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Julio 09, 2006

¡Anímate un poco! - Anna María Guasch

Originalmente en abc.es

Kentridge1
Ya en la última Bienal de Venecia, en la muestra La experiencia del arte comisariada por María de Corral, una de las piezas que gozó de unánime aceptación por parte del público fue la vídeo-proyección un tanto inclasificable del artista sudafricano William Kentridge Journey to the Moon, la misma pieza que ahora abre la exposición Historias animadas, y que hasta cierto modo sirve para «bautizar» esta nueva modalidad de cine a caballo entre el arte, la cultura popular y el documento: la del cine animado incluyendo las más recientes tecnologías digitales, desde la imagen de síntesis en 3-D, a las técnicas híbridas que incluyen el compositing o el dibujo animado digital. Y si bien Kentridge puede considerarse un pionero -con una obra que es además todo un homenaje al creador de este género, el cineasta Georges Méliès, que en 1902, en El viaje a la Luna, usó por primera vez trucos para hacer aparecer y desaparecer objetos-, la muestra presenta otros muchos y bien seleccionados ejemplos de este intento de incorporar ilusionismo, fantasía y escenografía teatral a las estrategias documentales: Benoit Broisat, Kota Ezawa, Ruth Gómez, Sheila M. Sofian, Lev Yilmaz y, en especial, Carlos Amorales (con su obra Espejo oscuro, una vídeo-proyección de dos canales, claro homenaje a la primera época del cine de animación que -recordémoslo- fue anterior a la primera película de cine de los Lumière) son algunos de los artistas escogidos por los comisarios para explorar la cualidad narrativa del cine que no retrata la realidad, sino que más bien la recrea y la inventa.

Nada es lo que parece.
En esta particular batalla contra las formas de representación unidas al parecido, la «analogía» y las estrategias documentales basadas en la idea de transparencia, credibilidad y certeza sobresalen, por ejemplo, obras como las de Benoit Broisat (Plaza Franz Listz, París, 2006) o Shelley Eshkar y Paul Kaiser (Pedestrian, 2002), en las que la cotidianeidad de espacios públicos recorridos por transeúntes aparece constantemente transgredida por elementos de una inquietante extrañeza que rayan lo irreal y, más directamente, lo uncanny.

La exposición quiere también subrayar cómo el «universo de animación» y el recurso de factores como la ilusión y la magia pueden paradójicamente fomentar actitudes críticas ante el mundo que nos rodea y, en ocasiones, nos amenaza. La violencia doméstica es recogida en una vídeo-instalación hecha a base de dibujos animados por Cecilia Lundqvist en la obra Haciendo pasteles (2005). La instalación de Feng Mengbo (Cuentos de fantasmas, 2001) camufla bajo pinturas animadas una acerada crítica a la Revolución Cultural china. La aproximación obsoleta al mundo de las tecnologías le sirve a Chung-Li Kao para, en Anti.mei.ology 002, cuestionar el uso que los medios de comunicación hacen de las imágenes que componen la memoria colectiva. La instalación interactiva aparentemente neutra, monótona y abstracta de Sven Palsson (Juegos de pelota, 2006) invita a una reflexión de carácter metafórico de cómo «sobrevivir» en un mundo dominado por sofisticados mecanismos competitivos.

Pura parodia.
Las «fantasías animadas» seleccionadas insisten en tácticas propias del medio como la anecdóta, el chiste, la sátira, pero sobre todo, la parodia, es decir, esta voluntad de apropiarse del estilo de otras obras incorporando desde elementos irrespetuosos hasta componentes humorísticos. Y siempre en la búsqueda de aquello no aparentemente visible, de los residuos imperceptibles o las informaciones ocultas que viven soterradas tras las estructuras visibles. Llama la atención la que parece ser una corriente de pensamiento cada día más presente en los contextos artísticos: la necesidad de reivindicar una cierta imaginación (nada que ver con el concepto tradicional de imaginación) que superaría el registro documental, más cacofónico, más servil a la realidad, que, más allá de toda referencia de corte romántico, proyectaría a los diversos componentes de la vida social contemporánea en una línea paralela a la desarrollada por teóricos como Arjun Appadurai y Giorgio Agamben.

Ello lo podemos ver en nuevas obras de Lars Arrhenius (la vídeo-instalación El hombre sin cualidades, de 2003 -biografía de un individuo anónimo a la cual accedemos gracias a una banda sonora plagada de onomatopeyas)-, Zilla Leutenegger (Oh mi padre, 2001), y, sobre todo, de Sheila M. Sofian (Conversando con Haris, 2001), en clara alusión a los «daños colaterales» derivados de las guerras, en este caso, la de Bosnia, obras que abren nuevas pistas del especial uso de este renovado concepto de imaginación como recurso del creador contemporáneo cuando persigue -tal y como afirma Juan Antonio Álvarez Reyes al explicar la obra de Kentridge- lo «inimaginable», aunque sin renunciar a unos ciertos conflictos personales o sociales.

Enviado el 09 de Julio. << Volver a la página principal <<

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