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Mayo 24, 2006

Es sólo una broma - PEIO AGUIRRE

Sobre la Bienal de Berlín. Originalmente en LA VANGUARDIA DIGITAL

Ruine 01
Si una imagen tuviera que resumir la 4ª Bienal de Berlín ésta no sería una obra de arte sino la fotografía longitudinal de una calle en pleno Mitte: Auguststrasse. La expandida idea de que eventos de este tipo cartografían la ciudad queda superada en un tour de force que no deja de tener su intríngulis. Era el caso de la edición anterior, dirigida por Ute Meta Bauer, donde los mapas y un sentido de la desorientación benjaminiana servían como introducción a la historia de la ciudad. También en esta bienal, comisariada por el artista Maurizio Cattelan junto a Massimiliano Gioni y Ali Subotnick, el historicismo urbano juega un papel destacado. La concentración a lo largo de una sola calle nunca había dado tanto juego en cuanto a lugares expositivos cargados de atmósferas. Un cementerio, una iglesia, apartamentos privados, una escuela abandonada entre otros sitios. A decir verdad, en Berlín cualquier esquina que escojamos al azar portará con orgullo galones de condecorada como heridas de guerra. En el catálogo se narra los comienzos de Kunst Werke, sede central y reputado centro de arte, su nacimiento y también cómo después de la caída del muro los artistas migraron a Mitte, ocupando espacios, dando origen a una potente escena artística.

Ausguststrasse y la vecina Linienstrasse se convirtieron en el corazón para galerías comerciales y para la escena alternativa, con actividades artísticas en espacios de bajo coste. De este modo nació la bienal. Los estudiosos de casos de gentrificación urbana tienen ahí un buen campo de investigación. Pero de esto ni un eco por ninguna parte. Más bien se asemeja a un homenaje al fenómeno gentrificador mismo, pues toda la alternatividad latente en su día ha sido engullida por modelos de comisariado mainstream. Quizás sea la simple y llana colonización por parte del mercado. Una bienal situada en una sola calle es rápida, eficaz y cómoda. Hay galerías comerciales y buenos cafés a la moda. Un excelente lugar de encuentro para profesionales del sector. ¿Cómo debemos sino entender el gesto comisarial de crear una sucursal de la multinacional Gagosian Gallery en una exmodesta galería alternativa? Con el equipo de The Wrong Gallery de por medio, podemos interpretarlo como un gesto irónico y conceptual a la vez. ¿Una vuelta a los orígenes de Auguststrasse? ¿Se trata acaso de aquel tipo de sentido del humor de chistes racistas donde la gracia no desdramatiza el racismo sino lo acentúa más? Lo cierto es que un vistazo es suficiente para ver hasta qué punto el mercado y las bienales van hoy en día de la mano.

Para todos aquellos que prefieran obviar el contexto y centrarse en las obras, la elección del título De ratones y hombres, sacado de la novela homónima de John Steinbeck, introduce algunas pistas. Pensando en Cattelan, uno podría imaginar una exposición un tanto chistosa, de mueca fácil al segundo vistazo, no exenta de espectacularidad. Nada de eso. Todo lo contrario, el ciclo de nacemos, vivimos y entonces morimos (sic) es aquí el motor de arranque. Como si todas las enfermedades del alma se hubieran volatilizado y congregado a la vez en un negro carnaval celebratorio o en una misa por el cuerpo difunto: psicosis esquizoide, dolor, expresionismo y escatología repartida en porciones equitativas. La excentricidad contenida, el distanciamiento voluntario de cualquier atisbo político (como desmarque de la edición predecesora) y la tendencia a la recuperación historicista son algunos de sus trazos. Este último aspecto añade un grado grotesco al final del recorrido en el KW, una serie de documentos escatológicos de accionismo vienés de los sesenta a cargo de Otto Mühl. Uno se pregunta, ¿por qué Otto Mühl ahora? La aleatoriedad es lo que prima. Por ejemplo, en la pieza de Bruce Nauman Rats and Bats (Learned Helplessness in Rats II) (1988), donde un laberinto en plexiglás para ratas en un experimento de conductismo produce angustia y ansiedad. Su presencia sólo se justifica por hacer el juego al título. Es como si se dijeran, "vale tenemos un título sugerente, busquemos obras relevantes donde aparezcan estos animales".

Pero el juicio crítico se elabora de manera diferida. Los comentarios fluctúan en cualquier restaurante. Alguien dice que la bienal le sabe a déjà vù, y rebuscando en su memoria menciona Manifesta 5, en San Sebastián. Otra contertulia contraataca que a ella le suena a algo mucho, mucho más lejano. Y lo que entonces me viene a la mente es algo muy de los ochenta, muy italiano y muy expresionista. Hemos tenido que ir a Berlín para rescatar la Transvanguardia italiana y a aquel intento de Achile Bonito Oliva de canonizar las vueltas atrás. Pero sabido es que las regresiones cíclicas son un rasgo posmoderno.

En la inauguración, en el patio del KW, unas risas enlatadas se filtraban por algún resquicio. Ante la duda de que se tratara de una obra la gente afinaba el oído, pero nada parecía indicar que estuviéramos ante una instalación. Era como si Cattelan susurrara "no te lo tomes en serio, es sólo una broma, una más de mi repertorio".

Enviado el 24 de Mayo. << Volver a la página principal <<

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