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Diciembre 15, 2006

Muestras «monstruo» - Javier Montes

Originalmente en abc.es

«A muchos kilómetros por encima de nosotros, los aviones vuelan cargados de tizianos, poussins, van dycks y goyas...». Lo recordaba ominoso en su último libro, El museo efímero, Francis Haskell, eximio oxoniense y último representante de la vieja guardia de la Historia del Arte anglosajona hasta su muerte en 2000. Y aunque no lo escribía, casi se le podía oír mascullar como remate «y alguno se va a estrellar el día menos pensado». Haskell se revestía de una túnica de Casandra pespunteada de flema inglesa para desmenuzar en su libro la historia de las expos block-buster: muestras-monstruo a base de grandes nombres diseñadas para atraer multitudes y alentadas por agendas ocultas, mercadotécnicas o políticas.

Haskell argumentaba su desconfianza recordando que entre sus primeros ejemplos estuvieron la antológica consagrada a Holbein en Dresde en 1871 (justo el año inaugural de la Gran Alemania) o la de grandes maestros del Renacimiento italiano en Londres en 1930 (alentada por un Mussolini en su apogeo). Los tiempos han cambiado, desde luego. La propaganda heroica nacional ha dado paso a intenciones menos épicas: la promoción turística, la sed de inversores extranjeros, la necesidad burocrática de justificar presupuestos y políticas culturales sin hacer demasiados esfuerzos ni emplearse a fondo en líneas de actuación que nunca ofrecerán resultados tan espectaculares a corto plazo.

Dos en uno.
Hoy en día una blockbuster que se precie debe dar tanta importancia al encargado de Prensa y al relaciones públicas con una agenda llena de «contactos» como a su comisario (o, miel sobre hojuelas, fundir ambas figuras en un ente ideal). Debe ultimar una presentación colorida y lucir olfato a la hora de adivinar los gustos del gran público. Si todo va bien, la inversión se verá compensada con millones en publicidad mediática gratuita, ingresos millonarios en las tiendas de recuerdos incluidas en el itinerario y renovado interés por parte de los patrocinadores privados.

Es difícil decir si Haskell era demasiado elitista ahora que el fenómeno, en plena sociedad del espectáculo, ha alcanzado cotas que ni él mismo podía anticipar. Sin ir más lejos, miren el calendario de varios museos que nos pillan cerca: parece el juego de las sillas. Está «todo Velázquez» en la National Gallery, «todo Tiziano» en el Luxemburgo, una selección del Metropolitan en el MNAC de Barcelona, otra de Capodimonte en el Palacio Real de Madrid y, desde luego, la selección de grandes éxitos de la pintura española en el Guggenheim de Nueva York.

Su corazón de erudito no se estremecía únicamente ante los peligros que corren las obras maestras con tanto trajín (y que no conviene tomar a la ligera: el robo y posterior hallazgo del goya sustraído con ocasión de su traslado a Nueva York es un buen ejemplo; desde luego, las compañías de seguros no bromean tras el 11-S).

De obligado cumplimiento.
Haskell recordaba que el fenómeno no sólo descascarilla cuadros: también craquela la seriedad de la historiografía académica y obstaculiza la publicación futura de verdaderos catálogos razonados de la obra completa del pintor «víctima» de la exposición de turno. No se oponía por principio a las grandes exposiciones: sólo cuestionaba su obligatoriedad periódica. Otro crítico inglés, Jonathan Jones, se negaba a confundir el populismo con una verdadera democratización del acceso a la cultura, y afirmaba que a veces sus organizadores «acaban por propiciar una actitud idiotizada frente al arte» al jurar que «la ocasión es irrepetible» pese a que, también invariablemente, basta un poco de paciencia para ver cómo se repite.

En el New York Times, y precisamente a propósito de la exposición patrocinada por SEACEX en el Guggenheim, el crítico Michael Kimmelman abundaba en la cuestión: «Con el Guggenheim siempre es un acertijo preguntarse si el agente tras estas extravaganzas es el impulso interesado de los patronatos de turismo [quizá con retranca, parece no haber entendido bien la función de nuestra SEACEX] o el deseo de satisfacer su propio narcisismo diplomático». Y recordaba que muchas de las obras expuestas en Nueva York serán contempladas por espectadores a los que no se les pasará por la cabeza pisar la Hispanic Society a unas manzanas, donde están expuestas permanentemente. Hace pensar en las colas kilométricas de aquella expo Velázquez en el Prado, de alguna manera, la inauguración del fenómeno en una España que se incorporaba con retraso al merchandising al servicio de la industria cultural. Desde entonces hemos avanzado mucho.

Enviado el 15 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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