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Abril 08, 2006

Lo que el viento aún no se ha llevado - Fernando Castro Flórez

Originalmente en abc.es

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Estaba contemplando unos tulipanes danzarines cuando escuché con mi habitual tendencia cotilla un comentario: «Esto es alucinante». Mi mujer hojeaba días después el catálogo de Jennifer Steinkamp en casa y, como si no me conociera, me dijo: «¡No se te ocurrirá poner mal esto!». Si se me apura, ya está todo dicho: entre el hipnotismo y lo demasiado bonito queda la cosa. Había visto en los últimos años, en la galería Lehmann Maupin, de Nueva York, trabajos de esta creadora, y, en una de las ocasiones, un artista me «colocó» una advertencia que tenía algo de inmensa preocupación: «Ándate con cuidado que esta "historia" se va a llevar».

Efectivamente, la deriva del arte contemporáneo ha llevado hacia lo ornamental; incluso lo cursi ha sido rehabilitado con todos los honores. Una época de conflictos descomunales (vale decir: que deshacen toda comunidad) se complace con las modalidades del arte que oscila ente el panfleto perogrullesco o la canción de cuna de una belleza que quiere, literalmente, venderse como panacea para todos los males. No me atrevo a decir lo que pienso más que de la mano de Nietzsche, esto es, acompañando en la distancia al crítico radical del Romanticismo para el que la estética tiene que ir en contra de quienes no son capaces de reconocer en el arte nada más que un accesorio divertido, un tintineo de cascabeles demasiado fútil para la seriedad de la existencia.

Agitaciones rítmicas.
Las proyecciones digitales de Steinkamp ocupan paredes enteras con árboles que, por un viento sutil, tienen las ramas y las hojas en una rítmica agitación. Las flores de colores vibrantes atrapan -no cabe duda- la mirada. Lo cierto es que este producto no aporta, en mi opinión, nada ni a la Historia del vídeo (difícilmente podemos poner, aunque sea mentalmente, estas piezas junto a trabajos de Nauman, Gary Hill, Oursler o Bill Viola), ni tampoco a la del arte electrónico. En todo caso, lo que tenemos ahí, fuera de escala, son unos «salvapantallas». De la misma forma que a veces ponemos pececillos o figuras geométricas con una pauta de repetición en la pantalla de nuestra computadora, también estos arbolitos y florecillas podrían funcionar para llenar el tiempo en el que no se está haciendo nada. Tienen el tono plástico superficial y cómodo que se requiere para escapar de las largas horas de trabajo y, al mismo tiempo, no ofrecen ninguna clase de problema a nuestra inteligencia.

El texto de Gail Swanlund que se publica en el catálogo de esta muestra es -en justa lógica- una serie de cuentos mortecinos o acaso de micro-descripciones anodinas. Se nos informa sobre las características de la campanilla ruiponce que da nombre a Rapunzel, de la forma de tocar el organillo, o sueltan unas consideraciones sobre las chicas de los salones del mítico Far West. Ni por asomo se interpreta la obra de Steinkamp, aunque entendemos que se está hablando de ella en todo momento, aclarando a un público idiotizado sus «motivos» y, por último, dejando caer que el ornamento naturalista «no está pensado en nuestra historia para convencer o imitar, sino que, al contrario, existe como conversación, como intercambio de energía apremiante». Tengo que confesar que ni me convence, aunque digan que no es esa la intención, ni me llega otra energía que la de comprobar que esas proyecciones son tremendamente insulsas.

«Alucinante».
Acaso lo que sea digno de admiración y provoque el comentario de «esto es alucinante» sea la impresión de que esos árboles y flores «parecen reales». ¿Tendremos entonces que volvernos unos fanáticos del realismo naturalista extremo? Porque, no debemos olvidarlo, tenemos aquí, a la vuelta de la esquina, uno que tarda en pintar un membrillo tanto que al final tiene que mandarlo al sótano. La minuciosidad artesana y, por supuesto, ayudada por las tecnologías cibernéticas no es precisamente algo que me lleve a valorar positivamente una obra de arte. La obra de Steinkamp es puro truco, apariencia que se regodea en su condición, emblema espléndido del vacío. Ojalá esas flores fueran, como los narcisos que contemplaba maravillada Perséfone, la trampa de Hades, el abismo que nos lleva hasta lo otro. Mis pasiones infernales sólo me hacen confiar en que estos divertimentos sean, cuanto antes, arrastrados por un viento huracanado.

Enviado el 08 de Abril. << Volver a la página principal <<

Comentarios

¡te pesque!
tu conocimiento del ejem, arte contemporaneo, llega hasta nauman y o bill viola. y punto.
actualizate amigo.
no pronuncies el nombre del arte en vano, ¿que es eso de 'arte electronico'eso no existe niño.
querras decir net art o video art ooooo.
te recomiendo un paseo por rhizome o mediatteca on line net art, o la web de la asociacion de artistas visuales de catalunya y sobre todo hangar, que ofrece cursos economicos sobre el arte del futuro bastante inmediato y por favor deja a los artistas trabajar.

Publicado por: jorge de marco a las Abril 9, 2006 06:53 PM

Jorge de marco, deja tú a los críticos criticar, estoy con Castro: decorativismo. ¿Cómo eres tan ingenuo y patético de mandarle a un cursillo de hangar? ¡Vaya panacea!, léete tú algún libro más y déjate de submundillos de aspirante a becario.
La obra de la foto -como era de esperar- se la compró el manirroto -con dinero de todos- del musac, otro cerebro privilegiado como tú, es decir muy vacío.

Publicado por: Nietzsche a las Abril 26, 2006 08:18 PM

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