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Mayo 14, 2006

« Globos sonda », calma chicha - Fernando Castro Flórez

originalmente en abc.es

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Tenía un enorme interés en ver Globos Sonda que se anunciaba como la gran apuesta del MUSAC tras un año de funcionamiento en el que, no cabe duda, han realizado importantes exposiciones, entre las que destacaría la de Neshat y el despliegue feriante de Marty. Rafael Doctor ha conseguido, en una panorama artístico nacional deprimidísimo, imponer su energía cómplice con lo actual y cimentar un museo sobre una colección que tiene ya piezas magníficas como pudo verse en la inauguración y, más recientemente, en el selección del arte asiático. Pero el intento de «rastrear el presente» que encontramos en la enorme exposición que han comisariado Yuko Hasegawa, Agustín Pérez Rubio y Octavio Zaya no mantiene, ni mucho menos, el sólido tono de las propuestas anteriores.

Cuando leemos el breve texto que firman los comisarios en la guía de esta suerte de «Bienal» (así la han nombrado supongo que no tanto anunciando que se vaya a realizar otra cosa de esta índole dentro de dos años cuanto dando a entender que responde a la estilística curatorial del «bienalismo») encontramos términos que parecen marcan, principalmente, la incertidumbre: tentativo e inconcluso, inconstante y transitorio, diálogo enlazado con interrupciones constantes, dudas, precario y sin cohesión garantizada. Seguramente, no son excusas pero lo cierto es que el declarar que no se va a montar un canon no tiene ningún sentido cuando donde se están colocando las obras es en un «museo del presente». Se puede, sin ningún problema, ser un doctrinario de la falta de doctrina. En esta ideología de la «polifonía del presente» late, consciente o inconscientemente, un deseo de sustraerse a la ardua labor de la conceptualización y a un posicionamiento crítico que no sea algo tan vago como, en palabras de Zaya, «una condición».

Es curioso que después de ver los trabajos de medio centenar de artistas jóvenes (conviene tener presente que casi todos ellos han nacido en la década de los setenta aunque algunos, como Ellen Kooi tienen ya 44 añitos) ni sintiera admiración ni hubiera algo que me indignara, tampoco encontré nada que me hiciera apenas pensar, esto es, me dejó peor que frío. Si me creyera que esto es lo que se está haciendo hoy en día, sería suficiente para tirar la toalla.

Atado y bien atado.
¿Es posible que los globos sonda hayan descubierto, como pretenden, por donde van los vientos? ¿O, en realidad, no han soltado nada al aire y lo llevaban todo atado y bien atado y, en realidad, como es lógico, los comisarios han visto lo que querían ver? Lo que tengo muy claro es que lo que les interesa a ellos a mí me parece el colmo de lo anodino. Insisto, ni desagradable ni sublime, un término que aquí está de más, ni conceptual ni barroquizante. Lo que experimento es una realidad artística neutralizada, sin aristas ni fisuras, compacta en su voluntad de no decir ni provocar.

Lo fantasmal.
Esta actitud curatorial retrocede a la dimensión del gusto, a lo que Hasegawa denomina la «supervivencia de la sensibilidad». ¿Qué necesidad, pensarán o, mejor, sentirán estos selectores de encontrar registros conceptuales para convertir una muestra en algo diferente de un batiburrillo? Sobre todo cuando leemos la prosa de Agustín Pérez Rubio que siente que Globos Sonda se desvela «en la evidencia de un presente inédito que ya nos pesa, que tenemos encima y que tenemos cerca, que nos condiciona y nos elucida, que necesita manifestarse, elevarse, transcenderse, para captar éstas u otras ideas, conceptos y personalidades que emergen del amplio panorama de su ineludible actualidad». Tengo la impresión de que lo que está nombrando, entre el éxtasis y la ansiedad, es la presencia inquietante de lo fantasmal, eso que nos acecha y flota, algo que adquiere el rango de urgente necesidad. Por supuesto, aquí falta cualquier actitud intempestiva, esto es, la voluntad de someter a crítica un presente articulado en un discurso del progreso «ineludible», evitar la actualidad vertiginosa del periodismo, apartar, en la medida de lo posible, el cinismo de los hombres póstumos. «La moda (el modo) -escribe Paul de Man- puede ser algunas veces sólo lo que queda de la modernidad tras desvanecerse el impulso, tan pronto como -y esto puede suceder casi enseguida- haya cambiado de ser un punto incandescente en el tiempo a un cliché repetible, que es todo lo que queda de una ceniza que dejan las llamas de forma única, la huella sola revelando que hubo fuego en realidad». Sin perder de vista que a lo que se refiere Paul de Man es a lo que llama «modernidad genuina» cuando ésta no es un sinónimo descriptivo de lo contemporáneo o de una moda pasajera.

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Con todo, vuelvo a manifestarlo, no estoy dispuesto a aceptar algo así como «esto es lo que hay». ¿Es la pintura de Hadaza Emmerich o Jen Liu representativa de lo que está pasando en esta moda del «retorno»? ¿Hay en la instalación de Nadav Weisman algo diferente del manierismo de la ya canónica «regresión infantil»? ¿Es Tonico Lemos Aguad un artista relevante dentro del panorama brasileño o latinoamericano al que esta muestra dedica una atención mínima? ¿Tenemos que creernos que se ha producido una deriva tan impresionante hacia lo decorativo, banal o anodino? ¿Han desaparecido, así, de la noche a la mañana, todas aquellas manifestaciones artísticas que tenían que ver con las cuestiones políticas o, por lo menos, con un cierto sentido (auto)crítico? Está claro que si soltaron los globos sonda debió ser en una fiesta privada.

Ni doctrinario ni definitivo.
Cuando estos curadores que manejan, en sus propios términos, «un entramado discursivo y conceptual que no podía ser doctrinario ni definitivo» dirigen su mirada y disponen su inmensa sensibilidad en dirección al solar patrio lo que les «interesa» es, tengo que decirlo, también bastante flojo: Fernando Renes al que se sobrevalora; unas pinturas con voluntad «instaladora» de Masip que en el espacio de luces que se apagan y encienden no pueden apenas verse (tal vez eso es lo que se persigue) o Núñez Pombo con unas piezas micro-efectistas que recuerdan demasiado a otras, anteriores, de Sofía Jack. La excepción de la regla de lo insípido la encuentro en la espléndida intervención de Juan López y en las piezas de PSJM que son de las pocas cosas que han logrado atraerme y obligarme a un cuestionamiento de lo que (nos) pasa. En la entrada, encontramos un display de Funky Projects donde presentan, entre otras cosas, el libro La verdadera historia del Kalimotxo que no tiene desperdicios. Entre otras cosas, Asier Pérez escribe ahí que «el consumo del kalimotxo estructura la identidad post-vasca que situaba a las personas que lo tomaban en un lugar de rebeldía, antisistema o incluso nihilismo, junto con un montón de ganas de fiesta». No he encontrado, hasta la fecha, mejor síntesis de «interpretosis delirante»: la parida convertida en comentario político, el márketing chistoso camuflado de contracultura. Acaso los selectores de esta muestra intentaron flotar por encima del terreno minado del presente y colocarse en un punto que no les obligara ni a tomarse el kalimotxo de marras ni compartir el amargo trago de lo que Andrés Ibáñez llama «la generación del gin» a la que acaso pertenezca. Tengo la impresión de que a su refresco o lo que fuera se le fue la presión. Lástima: una exposición al pairo o peor naufragando el plena calma chicha.

Enviado el 14 de Mayo. << Volver a la página principal <<

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