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Mayo 17, 2006

Entre la luz y los sueños - XAVIER ANTICH

Originalmente en LA VANGUARDIA

Man Ray 06
Las dos anécdotas han alcanzado categoría de mito. La primera nos permite imaginar a Man Ray con un enorme y pesado baúl, lleno de cuadros, arrastrándolo en todos sus viajes y cambios de domicilio. Y no cuesta imaginarse la extrañeza de los funcionarios de aduanas ante un fardo de tales dimensiones. El fotógrafo que iba a revolucionar, como nadie lo hizo, las relaciones entre fotografía y pintura, arrastraba, como un peso del que no conseguía desprenderse, sus propias obras pintadas. La pintura, que por esos mismos años Picasso y Miró estaban intentando asesinar, era ya, en el baúl de Man Ray, algo más bien parecido a un fantasma. Muchos años después lo diría, a su manera, Roland Barthes: "la Fotografía ha estado, está todavía, atormentada por el fantasma de la Pintura". Aquel tipo se llamaba Emmanuel Radnitzsky, y había nacido en Filadelfia en 1890, aunque ya con siete años estaba en Nueva York, donde descubrió, entre fascinado y conmocionado, la obra de Duchamp: cuando vió Desnudo bajando unaescalera, en 1913, se le abrió un mundo. Todavía pintaba, y continuaría haciéndolo, por un tiempo, breve, pero ya nada sería igual y, en 1915, empiezó a hacer fotografías sin dejar del todo de ser el pintor que siempre se sintió: el baúl lo acompañaría siempre.

La segunda anécdota tiene que ver con Atget, ese otro fotógrafo, también fantasmal, que nos legó una imagen de París que ya forma parte de nuestro inconsciente óptico. El mismo fotógrafo del que Walter Benjamin comentó que había fotografiado todos los rincones de París como si fueran el escenario de un crimen. Man Ray, que llegó a conocerle, después de su llegada a la capital francesa en 1921, intentó regalarle a una cámara manual. Atget, que siempre había utilizado una cámara grande para placas que exigía el uso de un trípode, reaccionó con estupor: "Trop vite, enfin!". La instantánea, pensaba, iba más rápida de lo que podía pensar, no le servía. Man Ray comprendió pronto, después de descubrir que no iba a vender ni un cuadro, que la pintura no era lo suyo, por mucho que lo deseara, pero tampoco se contentó con la instantánea. Quizás, a diferencia de lo que pensaba Atget, porque todavía le parecía demasiado lenta: con ella, la imagen fotográfica nunca conseguiría desprenderse de la realidad fotografiada. Con la instantánea, el referente se quedaba todavía pegado a la imagen como si fuera -la imagen es también de Barhes- un muerto cargado a la espalda. Man Ray no dejaría de experimentar, con todos los recursos a su alcance, en busca de una imagen fotográfica capaz de retener la luz, de transformar la realidad, de atisbar los sueños. La instantánea, que como quien dice acababa de nacer, era ya, en las manos de Man Ray, un instrumento viejo.

Algunas de las imágenes de Man Ray han accedido al estatuto de iconos de nuestro tiempo. En muchos casos, su celebridad visual las ha transformado casi en anónimas, como sucede con tantas melodías de autoría desconocida. No es mal destino para lo que puede considerarse, en tantos casos, imágenes de época. Por eso, una exposición de Man Ray es siempre un acontecimiento. También, entre otras razones, porque así se le devuelve su singularidad, su insobornable apuesta por los retos de la imagen, su insolencia por inventar un mundo a través de la imagen fotográfica más que por llevar el mundo, como otro fardo, a la propia imagen. Y es que la aportación deMan Rayha quedado a menudo desdibujada en la nebulosa del dadaísmo y del surrealismo, esos dos terremotos que contribuyó, como muy pocos, a articular.

De ahí uno de los méritos de la extraordinaria exposición de la Fundació Caixa de Girona, comisariada por Pilar Parcerisas, a partir de los fondos, aquí desconocidos, de la colección Goldberg/ D´Afflitto. Una exposición con imágenes de los años 20 y 30, en su mayoría vintages, esos primeros tirajes realizados por el propio Man Ray o controlados más adelante por él mismo. Mucho se ha frivolizado a partir de la tesis de Benjamin sobre la reproductibilidad técnica de la obra de arte y sobre la pérdida de aura que acompañaría, en teoría, al desarrollo de la fotografía. Pero deber reconocerse que pocas emociones son comparables, en intensidad, cuando de exposiciones fotográficas se trata, con el descubrimiento de esos primeros tirajes que un fotógrafo, en persona, ha controlado. Hay ahí, casi podría decirse, una presencia táctil y manual, de una imagen eminentemente visual: como si la piel de la luz llevara todavía un temblor que no remite.

Mucho de eso hay aquí. En esos retratos cargados de sabiduría y relativamente desconocidos, que nos ilustran acerca de la profundidad de la mirada de Man Ray. En la pequeña serie, fascinante, de desnudos de Ady Fidelin, cuyo cuerpo de piel mestiza dialoga en silencio con las imágenes, sorprendentes, de esculturas primitivas africanas. En los objetos capturados como fragmentos de sueños y en los rayogramas con los que Man Ray convierte en reflejos de luz -y, por tanto, de sueños- a los objetos. Y entre unos y otros, a través de este paseo por el pasado y futuro de la fotografía que representa la aventura de Man Ray, uno no puede dejar de pensar en aquel baúl con las pinturas encerradas y asociar, a ese fantasma escondido, la invención radical de la mirada que puede descubrirse en el temblor de cada una de estas fotografías, ahora redescubiertas de nuevo.

Enviado el 17 de Mayo. << Volver a la página principal <<

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