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Diciembre 15, 2006

Los recuerdos esenciales - Fernando Castro Flórez

Originalmente en abc.es

Img Exposicion 18

Img Biografia 151

Conocí a Nacho Criado en una inauguración del Círculo, gracias a Mitsuo Miura, a principios de los noventa. Recuerdo aquella noche porque aquel artista al que admiraba desde hacía años empezó a hablar sin pausa. Quedé conmocionado: nombró a infinidad de autores y describió obras de toda clase sin que yo supiera nada de nada; todo sonaba al mismo tiempo fabuloso y desconocido. Fue en aquellas horas de escucha expectante cuanto tomé la decisión de seguirle hasta donde me dejara. Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado más de quince años y, aunque ahora estamos un tanto distanciados sin motivo, sigo considerándole como mi maestro en cuestiones de arte contemporáneo. Sus infinitos monólogos a los que apenas he puesto obstáculo han sido un mapa mágico de todo aquello que me ha atrapado. Lo que más me entusiasmó de su discurso fue la capacidad de entretejer toda esa intensa experiencia creativa con la vida, la mezcla de lo más sofisticado con lo cotidiano, el paso relajado de unas consideraciones sobre Cage a una valoración sobre una cazadora recién comprada. Es un antídoto para cualquier forma de pedantería, un ejemplo de elegancia extraordinaria y, sobre todo, un intempestivo en el mundo pantanoso del arte. Ajeno al glamour curatorial y a la transbanalidad hegemónica, no ha sido lo que suele llamarse artista «de galería». En realidad, sus herméticos procesos plásticos, su forma de poner en escena las ideas no podían encontrar fácil encaje en estas últimas décadas de arte español en las que ha primado el espectáculo o el descarado patetismo.

Obras por venir.
No mucho después de nuestro primer encuentro nos invitaron a impartir un taller en Cazorla, donde me dediqué a grabar nuestras conversaciones, las meditaciones intrincadas de Nacho Criado. Una mínima parte de ese material al que titulé Dilataciones en el tiempo y el espacio se publicó en la revista El urogallo. No necesito revisar esas cintas para saber que allí están sedimentadas infinidad de obras «no realizadas», proyectos custodiados por la memoria del artista. Porque Criado ha tenido que salvar el abismo de un contexto cultural desfavorable convirtiéndose en un narrador de todo aquello que no ha ejecutado, esto es, ha sabido sostener su imaginario nihilista sin asumir la pose del derrotado. Me decía en una ocasión que tenía presente todo lo que conformaba la instalación Pasaje en Piscis, nunca construida, y que era capaz de relatarla comenzando por las herramientas que se precisaban.

Un esfuerzo titánico.
Al recorrer la muestra Nacho Criado. [No existe] me vuelvo a encontrar con todo ese titánico esfuerzo por mantener las obras de la memoria disponibles, transformando la amargura del paso del tiempo en algo que acaso sea feliz. Ese suelo lleno de moquetas, incómodo y estratificado, remite a una sedimentación azarosa pero también a la actitud de autoironía. Ha convertido la sala de exposiciones en una apertura temporal de su mente febril en la que conviven obras como las sillas por las que se desplazaba procesualmente, el homenaje a Beckett (otro maestro del residuo) o los autorretratos con la melena agitada por el viento. No es, aunque pudiera parecerlo, una retrospectiva; al contrario, se trata de una mínima aproximación a todo aquello que está por hacer. Nacho Criado aprovecha la ocasión para volver a contar todo aquello que le obsesiona y, especialmente, a confesar que ser artista es mantenerse fiel a eso.

Sin duda, la gran novedad de esta muestra es la presentación de una serie de vídeos que revelan que Nacho Criado está en un periodo de enorme intensidad creativa. Si retoma proyectos que datan de los años setenta, también «anima» elementos de obras anteriores como Lo que no se escucha se oye, o utiliza un espacio ruinoso para desarrollar una poética de la post-performance. Subiendo o bajando una escalera, en explícito guiño duchampiano, desnudo, sometido a una lluvia de residuos (polvo o ceniza), el cuerpo del artista protagoniza todo este despliegue videográfico. En realidad, esta forma del no existir es, más que la del reflejo o el retrato, la del azogue, aquello que permite la reduplicación del sujeto. Copón advierte que el arte se ilocaliza al igual que la figura del espejo, y cita a Beckett como si necesitara más pruebas o, mejor, otras voces. «El intento de comunicar donde toda comunicación es imposible es una mera vulgaridad de simios, o algo terriblemente cómico, como la locura del que mantiene una conversación con los muebles». Precisamente, unos «monosabios» pululaban entre el público en la inauguración olisqueando a los presentes, acaso para comprobar si alguien estaba en celo. Más que incomodidad o sorpresa, me dio la sensación de que transmitían distancia, como si todo ocurriera en una suerte de tiempo suspendido.

Cazadores furtivos.
En una sala, una mesa con un ventilador había arrojado al suelo algunos folios que antes debieron estar perfectamente apilados. Nada estaba escrito en aquellas páginas, y no creo que nadie pensara que algo debería sedimentarse allí. Recuerdo el hombro rozando contra la lija en la pared de la prisión y la frase lapidaria: «Ya no existen presas, sólo cazadores furtivos». Aunque he escrito en numerosas ocasiones sobre este artista, tengo la sensación de que nunca podré hablar de todo lo que su obra me ha supuesto. Tal vez lo que anote sea tan sólo otra forma del «no existe». La memoria no es sólo una estrategia del tiempo. Espero que sea una forma de convocar lo esencial, de rescatar lo amado, esto es, el modo precario de dar cuenta de los encuentros decisivos. Nacho Criado, lo tengo claro, es para mí uno de esos recuerdos a los que nunca renunciaré, especialmente cuando compruebo que mantienen, en el presente glacial, una potencia indescriptible.

Enviado el 15 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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