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Noviembre 19, 2006

El final de la ciudadanía - José María Lassalle

Originalmente en abc.es

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Explica Zygmunt Bauman en "Confianza y temor en la ciudad" que «ha sido sobre todo en Europa, y en sus epígonos, ramificaciones y sedimentos, donde en los últimos años la propensión al miedo y la obsesión por la seguridad ha ido ganando terreno a pasos agigantados». El viejo continente se ha calzado las botas de siete leguas del pasado y reedita inquietantes obsesiones que muchos creían desterradas del inconsciente colectivo.

Tierra de encrucijadas y fronteras reverdecidas por una historia que se ha hecho cíclica y transversal, Europa soporta un cambio de milenio en el que se produce una aceleración mestiza y compleja de acontecimientos que avala la tesis de Leo Strauss contenida en La ciudad y el hombre. De hecho, la «incertidumbre acerca del proyecto moderno es más que una mera sensación fuerte pero imprecisa. Ha adquirido el estatus de exactitud científica». El ángel de la historia que estudiara Walter Benjamin vuelve a desplegar sus alas y su repentina visión genera en el corazón de los ciudadanos un cuello de botella emocional que pinza a las sociedades europeas entre el Escila del miedo y el Caribdis de la inseguridad.

Un relieve accidentado.
El siglo XXI va perfilando delante de nuestros ojos una cortina gris y tempestuosa en la línea del horizonte. Por delante, el tiempo dibuja escenarios planetarios de tensión, riesgo y confrontación a través de un relieve accidentado repleto de incertidumbres de muy diversa índole que presionan sobre sedimentos de opulencia y pasividad detrás de los que se parapeta la civilización europea.

A pesar de que conceptualmente pierden sentido bajo el fenómeno de la globalización, sin embargo, como señala Will Kymlicka en Fronteras territoriales. Una perspectiva liberal igualitarista, las fronteras propenden a generar cápsulas defensivas de identidad colectiva que erosionan gravemente la vocación cosmopolita y abierta de un liberalismo en retroceso. Ensalzar el valor per se y universal de la persona al fundarlo en rasgos abstractos y racionales, comunes y homogéneos a todos los seres humanos, tiene costes que empiezan a ser para algunos inasumibles. Esto es especialmente grave en Europa, que sufre un doble proceso de generalización fronteriza, intramuros y extramuros; quizá porque fuera hace mucho frío, pero dentro el ambiente sube de temperatura y se hace desa-pacible ya que las viejas paredes del solar europeo rezuman humedades por culpa de los nacionalismos y el multiculturalismo.

Centros de poder y decisión.
Acostumbrados durante siglos al orden, la jerarquía, la memoria y los límites, los europeos descubren sorprendidos que la realidad que emite nuestro tiempo tiende al vacío y sólo puede ser captada en -y por- el movimiento. Los centros de poder y decisión se desplazan rápidamente, funcionan en red y, como señala Georges Balandier en El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales, la modernidad líquida en la que vivimos «mezcla las cartas» y prima el azar espontáneo de lo posible. Así, la incertidumbre económica hacia el futuro, la fragilidad en el estatus social y la inseguridad existencial se convierten en monedas de cambio que circulan cotidianamente por las manos de millones de ciudadanos europeos que viven atrapados por un sinfín de obsesiones: evitar el lenguaje políticamente incorrecto, el desempleo, el humo, la vecindad del inmigrante, el dolor, la enfermedad, el sobrepeso, los alimentos basura, el sol, el silencio, la vejez, las relaciones sexuales sin preservativo o la soledad, entre otras muchas.

Lejos de estimular estos hechos la responsabilidad de la ciudadanía y la confianza en nuestro modelo de sociedad abierta, un segmento cada vez mayor de la población se entrega a eso que Habermas ha denominado el «chovinismo del bienestar». Devoradores cotidianos de derechos y consumidores industriales de felicidad, millones de europeos desconocen lo que significa la excelencia de una ciudadanía que reconoce el deber individual, la tolerancia y el respeto hacia los otros como fundamentos de una convivencia civilizada.

La «mixofobia».
Así, la ciudadanía se disuelve y la vida social se cuartea, surgiendo eso que Steven Flusty denomina la «mixofobia» y que no es otra cosa que la búsqueda compulsiva de islas de semejanza e igualdad en medio de las tempestuosas aguas del océano de la diversidad y la diferencia en el que se deshacen los fundamentos operativos de la modernidad clásica.

Pero la inseguridad y el miedo pueden dar y producir también, como señala Bauman, buenos dividendos, algunos de ellos políticos. De hecho, se pensaba que los «imaginarios sociales» -por utilizar la expresión de Charles Taylor- del periodo de entreguerras ya no tendrían gancho en el siglo XXI y, de pronto, vuelven a estar de moda en buena parte de Europa las narraciones políticas basadas en el historicismo culpable, la violencia partidista, la tensión conspirativa y el conflicto social y religioso. Es más, sin saber cómo, asistimos incluso a una especie de remake político de La parada de los monstruos de Tod Browning. Y así, emerge a nuestro alrededor una colección inimaginable de freaks comunitaristas disfrazados con el lenguaje del histerismo nacionalista, la testosterona patriotera, el ecojacobinismo, el obrerismo tecnocrático o la prédica del Apocalipsis.

Es más, debajo del discurso del progre cabreado y antisistema que algunos empiezan a practicar, una ola de neopopulismo comienza a incubarse a partir de aflujos muy diversos. Pretende aglutinar a los descontentos que generan las encrucijadas que crecen a lo largo y ancho de la faz de una Europa convertida en una olla a presión. Se trataría de canalizar su malestar bajo la forma de un rayo tronante que se dirigiera contra «algo» o contra «alguien». Hay que encontrar un «chivo expiatorio» -que diría Rene Girard- que pague por la sensación de vivir dentro de una historia que se percibe desesperanzadamente como un callejón sin salida.
Tonada del leviatán. El objetivo táctico no es otro que provocar el caos institucional y colapsar el concepto cívico de la modernidad ilustrada para liberar catárticamente la adrenalina que provoca el miedo y la inseguridad, quizá porque los europeos, «criados -como apunta Bauman- entre mimos y algodones», se sienten «los más amenazados, inseguros y asustados», mucho «más que los habitantes de la mayoría de las sociedades conocidas». ¿Con que fin estratégico se estaría gestando todo esto? Probablemente ninguno, aunque a lo mejor estamos asistiendo al espectáculo de ver en tiempo real cómo Hobbes se viste de new age y canta la centenaria tonada del Leviatán mientras éste, a lo lejos, resopla un poco más cerca de nuestro presente.

Enviado el 19 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

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