« Muntadas, el gato y el ratón - José MARIN MEDINA | >> Portada << | Del cuadro a la pantalla - Juan Antonio Álvarez Reyes »

Abril 29, 2006

Los vaivenes de la utopía - Javier Díaz-Guardiola

Originalmente en abc.es

Popkov G
Como bien recuerda Mijail Shwidkoi en uno de los textos del voluminoso catálogo de la también apabullante exposición ¡Rusia!, que ofrece ahora el museo Guggenheim, en Los hermanos Karamazov, Dostoievski hace que el monje Zosima, personaje con entidad casi mística, inste a Aliosha, el hermano más joven, a que vuelva al mundo, no porque éste no esté preparado para la vida monástica, sino porque es de la creencia de que la vida rusa debe ser «santificada por algunas personas espirituales que doten de armonía a su pecaminosa realidad».

Mucho se ha escrito del alma rusa, de su esencia y significado. Precisamente, lo que consigue esta ambiciosa muestra -que recala en Bilbao, ampliada, después de su paso y, dicen, su éxito de crítica y público en Nueva York- es recorrer ochocientos años de la Historia y el arte de este gigante en un transitar en el que la personalidad de la nación se construye y se consolida a través de un sentido utópico del futuro y una concepción casi mesiánica de su papel en el mundo: «Fue con esta actitud -concluye Shwidkoi- con la que Andrei Rublev creó sus iconos y con la que los artistas de la vanguardia cambiaron el concepto de la relación entre los mundos visible e invisible a principios del siglo XX».

La grandeza del mensaje.
Como todos los grandes imperios, Rusia se creyó llamada a liderar el planeta, a convencer al resto de los pueblos de la grandeza de su mensaje: con mayor o menor convencimiento sus zares de la Edad Moderna, Pedro el Grande, Catalina la Grande y Nicolás I (aquéllos que conformaron las grandes colecciones privadas de arte occidental de las que dan buena cuenta Bilbao y que trasladaron a sus artistas de la época unos modelos «a la europea») asumieron los postulados que venían de Occidente; con mentalidad utópica y liberadora se desarrolló la revolución rusa; con un sabor apostólico declaró la Unión Soviética la II Guerra Mundial a los alemanes, no sólo para frenar el nazismo, sino para expandir los ideales del comunismo... Un poco de todo esto hay en este viaje expositivo.

¡Rusia! es una muestra compleja que ha precisado del trabajo conjunto durante tres años de cinco comisarios liderados por Thomas Krens y Valerie Hillings; que ha comprometido a instituciones tan importantes como el Museo Estatal Ruso y el Ermitage de San Petersburgo, la Galería Tetriakov, el Pushkin y el Museo del Kremlin de Moscú, así como a numerosos coleccionistas privados, y que debe ser entendida tanto en su estructura como en su espíritu como un capítulo más -aunque sea vendida por sus organizadores como «la mayor muestra de la Historia del arte ruso jamás contada fuera de sus país, al menos para nuestra generación»- en las relaciones que la Fundación Guggenheim ha establecido con Rusia desde sus orígenes: en 1981 montó una primera visión de la colección de arte vanguardista de G. Costakis; en 1992 inauguró La gran utopía: la vanguardia rusa y soviética, mientras que en su espacio del Soho se hacía eco de los murales de Chagall para el Teatro Ruso de Moscú; en 2000, Amazonas de la vanguardia subrayaba el papel de la mujer en estos ámbitos, mientras que en 2003 fue Malevich el protagonista indiscutible de otra retrospectiva...

Alma versus utopía.
Por eso sus responsables no entienden, como crítica a sus planteamientos, que para Euskadi se pase casi de puntillas por estos años tan significativos del arte ruso; de hecho, en Bilbao se han reunido piezas de excepción, como la última versión de El cuadrado negro (1930), del mismo Malevich, o el tríptico Color rojo puro, color amarillo puro y color azul puro con el que Rodchenko sentenció a muerte a la pintura. La exposición establece, a su manera, un particular avance por el alma y la utopía rusas. En ella se resumen, con obras de primera fila, cinco siglos de iconos y piezas religiosas (un ámbito que crece considerablemente en España con respecto a lo mostrado en Estados Unidos); tres (del XVIII hasta el XX) de retratos y paisajes; el empuje del realismo crítico del XIX que avecinaba lo que serían los ideales de la revolución (y que repetían lo que en literatura trasmitían Tolstoi o Dovstoyeski); los primeros ensayos de la abstracción y el empuje de las vanguardias; el peso del realismo leninista y estalinista y el arte experimental más contemporáneo.

Los dos únicos peros que se le puede poner a este amplio «paseo» son, primero, la sensación de departamentos estancos que trasmiten los diferentes apartados de la muestra -ésta es una exposición de exposiciones, en buena medida, por las exigencias de montaje que determinaron los espacios del Guggenheim, de Nueva York-, y, segundo, la sobrerrepresentación de aquellos siglos en los que Rusia «copiaba», y con retraso, a Occidente más de lo que aportaba.

Recompensa asegurada.
Aún así, aquí están presentes piezas significativas que por primera vez salen de su país (las obras maestras de la iconografía religiosa del siglo XV de Rublev o las del XVI de Dionisii; los restaurados iconos del Monasterio de San Cirilo del Lago Blanco; la enigmática y esperanzadora La novena ola de Aivazovski; el grito de denuncia de los Sirgadores del Volga, de Repin; el mencionado Cuadrado negro, de Malevitch...); se accede a los tesoros de las colecciones de los zares, por un lado, y de los comerciantes moscovitas, Sergei Schukin e Ivan Morozov, después (con soberbios ejemplos de Picasso, Matisse, Gauguin, Derain), y se deja uno impactar por los inmensos formatos y la ahora ingenua filosofía de realistas del régimen como Brodski, Guerasimov y Samojvalov... Solamente por la sensación que produce el montaje de los iconos y la solemnidad de este arte de panfleto merece la pena la visita.

El paseo por la historia de Rusia -cronológico y exclusivamente desde la pintura y la escultura-, culmina con un apartado importante: el del arte de las últimas décadas, heredero de la Perestroika y del fin de las consignas. El conjunto lo abre la potentísima instalación Mir con la que S. Bugaev (Afrika) llevó por primera vez a su país a la Bienal de Venecia. Y allí sobresalen otras brillantes aportaciones como las ácidas miradas al pasado de los Blue Noses (Lenin revolviéndose en su tumba y Fosa común), S. Shutov (Ábaco), Ilia Kabakov (El hombre que voló al espacio) o las miradas a otra utopía, la espacial, de Oleg Kulik.

Como recordatorio.
A modo de resumen de todo lo visto, antes de abandonar la muestra, el visitante se topa con la instalación sobre la Historia del arte ruso del siglo XX de Vadim Zajarov, unos archivadores a tamaño king size por los que los visitantes pueden pulular y descubrir de primera mano las aportaciones que en la pasada centuria se dieron a la Historia del arte. El fin de los dogmas y el advenimiento de la democracia también trajeron a los artistas la libertad y el vértigo que produce saber que la verdad debe encontrarla uno por sí mismo. En la carpeta de la utopía, ésta duerme y se la oye roncar. Esperemos que esto sea sólo resultado de un alto en el camino para tomar fuerzas. Al arte ruso aún le quedan muchas páginas por escribir... fuera de las paredes del Guggenheim.

Enviado el 29 de Abril. << Volver a la página principal <<

Comentarios

Publicar un comentario

Gracias por registrarse, . Ahora puede comentar. (salir)

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).


¿Recordarme?