido, pero no poseído. Esta gente fáustica persigue una identidad que sabe efímera, un sueño, la realidad de un instante, el deseo de una ilusión que traza la luz de la Luna (como en la magnífica pieza de Dan Graham aquí presente). Cuando contemplamos los objetos, éstos sólo nos devuelven su blancura negativa reflejándonos en ella experiencia de deseo y de dolor. El destino de muerte que muestra el material está precisamente para demostrar que ninguna mirada, ninguna estrategia, es una posesión duradera. La obra de arte constituye, entonces, la afirmación herida de esta utopía. La única esperanza sería constituirse a sí mismo (pero ya un otro de sí mismo) en la conformación de esa obra de suprema dignidad ruinosa, a través de la relación y la escansión con esa materia inconformable. Escrito por el momento, escrito de tiempo, convertido en signo de fragilidad, pasión y reflejo de la imperfección y la variabilidad de lo viviente, alguien construye una obra (se construye más bien en la desobra) que a la postre deviene imposible, inexacta y aleatoria fenomenología de una desconocida raíz común. Tanto material (tan inconcreto) sólo puede ser objeto de la colección de una vida. Y, justamente, no parece el comisario capacitado para con-centrarlo en la singularidad de una exposición, que deviene, ésta sí, más maraña enmadejada que botón de muestra.

Enviado el 02 de Abril. << Volver a la página principal <<

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