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Junio 03, 2006

Más humana que nunca - Marta Gili

Originalmente en EL CULTURAL

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Recibo un e-mail de alguien que conozco. Me escribe: “Fotos para relajarte este fin de semana”. Abro el archivo adjunto e inmediatamente se suceden, una tras otra, imágenes de paisajes bucólicos: puestas de sol, montes nevados, horizontes marinos, bosques brumosos, praderas multicolores… Fotografías, en fin, que representan la apoteosis de lo pintoresco, un lugar común que convoca a la mirada, para acallar nuestras atávicas aspiraciones de trascendencia.

“Hay algo en la naturaleza que nos dice: ven y hazme una foto”, afirmaba el fotógrafo americano Minor White (Minneapolis, 1908- Arlington, 1976) en una entrevista realizada cuatro meses antes de morir. White argumentaba que su relación con la naturaleza era básicamente de sumisión ante su pureza y su irresistible llamada. A lo largo de la historia de la fotografía, tanto la canónica como la amateur, la convicción acerca de la inocencia del paisaje ha reducido la experiencia de lo natural a un común denominador.

Aunque la fotografía nace en el primer tercio del siglo XIX, en plena era positivista y de exultante fe en la industria y la tecnología como garantes del progreso humano, la mirada extasiada hacia la naturaleza seguía creando adeptos. Por ejemplo, la fotografía pictorialista, que se practicaba a finales del XIX y principios del XX –Steichen, Demachy, Käsebier, Ortiz-Echagüe, entre otros– se amparaba en la naturaleza como escenario metafórico frente al que evocar una vuelta nostálgica a los valores tradicionales, y en contra de la mecanización de la vida.

Asimismo, para una gran parte de la denominada fotografía moderna americana de la primera mitad del siglo XX –desde Stieglitz, Weston, Strand, Adams, al propio White, por citar a algunos de los más conocidos y publicados–, la naturaleza se manifestaba a sí misma a través de la fotografía. Stieglitz, por ejemplo, elaboró la conocida teoría de los “Equivalentes” que concebía la fotografía como registro transparente de la realidad, a la que posteriormente el fotógrafo impregnaba de su propio sentimiento. En esta misma línea, el propio Minor White radicalizaba las conjeturas de Stieglitz al considerar la fotografía como un instrumento casi místico, que propiciaba un acercamiento a la naturaleza y, por ende, a Dios.

Resulta pueril, si no pretencioso, defender hoy en día la inocencia de la representación del paisaje. Ya en la primera mitad del siglo XX, fotógrafos de la talla de Eugène Atget, Albert Renger Patszch o Walker Evans renovaron los planteamientos acerca de la relación entre imagen y sociedad. Este último, por ejemplo, era plenamente consciente de que la fotografía es una construcción que pone en tensión muchos elementos relacionados con el contexto social, político e ideológico en el que se mueve. Evitando cualquier sentimentalismo decadente, Evans fotografió el paisaje natural y urbano como un sistema de signos erigidos por la cultura. Esta actitud crítica y avanzada convierte a Evans en uno de los referentes indiscutibles de gran parte de la fotografía documental contemporánea. En este contexto se inscriben, por ejemplo, trabajos como los de Thomas Ruff, Axel Hutte, Thomas Struth, Jean-Marc Bustamante, Hiroshi Sugimoto, Jean-Luc Garnell, Iñaki Bonillas, Bleda y Rosa y muchos más, que, a pesar de la diversidad de sus prácticas y de sus discursos, coinciden en el decidido gesto de desarticular las representaciones míticas del paisaje.

Así por ejemplo, las famosas constelaciones de Thomas Ruff (Alemania, 1958) responden fielmente a la voluntad del artista de evitar la ordenación, clasificación o jerarquización del paisaje. Para este trabajo en concreto, Ruff adquiere una serie completa de negativos que corresponden a imágenes tomadas al cielo del hemisferio sur. Seleccionando determinados fragmentos de estos paisajes de estrellas y ampliando las imágenes a gran formato, Ruff construye versiones verosímiles de la realidad, pero fácilmente transformables en abstracción.

Con análogo formalismo aparente, los paisajes marinos de Hiroshi Sugimoto (Tokio, 1948) invitan al espectador a construir su propio lugar y su propio tiempo para la observación atenta y minuciosa de las imágenes. Sus horizontes, en los que solamente cabe el mar y el cielo, invitan, en la letanía de su repetición, a desgranar lo invisible de lo obvio, a trascender nuestras propias concepciones del mundo.

Al igual que Ruff, Iñaki Bonillas (Ciudad de México, 1981) acude a imágenes de archivo y, como Sugimoto, a la seriación. Su investigación, sin embargo, se centra en el modo en el que la gestión de las imágenes y su presentación configuran la identidad de su significado. En su trabajo Ciudad y Paisaje, por ejemplo, Bonillas, por medio de un dispositivo que combina copias fotográficas con proyección de diapositivas, evoca paralelismos críticos entre las preocupaciones por el territorio, el paisaje, o el propio medio fotográfico.

Allan Sekula, por su lado, examina la iconografía del paisaje, como espacio social. En su reconocido Fish Story, Sekula explora la geografía material e imaginaria del capitalismo avanzado. Las imágenes y textos, escritos por el propio Sekula, que componen este trabajo, son el resultado de seis años de viajes por ciudades portuarias, cuyo intenso tráfico de mercancías (Los Ángeles, Rotterdam, Varsovia, San Diego, Seúl, Vigo, Hong Kong) las convierte en escenarios ideales para analizar la transacción entre mercado y naturaleza. Barcos, muelles, marineros, grúas, pescado, comerciantes, el mar, los horizontes, el sol, son los protagonistas de esta magna investigación acerca de la economía del mar.

Evidentemente, son innumerables las aproximaciones contemporáneas al paisaje de las cuales es imposible hacer aquí referencia. Es obvio, sin embargo, que vivimos momentos de extrema tensión entre lo natural y lo artificial, propiciada por prácticas biopolíticas y económicas aberrantes. No es de extrañar pues, que una parte de la fotografía contemporánea ya no conciba la naturaleza como algo sobrenatural y trascendente, sino más bien todo lo contrario, como más humana que nunca. Para bien y para mal.

Enviado el 03 de Junio. << Volver a la página principal <<

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