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Julio 01, 2006

Los tiempos muertos de Alicia Framis - David BARRO

Originalmente en EL CULTURAL

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Seguramente, ante tanta agitación contemporánea, es preciso estar quieto para ver cómo se mueven las cosas. Algo así debe de pensar John Berger cuando señala cómo el primer acontecimiento nos lleva a observar otros que pueden ser una consecuencia de aquél o pueden ser enteramente independientes, salvo que ocurren en el mismo lugar. Así, a partir de mínimas variaciones, nos construimos ya que, como señaló Pasolini, el giro de un milímetro del ángulo desde el que se mira basta para que nuestra visión del mundo sea completamente distinta. El desajuste propuesto por Alicia Framis es más temporal que espacial, tratando de exprimir el momento en una estrategia de intensificación de lo real desde la ficción teatralizada que, bajo el título Secret Strike. Archivo de momentos, viene ensayando en una serie de vídeos en los últimos dos años. En el fondo, lo propuesto por Framis obedece a una paradoja procesual sin acontecimiento producto de “detener” un lugar o, más concretamente, el tiempo de sus protagonistas, que permanecen parados en sus acciones mientras una serie de planos-secuencia recogen el no acontecimiento. Podríamos entonces teorizar con Deleuze, pero mucho más sencillo y productivo es ir a la esencia estática del cine y a autores como el ruso Kuleshov y su experimentación Mozhukin, donde probó cómo a partir de un plano individual neutro las sensaciones son diferentes al repetirlo, según las imágenes que le preceden y suceden.

En los momentos de Framis el montaje no guarda esa importancia y aunque los protagonistas neutralizados fingen estar congelados en el tiempo, éste transcurre a partir de un movimiento ambivalente. Al fin y al cabo, la búsqueda que emprende no anda muy lejos de Jeff Wall cuando escenifica la realidad, cuando la detiene, o mejor, suspende su movimiento. En estos vídeos, como en las fotografías de Wall, todo es producto de una trabajada ilusión, como la del movimiento en el cine, un arte, como decíamos, en esencia, estático, en tanto que movimiento enmarcado. El cine siempre ha tratado de congelar lo fugaz, de capturar lo inaprensible. Por eso nos seduce, porque cualquier imagen suscita un movimiento invisible, como en esos paisajes tan cálidamente descritos por Berger.

En los trabajos de Framis palpita un movimiento sincopado que semeja ser parte de un tiempo no completo, de un espacio abierto. Esa vida en pause bien podría ser El Grito de Munch o El Guernica de Picasso ya que la emoción en éstos no parece ser contenida y, sin embargo, sentimos un acercamiento en el sentido de que estas creaciones semejan expandirse fuera de los contextos meramente visuales. Como en éstos, los equilibrios por los límites de la imagen en movimiento de Framis ofrecen una rica narración antropológica de apariencia real, aunque de marcado carácter teatral.

Otro equivalente serían las películas de Pawel Althamer que toma la calle como decorado y busca actores para papeles sencillos como sentarse o besarse, actores que no distinguimos de las otras personas que hacen su vida en esa calle. Así, algunos momentos de la obra de Alicia Framis 5 minutos pensando en ella resultan especialmente significativos de su trabajo, mostrando una frescura que se pierde en escenificaciones más concretas como las grabadas en la Tate o Inditex, que no dejan de ser excelentes trabajos que permiten, además, esa necesidad de cotilleo inherente a nuestra sociedad contemporánea.

Ahí radica el secreto de estas huelgas de movimientos. Porque como señaló la artista “el arte es un modo de mantener secretos y al mismo tiempo decírselos a otra gente”. Supongo que algo así como el secreto esencial abrahámico que tan bien describió Derrida cuando afirmó que un secreto semejante no tiene el sentido de algo que hay que ocultar, sino la singularidad de una relación absoluta. Y ese secreto, resulta obvio en obras anteriores como I Love you, door, donde diseñó un sistema de compartimentos para mostrar las obras de un coleccionista privado; Wish Wall, donde los visitantes podían escribir notas personales; o Dreamkeeper, donde se ofrecía a cuidar el sueño de personas solas. Pero también en estos encuentros tras bastidores donde Alicia permite que atravesemos el espejo reflectante de incógnitas como pueden ser las oficinas de la Tate, el desarrollo interno de Inditex o el inexpugnable espacio de restauración del Museo Van Gogh.

Es, por tanto, una performance íntima (aunque colectiva), intrometida y de vacilación temporal. De ahí la acertada paradoja de su huelga secreta, porque cada trabajador interpreta su actividad diaria, precisamente, dejando de hacerla.

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Rodando en Zara

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El último de los escenarios de Alicia Framis es Inditex (empresa propietaria de Zara), que nos revela su invisibilidad, su cualidad secreta, su cotidianeidad pervertida en una sociedad cada vez más carente de transparencia. En los museos topamos con un espacio de silencio, detenido, pero congelar la producción de una empresa como ésta resulta mucho más cercano del interés por lo emocional que siempre ha mostrado Framis en sus trabajos, ese anhelo por lo próximo y secreto, por la realidad construida por otros y por cierta hibridación vital capaz de unir el sushi y la donación de sangre. Así es como Framis apela a la fantasía y a lo aliciante de atravesar ciertos umbrales, a la contradicción intersticial que (re)construye nuestra visión del mundo, más cinematográfica que nunca.

Enviado el 01 de Julio. << Volver a la página principal <<

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