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Abril 05, 2006

Ésta es mi pantalla - ANDRÉS HISPANO

Originalmente en LA VANGUARDIA DIGITAL

Una bolsa de plástico elevada caprichosamente por el viento protagoniza una de las secuencias más emocionantes de los últimos años. Es una grabación casera mostrada en American Beauty, en la que uno de sus protagonistas se sirve de una cámara digital para componer un diario personal, registro de sus deseos y reflexiones, pero también archivo de revelaciones ajenas e imágenes curiosas. Estos cronistas amateur son ya la principal fuente documental de nuestro tiempo, por no hablar de su impacto en otras áreas. ¿Hubiese sido posible Dogma´95 sin America´s Funniest Home Videos? Las nuevas cámaras han revolucionado la manera de mirar y contar.

Con un sencillo giro de mano, podemos hoy situarnos delante y detrás de la cámara. Somos nuestro tema favorito. Y muchas de las imágenes que generamos nutren programas de entretenimiento, documentales e informativos. Los reality shows completan la sensación de que nunca como ahora la pantalla había estado ocupada por tanta gente corriente. La posibilidad de que este alud de testimonios gráficos devenga en una democratización mediática o conocimiento más profundo de la sociedad parece razonable, aunque la mera acumulación de imágenes no implica progreso alguno.

Lo que podemos asegurar es que estas cámaras ya han otorgado presencia, poder y autonomía a colectivos sin representación ni acceso a los medios de comunicación: se usan para vigilar al vigilante, dar visibilidad a los olvidados y servir al artista como un nuevo y humilde grafito. Conviene no olvidar el papel que cine y vídeo han cumplido como herramientas de estudio y vigilancia con la gente corriente como sujeto. Charles Budeaux se sirvió del cine en los años veinte para estudiar cómo optimizar la producción laboral, evitando todo gesto innecesario (es decir, improductivo).

Budeaux consiguió así triplicar la producción sin gasto alguno en mejoras de maquinaria. William Whyte y Paco Underhill, decadas más tarde, espiaron la conducta del consumidor, en la calle y en los supermercados, armados con cámaras ocultas. En manos del documentalista, el sociólogo o el policía, la cámara profesional nos ha registrado impunemente durante años, facilitando la interpretación de nuestra conducta o estudios de mercado.

Cuando, al referirnos a la telebasura, señalamos con desagrado el protagonismo que han adquirido personas sin más bagaje que su ambición, olvidamos que quizás se haya producido un relativo acto de justicia: la tele ha sido ocupada por la gente a quien iba dirigida su explotación. Tele 5, por ejemplo, ha inundado sus platós de la misma gente que imaginaba frente al televisor, esa mayoría perezosa, consumista, presumida y locuaz, capaz de todo por una fama súbita.

El reality de TV3 es Efecte mirall, la ventana por la que asoman bocados de realidad proporcionados por gente que se graba a sí misma. El citado efecto espejo hace referencia a la posibilidad que muchas cámaras ofrecen de poder verse en la pantalla mientras se hallan ante el objetivo.

El empleo endoscópico de cámaras de vídeo tiene su orígen en proyectos y campañas de diversas ong que las emplearon para obtener imágenes de mundos impenetrables a las instituciones, desde los suburbios de París a los tenements del Bronx. La idea aparece también en documentales, como el excepcional Chain Camera (1999), en el que se reúnen 16 autorretratos de estudiantes norteamericanos, seleccionados entre los miles que Rick Kirby pudo reunir en un solo curso. Efecte mirall, sin embargo, ha empleado este dispositivo justo para lo contrario: mostrar gente modélica en apuros de baja intensidad.

Conformar en lugar de descubrir. Reconocerse en lugar de enfrentarse a la diversidad. La feliz excepción fue un programa protagonizado por un auténtico neng,currante, crudo y carismático, perfecto representante de els altres catalans. La necesidad, moral y periodística, de dar visibilidad a escenarios marginados ha resultado en celebradas obras fotográficas (How the other half lives, 1890) y cinematográficas (Housing problems, 1935). También desde la televisión, algunos proyectos documentales han buscado la manera de encontrar en lo cotidiano una alternativa a esa historia de grandes personajes y acontecimientos. En 1964, la británica Granada TV inició una aventura, The Up series, concebida como un documental seriado en el que varios niños entrevistados son objeto de un seguimiento cada siete años, indagando sobre la suerte de sus sueños y convicciones.

La serie estrena este año su séptima entrega, 49 Up, en un mundo en el que lo ordinario, lejos de ser excepción, ocupa un espacio privilegiado en la televisión. Desde que a mediados de los ochenta las televisiones de todo el mundo comenzaron a emitir programas de imágenes caseras, la pantalla ha visto un progresivo relevo en su star system que los realities han acelerado. La obsesión por ponerse ante el objetivo no es nueva. La sembró Kodak con su primera cámara popular, la Brownie, y creció en intensidad en años posteriores con la introducción de las cámaras de 16 mm, la película Kodachrome, el proceso Polaroid, las cámaras de súper 8, el vídeo doméstico o las handycam y sus posteriores versiones digitales. Confiamos desde hace tiempo a las cámaras la posibilidad de que nuestra imagen nos suceda. Este anhelo esta resumido en el título a una canción del grupo musical The Trachtenburg Family, Look at me!, melancólico grito que parece leerse en tantas miradas fotográficas. Estos reyes del neovodevil neoyorquino construyen temas a partir de transparencias compradas en mercadillos, que proyectan después mientras cantan. Las imágenes cumplen aquí la promesa de inmortalizar a quien aparece en ellas, aunque no en la manera imaginada por sus protagonistas (moraleja: cuánto mejor se esconden las fotos comprometedoras, más posibilidades hay de que acaben a la vista del todo el mundo en un mercadillo).

En el ámbito del documental, las cámaras domésticas han propiciado un nuevo tipo de trabajo en el que los conflictos pueden desgranarse desde dentro, a partir de las imágenes que captó el propio sujeto del documental. Cada vez será más común hallar baúles llenos de cintas, gente que seha grabado con regularidad durante años permitiendo que alguien reconstruya el relato de su vida o algún aspecto de ella. Como ocurría en Citizen Kane,este tipo de investigaciones están abocadas al fracaso, siempre ofrecen lagunas, piezas perdidas del puzzle, vivencias no captadas por la cámara. Los mejores trabajos en este género, Capturing the Friedman´s o The Grizzly Man tienen la virtud de saber trasladar al espectador esta frustración, en realidad, fiel a la dificultad de conocer por completo a nadie. El espectador tiene así un margen para crearse su propio juicio, ¿Ocurrieron los abusos denunciados al señor Friedman?, ¿Es el naturalista amateur devorado por un oso, un héroe ecologista o un entusiasta cegado por su vanidad? No ocurre lo mismo en Tarnation ni en otros ejercicios similares, montados por los mismos protagonistas de la cinta. Aquí, el relato en primera persona revela los peligros de un narrador cuyo control de la cámara acaba convirtiéndose en dependencia. Alo largo de años, el protagonista de Tarnation construye un personaje al que todo tipo de conflictos sirven para crecer en teatralidad y extravagancia: la ausencia del padre, la salud de su madre, su condición homosexual… todo suma en un personaje que adivinamos ya en las primeras grabaciones, cuando apenas era un niño. ¿Qué podemos creer de alguien que se graba mientras llama al hospital a sabiendas de que le van a comunicar un empeoramiento en el estado de salud de su madre? La suma de muchas verdades puede construir una mentira. Tarnation, premiado en Sundance , es el resultado de un monstruo contemporáneo que Haneke vislumbró en Benny´s Video:el niño que hipoteca su vida en la construcción de un personaje, un argumento, una investigación, en el que la cámara es su único interface con la realidad. La era de la pantalla abierta no ha hecho más que comenzar y ya cuesta distinguir a las personas de los personajes.

Enviado el 05 de Abril. << Volver a la página principal <<

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