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Mayo 27, 2006

Promesas de lo sublime - Fernando Castro Flórez

Originalmente en abc.es

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El descubrimiento de la tragedia del paisaje por parte del romanticismo es simultáneo a la apertura de la estética del nomadismo espiritual. El viaje romántico es siempre búsqueda del yo, una larga travesía interior: una fuga sin fin. El gozne de un nuevo sentimiento del espacio es el cuadro de Caspar David Friedrich El monje ante el mar, que Kleist contemplara con una desazón absoluta: «Era yo mismo el capuchino y era el cuadro una duna; pero aquello que yo debía mirar con anhelo no estaba: el mar. Nada puede ser más triste y más precario que esta posición en el mundo: una única chispa de vida en el imperio de la muerte, el solitario punto medio del círculo solo». Este apocalipsis pictórico desborda a aquél que se atreve a contemplarlo: «Es como si a uno le arrancasen los párpados». La playa bañada por el oleaje, en el sentido habitual, no existe. Ante un mar casi negro la franja de arena con dunas destaca con un tono gris-blanco, débilmente azulado. La costa de color claro es la única base sólida. Todos los elementos de la vida son aislados, apenas perceptibles. En la estrecha franja de tierra vemos a un hombre solo. El monje sufre una minimización en la inmensidad crepuscular: una imagen de la desolación.

El sacrificio que se cierne.
En última instancia, la celebración romántica de la naturaleza no es sólo un canto a la belleza primigenia, sino también el signo que nos avisa del sacrificio aniquilador que se cierne sobre los hombres. La navegatio vitae de los románticos está en las antípodas de nuestra cultura del turismo, pero aún así quedan sujetos como Axel Hütte capaces de construir una mirada en la que se revela tanto nuestra distancia con respecto a la naturaleza cuanto el deseo de encontrar una nueva vía de comunicación. Las extraordinarias fotos de este artista nos llevan desde el ánimo melancólico a un parpadeo -valga esta figura- de la belleza.

Volvamos a una descripción kantiana del paisaje para cobrar conciencia del «origen» de las sublimidad moderna: «Rocas audazmente colgadas y amenazadoras, nubes de tormenta -podemos leer en la Crítica del juicio- que se amontonan en el cielo y se adelantan con rayos y con truenos; volcanes en todo su poder devastador; huracanes que van dejando tras de sí la desolación; el océano sin límites rugiendo de ira... reducen nuestra facultad de resistir a una insignificante pequeñez, comparada con su fuerza. Pero su aspecto es tanto más atractivo cuanto más temible, con tal de que nos encontremos nosotros en lugar seguro, y llamamos gustosos sublimes a esos objetos porque elevan las facultades del alma por encima de su término medio y nos hacen descubrir en nosotros una facultad de resistencia de una especie totalmente distinta, que nos da valor para poder medirnos con el todo-poder aparente de la naturaleza».

Esplendor absoluto.
Hütte viaja a Brasil, Estados Unidos, Noruega o Islandia para sedimentar visiones de la naturaleza en las que los «personajes» han desaparecido. No hay más presencia que la del propio paisaje con su esplendor absoluto. El pantano verdoso con los árboles que transmiten una suerte de «angustia», las cascadas, el oleaje, el hielo o un mar de nubes hablan de la soledad y del sentimiento de lo infinito. Con todo, Hütte no siente pesar porque la razón exceda a toda presentación, ni en sus fotos encontraremos el dolor de que la imaginación no sea la medida del concepto; antes al contrario: sus obras monumentales nos llevan más allá del patetismo.

A veces, cuando fotografía los paisajes helados del norte, da la sensación de que estamos en un éxtasis de la visión, cuando ya no es necesario ver nada. Paul de Man señala que la dinámica de lo sublime marca el momento en el que lo infinito es congelado por la materialidad de la piedra, el momento en que no es concebible ningún pathos, ansiedad o simpatía, lo que equivaldría a la perdida completa de lo simbólico como un momento negativo necesario: el cielo como una bóveda vacía que lo contiene todo, el mar como un espejo ilimitado, pero ambos dispuestos a transformarse en abismos que se lo tragan todo. Las aguas y los reflejos de la vegetación forman parte, en el imaginario de Hütte, de un sueño; allí las formas se disuelven.

El fotógrafo reinterpreta los efectos pictóricos de Monet, juega con el ciclo estacional. Y, de pronto, surge la figura, que parecía definitivamente segregada: en un estanque con el hielo roto se refleja, al otro lado, la presencia de una mujer. De forma magistral, Hütte alude al deseo del otro, al anhelo amoroso como un captar lo fugitivo. El fulgor poético de estas fotos contrasta con la banalidad espectacularizante de nuestra época. En estos paisajes, aunque sea por un instante, podemos respirar. Puede que no exista playa alguna en la que esperar ese viaje prometido por el Romanticismo, ni reducto en el que estar a salvo cuando el naufragio se ha convertido en la metáfora absoluta, pero las sublimes visiones de Hütte son una «promesa de felicidad», la manifestación de que otra forma de recorrer el mundo, de norte a sur, es posible. 

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Enviado el 27 de Mayo. << Volver a la página principal <<

Comentarios

De lo espectacular a lo especular. Vuelta al ojo griego subyugado por el paisaje-objeto. Reintegración en sentido extramoral. Esperanza de algún significado. Negación de los significantes. Más allá del camino, hay un mundo.
¿Van por ahí, quizá, los tiros?

Publicado por: Loveposongs a las Mayo 29, 2006 12:47 AM

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