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Abril 22, 2006

Shoja Azari, tras el cristal - Javier HERNANDO

Originalmente en EL CULTURAL

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Las disfunciones psíquicas que generan comportamientos injustos para los demás y que en sus grados extremos pueden derivar en violencia física, psicológica, o en perversiones sexuales; la interiorización de modelos de identidad sexual o étnica aprendidos durante la infancia; la vivencia forzosa de situaciones dolorosas, como la reclusión o la soledad, tienen sus manifestaciones más explícitas en el ámbito privado, o sea, al otro lado del cristal y del muro. Sólo cuando el desquiciamiento del sujeto alcanza cotas máximas, sus acciones pueden suceder en el marco público. Todos los cortometrajes que conforman el proyecto Windows de Shoja Azari abordan alguna de aquellas disfunciones: violencia, incesto, alienación, infidelidad, soledad, reclusión, incomunicación… Y lo hace, como señala el título, situando la cámara delante de la ventana, aunque a veces también al otro lado, o sea en el interior, cuando el evento narrado se hace permeable o se desarrolla simultánea o alternativamente en ambos espacios: público y privado.

De manera que el encuadre constituye, junto al modo de filmación, un sólo plano secuencia, el eje de articulación de la serie; unos procedimientos que sin embargo van más allá del simple ejercicio formal para convertirse en recursos que encarnan significados: la ventana como borde, como frontera, en el primer caso; la continuidad temporal como distanciamiento de la mirada, en el segundo. Es evidente que las barreras buscan la separación, el aislamiento, aunque de un modo casi natural incitan a su ruptura, por lo que a menudo pierden su impermeabilidad; también los límites espaciales de los ámbitos donde discurren las relaciones privadas se quiebran en las obras de Azari, invadiendo los públicos: la explosión en la habitación en A Family que rompe literal y metafóricamente la ventana, o establecen unas relaciones recíprocas: el apedreamiento del coche aparcado en el exterior de la casa por el hombre de The Lovers y la respuesta que recibe, golpeado a su vez desde fuera por el propietario del vehículo. No hay, por tanto, barreras infranqueables, nos dice Azari. Por lo que respecta al uso del plano secuencia, el autor busca una posición distanciada, y en tal sentido, antirrealista, que permita al espectador leer desapasionadamente el relato y proceder más tarde a su interpretación. Justamente lo contrario de lo que ha pretendido siempre el cine realista: la inmersión, la complicidad, la identificación del espectador con los protagonistas del relato, lo que le conduce a vivirlos como verídicos. En una de las obras de esta serie: A Room with a View, una pareja sentada ante el televisor contempla un melodrama con excitación desmedida, mientras al otro lado de la ventana tiene lugar una violación que ellos no perciben, imbuidos en la película y aislados por un cerramiento arquitectónico insonorizado. El hogar-fortaleza como reducto de aislamiento confortable, de insolidaridad.

En Traffic Jam, la pareja atrapada en su automóvil acaba desvelando su realidad: la infidelidad, ella; el complejo de inferioridad de hombre foráneo, él. The Passing muestra, tras el cristal velado por una lluvia torrencial, la soledad de un anciano; The View, el delirio que la reclusión provoca en dos prisioneros. En fin, Lulax Pharmaceuticals, los efectos psicológicos de la sobreexplotación laboral encarnada en otro espacio de reclusión intermitente: la sala donde los teleoperadores atienden compulsivamente las reclamaciones de los clientes engañados.

Con rigurosa austeridad y considerable eficacia Shoja Azari establece un elenco de problemas presentes de la sociedad actual. Y aunque centra sus relatos en los conflictos personales, las transgresiones de esa frontera translúcida a través de la que los contemplamos, acaban por establecer un feedback permanente entre lo individual y lo social. De hecho podría decirse que las disonancias personales no son sino el reflejo del pulso colectivo; un pulso cada vez más tembloroso como consecuencia del creciente incremento de la conflictividad. La realidad evidencia su agresividad, salpicando al sujeto que en mayor o menor medida la interioriza y por tanto condiciona su comportamiento. Los protagonistas de Windows resuelven sus discrepancias, sus temores, sus soledades, sus angustias tras el cristal; una barrera sobre todo metafórica que termina convirtiendo los espacios privados en lugares de exhibición, o sea, que homogeneiza el interior y el exterior, lo público y lo privado.

Enviado el 22 de Abril. << Volver a la página principal <<

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