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Junio 23, 2007

Con toda la intención - Juan Antonio Álvarez Reyes

Originalmente en abc.es

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Conviene decirlo desde el principio: aunque ésta no sea la Documenta necesaria aquí y ahora -y puede que tampoco otee el horizonte de los próximos cinco años-, sí es una gran exposición. «Gran exposición» en sus dos sentidos: por su tamaño y por su calidad. Así, sus responsables cortan con el bienalismo de las listas de nombres. Se olvidan de él, de su potencial indicador y de amplificación de estéticas, visualizaciones geopolíticas y medios dominantes para establecer un contundente discurso visual con el que se puede no estar de acuerdo, pero en el que se observa una clara intención y seriedad no muy frecuentes.

Aunque, claro está, no todo es perfecto. Hay errores generales, de disposición y de selección -incluida la operación mediática de Adrià-. Pero esos errores no invalidan un conjunto que podría ser definido como el de la migración de las formas. Unas formas que viajan, se aposentan, se adaptan y transforman, para volver a sus orígenes convertidas en algo distinto, y vuelta a reiniciar el proceso. Si bien esto no es nada nuevo, sí lo es la conjunción de los dispositivos discursivos y visuales que Roger Buergel y su mujer consiguen mediante un medio -la exposición- que muestra desde hace tiempo evidentes dosis de agotamiento. Migración de las formas y de su carga política implícita, pero también la forma -el formalismo- como modo de pensamiento político. Aquí están, pues, las palabras clave que deben ser encadenadas: formas, migración y política, que combinadas nos darían la citada «migración de las formas», el «formalismo político» y ciertas «políticas de la migración». Y esto, sin ser demasiado evidente. Si uno hace el vía crucis -también llamado el «Grand Tour»-, y tras Venecia llega a Documenta, observa que algo está cambiando, que el formalismo y la musealización triunfan frente al bienalismo (por ahora, encuentra su mejor acomodo en las ferias).

Limpieza verborreica.
También cierta simpleza conceptual parece querer llamar a las cosas por su nombre. El «al pan, pan y al vino, vino» quizás propicie una limpieza de la verborrea, pero se necesita de algo más si quiere ser propuesta de futuro. Un futuro que se adivina de retorno al orden y de cierto formalismo que posee un trasfondo político. Que nadie vaya a los catálogos esperando una argumentación o un texto curatorial. No. El discurso está en la exposición y es visual, ahí es donde es necesario leerlo. En esto radica su fuerza, pero también su debilidad, ya que, al no verbalizarse, es como si se quisiera poner la venda antes de que salga la herida para evitar la crítica. Sin embargo, toda muestra -y más una tipo Documenta- necesita un discurso visual, y esto es algo que en ningún caso se le puede negar que posea esta edición: una potente argumentación basada en la liason francesa. Si hasta ahora se habían experimentado los modelos «afinidades electivas» y «confrontaciones epocales», en Kassel se ha optado por enlazar finales y principios, no de palabras, sino de formas, consiguiendo un efecto de dicción de nuevas imágenes. El discurso, pues, está en la exposición, pero también en una plataforma teórica convertida en una revista de revistas -en la que participan las españolas Brumaria y Zehar-, de la que se han publicado tres números titulados con tres palabras clave -¿Modernidad?, ¡Vida! y Educación- que son traslación de las tres preguntas que el comisario se hiciera como punto de partida y, todo parece indicar, que de llegada.

La visita debería comenzarse o terminarse en la planta baja de la Neue Galerie, bien si se quiere reconocer desde el principio la intención discursiva visual, bien si se desea acabar con el buen sabor de boca que queda tras ver unas salas conseguidas llenas de obra sobre papel y algunas instalaciones sonoras y de vídeo. En todo el montaje se ha optado por cierta estética «a la antigua» en relación con la primera Documenta de 1950. Así, los ventanales están cubiertos por cortinas, casi idénticas a las que aparecen en la fotos de la época, además de que las plantas de cada uno de los edificios ha sido pintado de un color distinto frente al cubo blanco predominante en Venecia. En el caso de la primera planta de la Neue Galerie, el color salmón arruina una de las piezas más acertadas, la de Ibon Aramberri, que dialoga bien con Kerry James Marshall. Cerca, una proyección de Coleman centrada en una de las preguntas de Buergel: ¿Es la modernidad nuestra antigüedad?

La idea y su parodia.
En el Fredericianum nos recibe una instalación «tecnológica» -casi la única en toda Documenta- de Farocki, que viene a ser la otra cara de la película sobre Zidane, de Gordon-Parreno, esta vez centrada en el partido en el que el futbolista da un cabezazo a su rival en el último Mundial. La despedida corre a cargo de Luis Jacob, con un álbum en el que se visualiza lo que podría ser la idea del comisario en cuanto a las relaciones formales, pero también su parodia. El espacio principal, una especie de invernadero plagado de sillas de Ai Weiwei, despliega las ideas del comisario antes señaladas, juntando, por ejemplo, a Oteiza con Lili Dujourie y Luis Sacilotto en una de esos enlaces incomprensibles. Aquí y en otros espacios menores, nos encontraremos con Dierk Schmidt, Jorge Mario Jáuregui, J. Billing, Artur Zmijewski y Danika Dakic entre aquello que más interés despierta, aunque sean otros -como John McCracken, Poul Gernes o Juan Dávila- los que repitan de una sede a otra remarcando ideas visuales de Buergel.

Enviado el 23 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

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