« Extrañas parejas - JUAN BUFILL | >> Portada << | Entrevista a Okwui Enwezor - Paula ACHIAGA »
Octubre 25, 2006
Crisis de la lectura, crisis de las elites - NORA CATELLI
Originalmente en CULTURA | S de La Vanguardia
Todos los afirman: la lectura es importante. Lo dicen ministerios, locutores, animadores de programas de televisión. Todos desean que sea así: los gabinetes que hacen las campañas, los secretarios generales, los editores e incluso los escritores; críticos, novelistas, ensayistas, poetas y hasta artistas plásticos.
Muchas son las causas de la creciente tendencia a la afirmación entusiasta y huera de esta aparente obviedad. Todas indican el sentimiento de una crisis. La primera de las causas tiene que ver con la progresiva unificación de los gustos estéticos, que nuestras elites actuales comparten con las masas. Eso hace que todos hablen de la lectura como si esta actividad fuese sólo una. Como si no hubiese distintos circuitos y tiempos, como si no existiesen inabordables dificultades en algunos textos o en algunos periodos. Como si el aburrimiento no acompañase el primer acceso del Quijote,de Proust o de Musil.
Digan lo que digan eruditos y profesores, El Quijote es divertido sólo a ráfagas; Proust es un pantano venenoso y fascinante en el que sobreviven pocas especies de lectores; Musil es como un muro liso en el que de repente aparece una grieta en la que meter los dedos. ¿Y qué? Tratar de borrar o disminuir estas dificultades - todos lo hacen- tiene que ver con la ausencia de discursos que puedan incorporar lo minoritario; nadie practica ya el elogio de lo áspero que tanto gustaba a José Lezama Lima ( "Sólo lo difícil es estimulante").
Tras la progresiva unificación de los gustos estéticos, la segunda causa del entusiasmo publicitario por la lectura tiene que ver con la universidad, que debería ser, pero ya no es, el espacio natural de estos circuitos diferenciados y, por ello, el lugar de reflexión de las elites. De hecho, gran parte de esas afirmaciones son síntoma de la innegable ansiedad, paralela a su creciente influencia, de la casta pedagógica - transversal a cualquier afiliación política- que se ha hecho con el poder educativo.
Es lógico: primero, la casta ha vaciado de contenidos el ideal de transmisión de la cultura. Pero, por eso mismo, ahora no se siente segura de controlar, en el futuro, el sujeto al cual se dirige. Ese que fue un educando y hoy es únicamente un consumidor, ¿tenderá a constituirse, como proclama la gestión tecno-pedagógica, en ese haz de competencias,antes objetivo propio de los pre-púberes pero ahora extendido hasta los treinta años? ¿Ose transformará en agente de una violencia anómica ajena al discurso articulado? La violencia anómica se caracteriza precisamente por la imposibilidad de acceder a la palabra, que siempre supone mediación y argumentación, que no pueden desvincularse del estudio e incluso de la retención de contenidos abstrusos, mucho más fácil a los dieciocho que a los cuarenta años. Pero este peligro no impide que la casta pedagógica, que desconfía de la cultura elitista, esgrima como objetivo para sus sujetos esa serie de habilidades cuya máxima expresión es el punto del poder (en la jerga: power point).Y en el punto del poder no se lee, sino que se mira.
Hay que reflexionar sobre esto sin predicar el apocalipsis. La crisis de la lectura no es la del número de lectores ni la de la escuela; ni siquiera la de la autoridad en la escuela, sino la crisis de las elites de la cultura. Se hace patente en la huida hacia adelante; en el proyecto de convertir la transmisión en gesto más que en sedimento. Pero, a la vez, los mismos gestores del proyecto captan oscuramente el peligro que supone ese despojamiento: el de la ruptura de los lazos sociales. Puede aducirse que la crisis es occidental y arraiga en los cambios en la sociedad de la información y en la globalización. Pero dejando de lado estas razones casi planetarias, las diversas realidades nacionales viven de modo muy diverso estas condiciones. La flexión histórica y social española obliga a no practicar irresponsables nostalgias. En la imposibilidad de idealizar el pasado, los españoles son como las mujeres. No pueden mirar la historia - salvo los pocos años de la Segunda República; salvo algunas instituciones educativas catalanas incluso durante el franquismo- más que con horror.
Razonemos esta afirmación. La educación pública obligatoria gratuita y universal se implantó en España a finales del franquismo. Tarde, demasiado tarde para que en esta sociedad arraigase el imaginario moderno del ascenso social ligado al estudio, como había sucedido en los procesos de modernización y cohesión en otros países europeos y americanos, cuyas capas populares pudieron vincular - desde finales del siglo XIX- la movilidad social con la educación. En suma, con lo que garantiza la composición plural, de clases y orígenes, de las elites. Al revés, el ascenso español se efectuó - a partir de los años ochenta del siglo XX meteóricamente- como acceso directo al bienestar económico, mientras su sistema educativo tenía que hacerse cargo, con enorme retraso y en muy poco tiempo, de algo para lo que no estaba preparado: la universalización de la escuela primaria y secundaria y la masificación de la universidad.
Nuevo contingente
En diez años llegaron a las aulas superiores chicos y chicas provenientes de los extrarradios de las ciudades, que habían crecido sin libros en sus casas, con padres y madres sin educación secundaria, con bibliotecas inexistentes o pobres. Cuando accedió a la universidad este contingente encontró resignación ante su presencia y, a un tiempo, rechazo. Una mezcla letal premoderna y posmoderna a la vez, pero no moderna. Una combinación rara de despotismo premoderno y laissez faire posmoderno. Por un lado, la idealización de cierta sociabilidad estamental, frente a esos que no se quedan en el lugar que por nacimiento les corresponde. Por otro, el facilismo o democratismo - impulsado sobre todo por el creciente poder autónomo de los pedagogos- que transmite el mensaje de que a ese nuevo contingente hay que aceptarlo. Se le ofrecerán competencias más que contenidos; le será inaccesible la (alta) cultura. Y siempre acompañado por una gélida apostilla tácita: "Estás aquí pero en realidad deberías estar en un taller, en una peluquería, en una tienda. En suma, en el tajo. Te has convertido en ciudadano, pero en realidad sólo te corresponde ser súbdito".
No hay ninguna lectura que no sea un cruce complejo y particular entre experiencia histórica y expectativa social; no hay ninguna capaz de sobrevivir a la desaparición de lo difícil, de lo minoritario, de lo que se hurta a las seducciones de lo masivo. Al mismo tiempo, contradictoriamente, no hay ninguna que no aspire a algún tipo de intervención en lo masivo. Para eliminar esta tensión, de la que ya no pueden hacerse cargo, las elites exaltan la práctica de la lectura a la vez que desechan la discriminación de sus contenidos. El problema es el resultado: ¿cómo será ese sujeto anómico incapaz de convertirse en ciudadano pero que ya no volverá a ser súbdito? ¿Cuál será su estatuto? No lo sabemos. Sólo sabemos lo que augura su existencia: breves y episódicos estallidos preverbales contra las vallas mudas de las proclamas gubernamentales.
Nora Catelli es profesora de Teoría Literaria y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona
Enviado el 25 de Octubre. << Volver a la página principal << |
