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Junio 15, 2007

Venecia, manual de instrucciones - Juan Antonio Álvarez Reyes

Originalmente en abc.es

Mcqueen-1

¿Sentido y sensibilidad? ¿Será acaso esta simple combinación lo que el comisario norteamericano -el primero de la historia de la Bienal de Venecia- nos propone en su recorrido? ¿Para esto han sido necesarios casi tres años de trabajo? Realmente esta bienal no llega a la cursilada de la novela y película que lleva ese nombre, pero la simpleza de su propuesta ha sido compuesta para que también tenga un supuesto final feliz para el arte contemporáneo: combinar diferentes aspectos de la creación contemporánea en una inmensa musealización de una bienal, la más importante del mundo y la más veterana. Por tanto, como todo cóctel que se precie, lleva muchos ingredientes. Por un lado, ciertas dosis de belleza. Por otro, ciertos recuerdos a la situación política del presente. En medio, una gran base que bien pudiera ser sustituida por otra y que tiene como misión llegar a la unión de opuestos que el comisario quiere conjugar. Hay, sin embargo, algunas gotas discordantes que recuerdan el peso de ciertas galerías anglosajonas, la cercanía personal o los favores debidos, que juegan, al no controlarse, malas pasadas.

Un cóctel insulso.
Estamos, por tanto, ante un cóctel no tanto equivocado como insulso, en el que se ha trabajado durante largo tiempo y en el que se han invertido ingentes cantidades de dinero, puesto que si hay algo que asombra a los visitantes profesionales es el cuidado montaje y la conversión del Arsenale en un auténtico dispositivo museal, en un gran cubo blanco en el que las cajas negras han sido completamente insonorizadas como si de estudios de grabación se tratara. Poderío nor-teamericano, pues, en una bienal que muy bien pudiera ser definida por el siempre breve y certero Dan Perjovschi, en una de cuyas pintadas murales a tiza reza «CAP-ITALISM», algo así como la unión de EEUU e Italia, de capitalismo y belleza o, por decirlo en el argot de Storr en una nueva palabra que naciera de la unión de «sentido» y «sensibilidad», algo así como «sentibilidad».

Si realmente las epifanías ocurren -tal y como escribe el comisario en el catálogo- y el arte se caracteriza por ellas -cosa harto dudosa-, las de esta bienal podríamos encontrarlas en algunas piezas como las de Francis Alÿs, Manon de Boer, Felix Gmelin, Óscar Muñoz, Yang Fudong, Rainer Ganahl o León Ferrari en el Arsenale. Mientras, el clasicismo contemporáneo invade el Pabellón Italiano, separando pintura y vídeo como opuestos que no deben mezclarse. Si el recibimiento aquí con Nancy Spero es esperanzador, los lienzos «kilométricos» de Polke pronto nos desilusionan, volviendo el interés a ratos con trabajos, entre otros, de Steve McQueens, Kara Walker o Emily Jacir.

Uno de los mayores fiascos está, sin embargo, en el Pabellón Africano. Errores de partida y cuestiones poco claras son aquí ya completamente escenificados. Bien está, por supuesto, que se dé visibilidad a un continente y que ésta haya sido una de las principales fijaciones de Storr, pero lo que no es de recibo es que se haga con las obras de una colección privada -cuestionadas, además, las actividades de sus propietarios- y que el asunto de la visibilidad conlleve una comparación injusta, puesto que en el resto de los casos los pabellones son por países, no por continentes.
Pero donde este panorama es casi desolador es en los Giardini, ya que se podría afirmar que es una de las peores ediciones de la última década en lo que se refiere a las participaciones nacionales. Nada más entrar, la embajada española nos recibe y, visto el conjunto de pabellones, no es -como muchos se temían- el peor. Eso sí, ha habido numerosas decisiones estratégicas y curatoriales equivocadas, referidas al propio comisario y a la primacía de su rol, además de un resultado muy dispar que, pese a no ganar por atrás, tampoco sale de ese pelotón poco brillante que supone el conjunto desplegado en los Giardini.

Apueste por uno.
Hay, sin embargo, excepciones. Una de ellas es el pabellón holandés, que ha propiciado una intervención de un único artista -lo que confirma que esta es seguramente la opción más adecuada para las participaciones nacionales-. Aernout Mik ha dispuesto una instalación multicanal a la que acompañan diversos ámbitos domésticos. Además, la intervención curatorial se ha abierto a otras posibilidades al publicarse un reader de carácter crítico en el que se reflexiona sobre cuestiones referidas al título del pabellón, «Ciudadanos y súbditos», aplicándolos a la realidad holandesa y completándose con una plataforma de debate.

En esta órbita, los pabellones que reflexionan sobre «la constitución política del presente» -por decirlo con palabras de Toni Negri- adquieren una especial relevancia dentro de un conjunto desolador en el que Sophie Calle por Francia nos devuelve a la investigación y exhibición de lo personal mediante un pabellón habitado por el horror vacui, y Felix González Torres, por EEUU, nos habla desde el más allá acerca del más acá. Entre esos pabellones destacados por hablar del presente y de su constitución política es necesario detenerse en algunos de los ex comunistas o, en terminología neoconservadora, de la «nueva Europa». Así, el húngaro, con Andreas Fogarasi, investiga sobre otras posibilidades de la caja negra y de un nuevo documentalismo fragmentado. En el polaco, Monica Sosnowska se detiene en la arquitectura de la era comunista y en cómo está siendo desmantelada, reconstruyendo a escala 1:1 un centro comercial en la Varsovia de la década de los 60. Por el último, uno de los mejores es el lituano, fuera de los Giardini, que recoge un gran proyecto de Nomeda & Gediminas Urbonas titulado Villa Lituania, una referencia compleja al presente desde el pasado, concretamente, a esa villa situada en Roma «considerada el último territorio ocupado de Lituania» por Rusia y a las implicaciones de construcciones de identidades colectivas y significados culturales que ello provoca.

Enviado el 15 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

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