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Mayo 27, 2006

Construcciones para la mente - Arnau Puig

Originalmente en abc.es

Chemalvargonzalez
Ante los espacios luminosos y en movimiento de Chema Alvargonzález (Jerez de la Frontera, 1960), conseguidos mediante recursos fotográficos y digitales, uno ha de preguntarse de nuevo acerca de los límites de la fotografía y del pretendido objetivismo que se creyó la caracterizaba. Hemos asumido muy bien que en la actualidad el objetivo fotográfico capta como un ojo humano, es decir, con sentido, y actúa, además, como un pincel o un cincel en manos de quien los maneja; en la foto hay lo que la sensibilidad quiere o piensa percibir. Hasta aquí, de acuerdo; pero cuando lo que aparece en la foto plantea la cuestión de la objetividad, quizá tengamos que reflexionar de nuevo acerca de aquello a lo que atribuíamos la realidad. ¿Hay una realidad que sustenta la foto, o bien la pretendida realidad no es más que la ocasión para desencadenar un proceso imaginario? Aquí hemos de recoger algo de lo que apunta verbalmente Alvargonzález: que él muestra en sus fotos, además de la imagen, la memoria que ésta lleva asociada; que la foto es objetiva y subjetiva al mismo tiempo. Pero, ¿qué memoria desvelan las imágenes así obtenidas, la personal, la histórica, o bien aquel otro matiz que atraía la atención de los surrealistas: la evocación, el delirio, o el subconsciente reprimido? Creemos que ahí se plantea la cuestión de las fotos luminosas y cajas dinámicas que ahora nos propone el artista.

Motivaciones.
Se trata de un montaje a partir de una realidad existente que se muestra, no por lo que la realidad en sí es o por su trascendencia como imagen objetiva, aunque nada está expresamente excluido, sino que la objetividad ha sido escogida ?como en la más auténtica sensibilidad surrealista? porque provocaba motivaciones en el artista. Alvargonzález habla de vibraciones vivas provocadas por la ciudad o por determinados lugares de ella, y de que las imágenes que se propone captar están repletas de memoria. Pero Alvargonzález es un artista y sabe muy bien que al artista lo que le acaba dominando es lo estético. Ante una realidad puede sentirse atraído por una evocación que le arrastra hacia un determinado colorido o que le entretiene por unas determinadas formas. Y son esos colores y esas formas las que va a conjugar en la obra. A todo eso el artista lo llama «visible» para que, al final, aparezca lo invisible, que es lo puesto de manifiesto por la fotografía, que muy poco o sólo evocativamente tiene que ver con el elemento real desencadenante, además de que la imagen fotográfica mostrada lo es desde un soporte que ilumina y construye su propio espacio observable. Lo que tenemos ante las fotos mostradas (en el sentido más literal de escuetos y cuidados trabajos con la luz) es un espacio lindante con el concepto pictórico de cuadro, pero que no es tal porque su presente parte de lo objetivo ? hace alusión directa a ello? para inquietamente mostrarnos lo que no existe, pero que, tal vez (o cuando menos así su autor quiere y persigue), desearíamos fuera realidad objetiva y tangible para los sentidos. Una realidad que es y reposa sobre elementos concretos y provocantes, pero que desearíamos ver transformada en lo que ahora, gracias a la intervención artística, se percibe. Ninguna otra explicación tienen aquellas imágenes de un Berlín que está lleno de pasados con todas las cargas afectivas atractivas y repelentes posibles; un Berlín en el que el artista vive y trabaja ?compartido hogar y taller con Barcelona? y del que siente nostalgia y presiente como futuro. En las imágenes anida el trajín de la demolición y la edificación. Una ciudad que se destruye y construye con su propia acción material y espiritual, y de la que el artista presenta las evocaciones mistéricas y sensitivas que quisiera reales.

Entelequias.
Seguramente para alcanzar esta realidad, al lado de los espacio-cajas de luz fotográficos ha montado otros espacios-cajas-luminosos en movimiento, en un montaje digital en el que transitan figuras humanas y en el que los puntos de referencia paisajísticos o arquitectónicos se modifican hasta convertir, y viceversa, lo visible en invisible, lo que ya no es nada más que imagen sublimada en otra imagen, con el mismo soporte, que es diferente, cuestionante, y que se presta a la atracción como los fantasmagóricos mundos de Fuseli. Eso mismo ha hecho con arquitecturas reales, que ha atacado con puntos o vectores de luz y ha transformado en lo que no eran, sin dejar por ello de ser espacios transitables para reiniciar la percepción viva y activa. Como sucede con el espacio del Mercado de la Boqueria, de Barcelona, o con aquellas ciudades, que en alguna parte existen, pero que en la caja de luz son totales entelequias, cuestionables como cualquier obra de arte. 

Enviado el 27 de Mayo. << Volver a la página principal <<

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