« Gómez-Baeza dirigirá el Centro de Arte Contemporáneo de Gijón - JAVIER CUARTAS | >> Portada << | Matta-clark, retrato del artista demoledor - Fernando castro Flórez »

Julio 09, 2006

Cabello y Carceller, cuestión de jerarquía - Mariano NAVARRO

Originalmente en EL CULTURAL

18363 1
En la última edición de ARCO la galería Elba Benítez presentó dos de las imágenes de un nuevo proyecto de Helena Cabello y Ana Carceller. Dos imágenes que, si en un primer momento impactaban por el empleo de un blanco y negro cinematográfico y por lo, a primera vista, desacostumbrado en las artistas de la temática que abordaban, sólo alcanzaban su verdadera medida cuando eran contempladas detalladamente y en el acto de la observación afloraban las contradicciones y el trasfondo que albergan.

Un sujeto –luego descubríamos que era una chica vestida de ejecutivo– golpeaba un cigarrillo contra una cajetilla de Camel, a la vez que estudiaba ensimismado los papeles amontonadamente ordenados en su mesa de trabajo. Al lado izquierdo, una antigua máquina de escribir y a su espalda y costados, ¡sorpresa!, las bambalinas de un decorado y unas largas tiras de cinta con apariencia de cortinillas. En otra, de espaldas al visitante, empujaba con energía los batientes de plástico entre dos naves industriales despojadas de cualquier huella visible de actividad o trabajo, en la que reparábamos, eso sí, que debía ser una fábrica del País Vasco. En una tercera y cuarta –aviso al lector de que reúno en una sola frase las dos fotografías que vi entonces y dos más expuestas ahora– mostraba su extrema soledad, bien desde lo alto de una ancha escalera y del seco rebote agigantado de su sombra sobre la pared, bien paseando cabizbajo, las manos unidas y secretas sobre su vientre invisible, ante los altísimos ventanales mugrientos de la fábrica abandonada.

Ademanes y gestos que simulaban la escenografía de los gestos laborales con que se representan a sí mismos los hombres y, más concretamente, los altos ejecutivos. Todo con un aire antiguo, de pasada pujanza y decadencia inevitable. Algo había incluso de ridículo en la inevitable ambigüedad que deparaba la revelación de que el directivo era una actriz y de qué grotescos, por innecesarios e inútiles, resultaban esos inmóviles aspavientos en una mujer. Los títulos de las piezas eran, finalmente, expresivos de lo que se trataba ahí: Ejercicios de poder.

Una interesante deriva en la trayectoria de la pareja de artistas, que abordan en esta ocasión las cuestiones de género desde la óptica del mundo del trabajo y de las relaciones de clase internas a esa esfera particular de vínculos económicos y sociales. Prueba, sin embargo, de que no siempre la claridad de los objetivos coincide con su adecuado desarrollo, es la inclusión en la muestra del vídeo que las había generado, cuyo destino era un proyecto específico para su exhibición en la antigua fábrica de Tabacalera en San Sebastián, destinada a un futuro centro cultural.

Saber que sus escenas proceden de otras de La Lista de Schindler y de El apartamento –que de los discursos elegidos cabe deducir que se equipara la disponibilidad de Schindler sobre las vidas de sus operarios o su ignorancia sobre sus hábitos o posibles disfrutes con la voluntaria explotación a la que se somete Jack Lemmon o a su posterior defensa de la dignidad herida–, no sólo no acentúa ninguno de sus rasgos positivos, sino que, a mi modo de ver, los reduce a cierta banalidad prejuiciosa. No alcanza cinematográficamente a ninguno de ellos y, además, y lo que es más dañino, los argumentos esgrimidos por una y otra, especialmente por El apartamento, frente a la denuncia que efectúan es mucho más potente en estos filmes que en su réplica. Una cuestión de jerarquía.

Enviado el 09 de Julio. << Volver a la página principal <<

Comentarios

Publicar un comentario

Gracias por registrarse, . Ahora puede comentar. (salir)

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).


¿Recordarme?