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Abril 29, 2006

Vídeo Chino, tras la tormenta de arena - Fernando Castro Florez

Originalmente en abc.es

Video20060428
El Imperio se ha visto «obligado». a montar, desde la Gran Demolición, una estrategia sistemática de culpabilización o, en otros términos, una ofensiva contra todo lo que socava nuestra sacrosanta seguridad. Sean los terroristas víricos que están, literalmente, en la puerta de al lado o las multitudes diferentes e incansables que lo inundan todo con productos «copiados», sean los fundamentalistas o los virus mortíferos de toda clase, lo que hay que aceptar sin rechistar, es que fuera de las fronteras del capitalismo central lo que existe es (casi)satánico. De Oriente ya no llegan las especias ni la serenidad milenaria, lo que nos aplasta, como un tsunami, es la idea absoluta del Mercado. Resulta que aquel comunismo abismal, la Larga Marcha ha llevado de vuelta al Edén de la mercancía dineraria. Los chinos han dejado de sorprendernos o parecernos, en nuestra cerrazón etnocéntica, como «todos iguales» para revelarse como exponente del capitalismo voraz o de un modelo económico y social enrarecido pero, en cualquier caso, sometido a un crecimiento vertiginoso. Aunque la propia política china desearía una lenta desaceleración de su economía, lo cierto es que allí todo crece, desde la inversión extranjera al PIB o a los rascacielos que florecen de la noche a la mañana. Una ciudad como Shanghai ha sido sometida a cambios espectaculares, un polo tan magnético como ese que interviene en el tren más rápido del mundo que conecta la metrópolis ultra-futurista con el aeropuerto. Con todo, análisis recientes de la situación económica y social china revelan aspectos conflictivos inmanentes: desde la falta de técnicos y obreros especializados acordes con la mutación contemporánea hasta la pirámide poblacional invertida como resultado de la política de un hijo por familia.

A una sociedad de trabajo masivo pero poco especializado se unen las erupciones sistemáticas del descontento, especialmente entre los campesinos (conviene tener presente que en China de los 1.300 millones de habitantes casi 800 millones se dedican a los trabajos del campo), sometidos, en muchos casos, a expropiaciones forzosas para dar paso a las nuevas redes de autopistas o a mega-ciudades que acaban con su forma de vida. Los que no habitan en las grandes ciudades contemplan cómo allí se cuece todo mientras ellos van convirtiéndose en los abandonados y cada vez más pobres. Desde los cambios impulsados por Deng Xiaoping se ha ido desmantelando el núcleo duro del maoísmo pero, al mismo tiempo, se ha dado paso a un nuevo periodo de corrupción, de crecimiento brutal y desordenado en el que, insisto, las desigualdades son tremendas.

Catarata de exposiciones.
Si el «desarrollo chino» ha llamado la atención no menos interés ha suscitado el arte que de allí surge. Desde la presentación que Harald Szeeman propiciara, a finales de los años noventa, de artistas chinos en la Bienal de Venecia hemos asistido a una catarata de exposiciones individuales y colectivas que nos traen las novedades orientales como lo «último de lo último». El esnobismo del arte contemporáneo (la tendencia, valga la redundancia, a inflar algo como «tendencia» para abandonarlo al cabo de tres o cuatro años) facilita este tipo de fenómenos. Hou Hanru, comisario omnipresente del arte asiático, declara exultante, en el texto del catálogo de Nunca salgo sin mi cámara. Vídeo en China, que el arte contemporáneo chino «se ha convertido para muchos en uno de un terreno emocionante es, quizá el punto de atención más interesante del momento, siendo el videoarte uno de los campos más sorprendentes de este dinámico escenario». Detecto un cierto tono ingenuo cuando no cínico en el canto a la globalización que lanza este representante del «bienalismo», de la misma forma que su mínimo análisis del vídeo arte como instrumento, en sus propios términos, de «guerrillas urbanas» resuena como la cima del anacronismo ideológico. No se puede ocultar, en ningún sentido, que lo que está sucediendo en el arte chino es, lisa y llanamente, la construcción de un mercado y, lógicamente, de unos productos. Una cultura artística de corte tremendamente tradicional, anclada hasta hace pocos años en registros como el de lo caligráfico-gestual, ha pasado en poco tiempo a una situación de expansión incontrolable. Proliferan, como en todas partes, pintores en una cantidad simétrica e invertida con respecto a la calidad, esto es, una masa de productores de cuadros insustanciales a más no poder.

Talento singular.
No faltan artista de talento singular como Zhou Tiehai, con una tonalidad satírica desplegada en torno a los cambios sociales experimentados en China, o la abstracción minimalista de Ding Yi. Pero, más allá, de la mediocridad o la excelencia de las obras de arte realizadas en la China mutante lo cierto es que el mercado emergente tiene un vigor enorme: los precios de artistas jovencísimos están poniéndose por las nubes y algunos con trayectorias recién construidas van ya de superstars. Tal y como unos galeristas españoles que acaban de participar en la feria de arte de Pekín me comentaron, la situación es de extraordinario dinamismo y allí existe tajo, por lo menos de momento.

Hanru prefiere hablar de cuestiones como la «experimentación utópica» o las «narrativas originales» pero sobre todo vuelve, una y otra vez, a la obsesión de que el arte chino contemporáneo «se hace global». A fuerza de mentar esta globalización imaginada, por emplear términos de García Canclini, hemos terminado por vaciarla de todo sentido aunque bien podría ser ese el objetivo marcado desde el principio. Pero más allá de una para-ideología de lo global-emocionante, los vídeos seleccionados en Nunca salgo sin mi cámara ofrecen al espectador un panorama de lo que están haciendo algunos creadores chinos. Entre las distintas piezas destacaría Light as fuck, de Yang Zhenzhong, con la ciudad convertida en un juego que se sostiene en la punta de los dedos de un sujeto; Ink City, una trama dibujada de los encuentros y desencuentros en la vida metropolitana que transmite una sensación de tristeza; Cosplayers, donde Cao Fei crea un mundo juvenil de evasiones y rarezas, encantamientos y frustraciones; Liang Yue sedimenta una suerte de paisaje onírico en el que los colores se van fundiendo para dar paso a lo que podrían ser recuerdos deshilachados.

de boca a oreja.
Es la sección que Hanru ha organizado bajo el título de Testigo la que más me ha interesado, particularmente, el vídeo Laden?s Body Could Be Nothing But a Copy, de Huang Weikai, en la que asistimos a una especie de juego de las palabras que van de boca a oreja en círculo provocándose la irrisoria errata y, sobre todo, el «documental» que hace Cao Fei de su padre, escultor oficial del régimen, maestro del realismo socialista, creador de estatuas monumentales como una de Deng Xiaoping. Ahí, en esas narraciones disparatas que incluyen la banalización del terror o en la construcción de la memoria fósil, encuentro los polos más intensos de este «cuento chino», irónico y desencantado, acelerado y próximo al colapso. La tormenta de arena borra las huellas, cubre me lleva hacia mi antigua obsesión: el desierto crece.

Enviado el 29 de Abril. << Volver a la página principal <<

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