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Julio 16, 2006

Origen - José Luis Brea

Banyoles
Más y mejor que ninguna otra, la serie “origen” de Bleda y Rosa realiza en todo su alcance el programa que subyace a su proyecto artístico: uno que lejos de cualquier pretensión paisajística u ornamental, está caracterizado por un impulso de indagación historiográfica que podríamos considerar cercano al espíritu de “materialismo absoluto” de Benjamin. Como para su angelus novus, la aproximación al objeto histórico viene marcada por la voluntad principal de rescatar en él una historia perdida, extraviada. Digamos que el “acto de conocimiento” que es propio del trabajo histórico tiene a la vez para él un cierto carácter “emancipatorio”, liberando en el ahora rastreado aquello que en el “origen” tenía tanta ansia de plenitud que su acontecimiento habría resultado entonces incumplido, acaso por utópico, quizás por intempestivo. Y que entonces se proyectaba hacia el futuro –para venir hasta nuestro ahora-, como anhelo, como fuerza de exigencia –y en ella origen.

Lo importante al respecto es que es en la obra de arte donde resplandece la capacidad de efectuar ese rescate, de lo que no puede verse en lo que se vé: de la presencia del pasado en la captura de un ahora para el que el acontecimiento pretérito es origen –porque su ahora es al cabo, de él despliegue, expresión. Así por ejemplo, la serie de los “Campos de Batalla” muestra localizaciones en las que tuvieron lugar algunos de esos característicos episodios épicos –las grandes batallas del pasado- en cuyo fragor se ha ido trazando la historia de los pueblos, dejando en la imagen que muestra el ahora un rastro imperceptible, que sólo por la fuerza rememoradora de la obra puede rescatarse.

En esta nueva y magnífica serie, la operación de rescate de una presencia del origen en esas localizaciones en que ella es, desde lo imperceptible, rastreada, apuntan nada menos que al que nos es más propio de todos esos orígenes: el nuestro como especie. Así en efecto lo que las imágenes muestran son, en su estado actual, algunos de los emplazamientos y excavaciones en los que, a partir del hallazgo de restos fósiles, han ido fijándose los rastros y las memorias del proceso de aparición del homo sapiens en la tierra, desde los tiempos de Darwin hasta nuestros días.

Sin duda algunas polémicas recientes podrán darle a esta indagación un relativo brillo de actualidad, pero es un brillo que palidece trivial cuando se pone al lado de la enorme belleza con la que la serie hace subir a evidencia –y es posible que ello sea el saber de emancipación que allí se rescata: que la naturaleza es mesiánica en su carácter efímero- lo nimio del advenir del hombre a la historia del mundo, enfrentado a la profunda solemnidad con que en la serie hace presencia la propia fuerza histórica de la naturaleza, de lo mineral. Acaso toda la grandeza sublime de estas fotos se percibe cuando uno las imagina el puro testimonio de esas fuerzas –y no tanto de la pasión de rastreo del propio ser cuyos titubeantes primeros pasos por la tierra certifican.

¿Qué vinieron estos hombres –los mismos que ahora escribimos o que leen este texto en este momento en esta revista- a hacer aquí, a estos lugares así fotografiados? ¿Acaso otra cosa que estas mismas fotos que, a la postre, solo de esa pregunta –sin respuesta posible alguna- y la imperecedera e inexorable vocación de hacerla logran dar testimonio?

Enviado el 16 de Julio. << Volver a la página principal <<

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