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Mayo 14, 2006

Daniel Buren, un espíritu rebelde - José Luis CLEMENTE

Originalmente en EL CULTURAL

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Las cabañas de cerámica y espejo consiste en un contundente proyecto concebido por Daniel Buren para el Espai d’Arte Contemporani de Castellón, mediante el que trata de abundar en una de las ideas que ha vertebrado su trabajo: el cuestionamiento del museo como estructura ideológica y social. Para ello, Buren ha hecho construir seis grandes cubículos que, entrelazados, se apoderan del espacio expositivo, provocando en él una explosiva disfunción y la ruina de su funcional arquitectura. Este proyecto que se deriva de intervenciones similares, ideadas como cabanes éclatés (cabañas explosionadas), presenta el atractivo de introducir, como novedad, el uso de piezas de cerámica, en sustitución de la pintura y plásticos con los que ha trabajado antes.

Tras abandonar el caballete, Buren formó junto a Mosset, Parmentier y Toroni el grupo BMPT. Con el grupo fraguó una alternativa a los modelos impuestos por la figuración narrativa, proponiendo un modo de actuación artística coincidente con el Situcionismo. Así, antepuso al arte representacional toda forma de posición política, invalidando la idea de creación y desluciendo el aura de la obra de arte, para promover la crítica a los museos, instituciones y al medio artístico. Esta comprometida posición –común entre una nueva generación de artistas vinculada entonces al arte conceptual– definiría su estrategia fuera del marco de la pintura, hasta reducir todo el contenido pictórico a franjas de color verticales de 8,7 cm. de ancho, situadas sobre cualquier superficie. Desde ese momento, las franjas de color de repetición invariable, en línea con el más depurado Ad Reinhardt, han fundamentado su proceso de trabajo. Sin embargo, negando con ello toda posibilidad de evolución estilística, y neutralizando el carácter vocacional del artista, cabe preguntarse ahora si, con el paso del tiempo, paradójicamente no se ha convertido, esa misma estrategia de negación, en la afirmación última de su propio estilo y señal identitaria.

Con las simples y llanas franjas de color, Buren, siguiendo la estela de Marcel Duchamp, pretendía lograr un arte anónimo e impersonal que no ofreciera al espectador información sobre el artista y la obra. De ese modo, cuestionando la obra única y su especificidad, ha tratado de restarle todo valor estético; nada de gestos, nada de significación, ni figuras, ni abstracciones, ni emociones, ni misterio. Este pensamiento radical que encontró su mejor vehículo en las calles de los años setenta, acabó reducido a una intervención múltiple y repetitiva en sus hoy celebradas bandas de color, con el propósito último de aislar el hecho objetivo de la pura visualidad. Suplantando el aparato de la presentación de la obra, trató de mantener su posición estratégica frente a la despolitización generalizada del arte de los años ochenta, aun cuando su obra ha sido acusada de “mero signo de intenciones radicales”. No obstante, sus proyectos, a pesar del decorativismo en el que a menudo se ven envueltos, siguen exigiendo al espectador una incómoda forma de reflexión sobre las relaciones del arte con su entorno institucional y comercial.

Pasados los años, y ante la dificultad de preservar el radicalismo, Buren, como otros artistas comprometidos con el medio artístico de su generación, decidió actuar desde dentro del sistema, siendo partícipe de él. Derivadas de esas relaciones con instituciones y museos –vistas como incestuosas hoy por otros artistas no menos contestatarios–, Buren ideó su proyecto de cabanes éclates en mitad de los setenta, convirtiéndose en nueva fuerza motriz de su trabajo. “El arte –señaló en 1968– es la válvula de escape de nuestro sistema represor. Cuanto más dure, y aún mejor, cuanto más prevalente se vuelva, el arte será la máscara de la distracción del sistema. Y un sistema no tiene nada que temer mientras su realidad esté enmascarada, mientras sus contradicciones estén escondidas”, para añadir después cómo “la obra, situada en el centro del museo, deja irreversiblemente al descubierto la secreta función del edificio consistente en subordinarlo todo a su narcisista arquitectura […]. El museo revela un poder absoluto que irremediablemente subyuga a todo lo que es atrapado/exhibido en él”.

En ese contexto de insubordinación, y a la vez de acomodo, cabe situar el proyecto del EACC. Heredero de los Merzbau de Schwitters y los Pround Raum de El Lissitzky, Buren ha tratado de neutralizar con sus “cabañas” el espacio expositivo y cuanto éste representa. Con la construcción de diversos cubículos, en cuyo interior se conjugan tramas de color según el patrón fijo de sus bandas, el artista ha echado mano, con astucia, del material cerámico, apelando, más allá de las dimensiones estrictamente visuales, a la trama económica y social de Castellón. A modo de stands de feria, entre los que se puede deambular y palpar su arquitectura, los seis cubos acogen el pulcro despliegue visual que caracteriza el trabajo de Buren. Mientras, por otra parte, desprendidas de los cubículos, aparecen desperdigados por lugares diversos una serie de paneles, que figuran ser prolongación de los mismos. Así, pintura, escultura y arquitectura acaban ocupando un todo en el que no hay nada que objetar más allá del espacio vacío.

Enviado el 14 de Mayo. << Volver a la página principal <<

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