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Mayo 25, 2006

Cool Drama. La nocturna experiencia del hundimiento en Avelino Sala - Jose Luis Corazón Ardura

Contraluzweb
La ficción publicitaria que Avelino Sala inició con su proyecto surfista La espera (2004), en paralelo a su trabajo como creador de la revista Sublime y como videoartista, escultor, dibujante, pintor, comisario o crítico de arte, continúa en una nueva invención mediática, titulada irónicamente Cool Drama. El drama es un género literario que pertenece más a lo teatral y a la acción de la pesantez sobre la vida del héroe que desconoce lo que le va a ocurrir, mientras todos aguardan un desenlace previsible. Es una situación tan natural que de repente aparece cuando menos lo esperamos, es el caso del hundimiento de las ideologías, la caída de los muros, el derrocamiento de los ídolos o el desfondamiento ético. En cualquier caso, la parte cool del drama es que todo vuelve a repetirse, aspirando a la emergencia provocada por una ironía maliciosa.

Si Avelino Sala ha intervenido desde hace tiempo en el paisaje mediante una reflexión del vacío propiciada por una escultura ingrávida con la intrusión de perros vigilantes o con figuras como el Ícaro extrañado que cae en un acantilado, ahora le ha llegado el espíritu de la pesantez y la experiencia de un hundimiento que no sólo espera la ola perfecta, sino también otros lugares como el fondo de un mar metafórico y subliminal al que se llega arrastrando una tabla de valores pesada y aparentemente inútil. Este esfuerzo heroico que propone la tarea del arte como una actitud vital, muestra que las apariencias engañan y en consecuencia llega lo inesperado. La marca registrada en la playa es el resto de una acción tragicómica, porque nadie espera que los valores se hundan con la propia tabla, esta inversión es el peligroso acceso que nos sumerge en un espacio acuático que se quiere aislado de todo. Un arte que ya no busca sólo en la superficie sino en la profundidad en donde somos conscientes de la continuidad del vacío, donde el vacío termina por tomar cuerpo. Por otro lado, Avelino Sala presenta una reflexión acerca de la aparente escisión entre el arte y el diseño, para hablar del lugar donde podemos distinguirlos, entre los objetos que poseen una utilidad –en este caso, la práctica del surf- y los que son artificialmente inútiles –una tabla que se va a hundir con seguridad-, pero que van a conducir a una experiencia del hundimiento del pensar. Es decir, se trata de marcar una diferencia entre los objetos, registrando así que lo que hace que algo sea arte está vinculado, más que a su apariencia engañosa, al uso que paradójicamente hagamos de ello.

Porque se trata de saber qué nos queda por hacer con esa simbólica tabla en la que se cifra el esfuerzo que arrastra hacia el límite del arte. La distancia de los valores y su práctica llevan a Avelino Sala a preguntarse, no solo qué es una artista prometeico –en el sentido de cargar con algo, ya sea su trabajo o su propia libertad-, sino qué fuera una contemplación vacía como vaciamiento de la imagen, conocer porqué la actividad del artista se organiza en torno a una paciencia, una espera y un drama que tiene algo de residual. Es precisamente una acción en la que vemos a Avelino Sala tratando de llegar a un lugar donde la línea de sombra coincide con las marcas de la tabla en la arena, una metáfora válida para considerar también la performance como escritura. Porque no sólo le vemos en la playa, sino en fuentes como las dedicadas a Neptuno y Cibeles, en estanques como en el egipcio templo de Debod en Madrid. Esta acción nos lleva a preguntar acerca de la autocrítica implícita en las imágenes de Avelino Sala, hablando de su propia constitución como artista, entre el drama alegre apolíneo y la dramática presencia dionisíaca del vacío: “El arte –escribe Nietzsche en El nacimiento de la tragedia- es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica de esta vida”. Pero, ¿qué lugar le queda ahora al arte si lo metafísico parece haberse extraviado ante el final de la filosofía propuesta por la filosofía de lo neutro? Cuando pensamos acerca del horizonte y esperamos una respuesta, el arte parece quedar en ese estado denunciado por Gottfried Benn: el arte sólo sirve para hacer dinero y curar hemorroides. Pero, en realidad, hay otro tipo de arte que es aquel que propone una inversión –ya una inmersión- de la realidad, porque el momento de contemplación artística va a otorgar que modifiquemos nuestra relación con las cosas y viceversa. La estetización del mundo, presentada como horizonte de espera, va a llevarnos más allá. Si como afirma Levinas, ver es ver el horizonte, “para tener la idea de lo Infinito, es necesario existir separado”, se trata de llegar al límite del conflicto entre lo natural y lo artificial, entre el yo dándose como artista y su consecución diaria: “Para este artista –escribía Fernando Castro Flórez con motivo de la exposición de Avelino Sala titulada Restlessness (2003)- el yo no es algo dado, sino al contrario es algo que se narra desde la complejidad, un desplazamiento de sentido constante, como el movimiento por el territorio del nómada. El hábitat del nómada, que tiene una paciencia infinita (convierte la pausa en un proceso) está concebido en función del trayecto que constantemente los moviliza”.

¿Qué espacio liminar es aquel hacia el que se dirige Avelino Sala arrastrando una tabla? Si el espacio del arte puede constituirse como un espacio de escritura como propone Adorno, la autocrítica le lleva a dirigirse a lugares inhóspitos como una playa o a espacios de celebración como las fuentes. Una reflexión sobre el vacío que inició con las figuras que transparentaban el vacío, concretándose ahora en el ejercicio de una espera dramática como la llegada al inicio de partida. Es el retorno de una realidad por devenir, la muerte ajustada a una espera que concilia la paciencia con la rebeldía. El espíritu de la pesantez abre la noche, el día espera. Si Nietzsche distinguía entre lo pesado de aferrarse a las tablas viejas o nuevas y la ingravidez propia del vuelo a través del vacío, Avelino Sala reflexiona entre la espera y el drama de una marca registrada que se hace pública, que hace público: “Aquí estoy –dice Nietzsche- sentado y aguardo, teniendo a mi alrededor viejas tablas rotas y también nuevas a medio escribir. ¿Cuándo llegará mi hora?”. La noche como anuncio de un infierno próximo donde adentrarse, un drama y una comedia que anuncia la entrada en otro lugar dantesco: lasciate ogni esperanza, voi ch’entrate.

Enviado el 25 de Mayo. << Volver a la página principal <<

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