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Junio 10, 2006

El balancín de Murphy - ENRIQUE VILA-MATAS

Originalmente en ELPAIS.es

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Ayer recordé que Ricardo Piglia decía en una entrevista que todos hemos pensado alguna vez qué hubiera pasado si nos hubiéramos acercado a esa mujer de otra manera, si hubiésemos hecho un gesto que no hicimos... Y creo también recordar que decía: "Pensamos en haber vivido lo que se vivió como si fuese un borrador, algo que puede ser transformado".

Desde ayer estoy encerrado repasando el diario o dietario voluble que he ido escribiendo en estos últimos meses, desde septiembre pasado. Y he acabado tomando la decisión de seleccionar algún fragmento de mi dietario y, al estilo de Petronio (que se atrevió a vivir lo que previamente había escrito), aventurarme a vivir alguno de esos fragmentos; en mi caso, atreverme a vivirlos de nuevo, corrigiéndolos, si es necesario. Como si la literatura tuviera esa notable ventaja sobre la vida: la de que uno puede volver atrás y corregir.

Inspecciono las primeras líneas de mi dietario. Fueron escritas el 1 de septiembre del año pasado: "Amanece en mi cuarto de las ventanas altas de la Travesía del Mal cuando, al inaugurar este cuaderno rojo de notas o dietario que escribiré desde Barcelona y otras ciudades nerviosas, me pregunto cuál es mi nombre, quién escribe, y se me ocurre que mi cuarto es como una cavidad craneal de la que surjo como un ciudadano inventado".

Inmediatamente ha surgido la pregunta: ¿cómo diablos hacerlo para vivir esas frases tan sumamente literarias? Estoy en el mismo cuarto donde las escribí, pero me resulta difícil, por ejemplo, experimentar la sensación de que mi despacho es como una cavidad craneal de la que surjo como un ciudadano inventado.

Me doy cuenta de que todas esas frases con las que inauguré mi dietario no son trasladables a la vida, son pura literatura. ¿O es que acaso puedo moverme ahora por mi gabinete de trabajo pensando que lo hago por una cavidad craneal? Para revivir esas frases que redacté en septiembre no me queda más remedio que limitarme a volver a escribirlas exactamente igual a como las escribí, ser un Pierre Menard de mí mismo. Con esas frases no puedo salir nunca de un círculo tiránico. Como consecuencia de todo esto, bostezo ampliamente. Y de pronto se obra el milagro: logro pasar a mi vida lo escrito. Y es que al abrir tanto la boca, encuentro la mejor fórmula para sentir como vividas esas frases mías tan literarias: yo mismo me ensancho y me agrieto como un abismo y, es más -agradable experiencia- me mimetizo con el vacío.

En el recuerdo me queda ya tan sólo la cavidad craneal, que en estos precisos instantes estoy depositando imaginariamente sobre mi escritorio, como quien coloca su cabeza sobre su mesa de trabajo. Como consecuencia de todo esto, me acuerdo de Samuel Beckett, de los días en que había dado ya radicalmente por terminada su obra y actuaba como si conociera este aforismo de Canetti: "El sabio olvida su cabeza". Se la dejaba siempre olvidada -la cabeza- en un balancín, el único que tenía en su casa, el mismo con el que se había balanceado a gusto escribiendo Murphy. La olvidaba, pero pronto volvía a por ella, volvía a por su cabeza.

Un día cometió el error de salir a la calle. Y la cabeza le jugó una mala pasada en pleno centro de París. Se vio con su cabeza entre las manos. Y allí no había balancín. Y luego vino lo peor: la llegada intempestiva de una frase. La frase irrumpió sin pedir permiso mientras él cruzaba el bulevar Saint-Germain. "Una noche, sentado a su mesa con la cabeza entre las manos, se vio levantarse y marchar", decía la frase. En los días que siguieron, la frase rondó todo el tiempo su cabeza. Pedía ser escrita, pero Beckett se resistía a hacerlo. Era una frase solitaria, que exigía ser continuada, y eso le reconducía de nuevo a la escritura. Era una trampa del bulevar Saint-Germain. "Nunca la escribiré", pensó Beckett. Pero aquella misma noche, sentado en su mecedora, la anotó. No se entiende bien a Beckett sin la mecedora de Murphy y sin su tendencia a seguir balanceándose y escribiendo cuando ya había dado por terminada la obra.

"Una noche, sentado a su mesa...". Pasó días obsesionado por esta frase inicial. Se vio levantarse y marchar. Pero ¿marchar adónde? ¿Lejos de su cavidad craneal? ¿Lejos de la mecedora? Se sabe que trataba de dar por hecho que era el bulevar el que le había tendido la trampa y quería que volviera a escribir. El caso era que no avanzaba; sucedía que felizmente no le llegaba ninguna frase detrás de la primera, de aquella frase obsesiva que ya había anotado. Mucho mejor así, pensaba. No hacía mucho que había dado por clausurada su obra con la trilogía de Nohow On. Pero la maldita frase ya escrita siguió rondándole. Decidió que haría hasta lo indecible para no pensar más en ella y que, si esto no era posible, en todo caso dejaría a esa frase siempre dentro de su cavidad craneal, en la mecedora. Pero de nada le sirvieron los planes, las precauciones. El balancín iba en su cabeza cuando él salía a la calle. Y así fue cómo un día, en pleno centro de París, la trampa del bulevar se balanceó tambaleante como la sombra del último vagabundo de alguna de sus historias. La trampa contenía la misma frase de siempre, la frase sin continuidad. Pero la mecedora le dio un vuelco a la frase, la movió hasta extenuarla en pleno bulevar y encontró Beckett de golpe al balancín de Murphy, a la cabeza y algunas frases nuevas, todo al mismo tiempo: "Una noche, sentado a su mesa con la cabeza entre las manos, se vio levantarse y marchar. Una noche o un día. Pues cuando se apagó su luz no quedó a oscuras. Una luz de cierta especie se filtraba entonces por la única ventana alta".

Una hora después, ya en su casa, esas nuevas frases pasaban a ser escritas en la penumbra. Y la verdad es que hoy aquel texto me parece el goteo último de un grifo inútil en la peor penumbra que han conocido las palabras. Muchas noches, aquí en mi gabinete, se me ocurre leerlo sentado en mi balancín, que es un entrañable recuerdo de infancia, mi personal trineo Rosebud. A veces levanto la vista del libro y pienso en Beckett y en sus días finales en el asilo y en esa salvajada de ser un anciano cualquiera sin familia. Aunque pronto me resulta fácil ver que lo más negativo siempre me provoca la risa, debe ser el humor del balancín de Murphy: "Nombrar, no, nada es nombrable, decir no, nada es decible, entonces qué, no sé, no tenía que haber comenzado".

Enviado el 10 de Junio. << Volver a la página principal <<

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