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Octubre 01, 2007

Cambio de roles - Juan Antonio Álvarez Reyes

Originalmente en abc.es

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En los últimos años se aprecian movimientos progresivos en el sistema internacional del arte que están provocando ciertos desplazamientos. Uno de ellos es aquel que, cada año un poco más, va convirtiendo a las grandes ferias comerciales de arte actual en una suerte de pequeñas o no tan pequeñas bienales. Así, ciertas secciones comisariadas van creciendo en algunas de ellas -principalmente en las dos ArtBasel (Miami y Basilea)- y en otras se realizan producciones específicas, programas de performances y ciclos de vídeo y cine (Frieze). Hasta ahora ésta era la tendencia: ferias que aspiraban a contener su propia especie de bienal no nombrada como tal. Sin embargo, el camino contrario no había sido aún iniciado claramente, hasta la presente Bienal de Lyon. Había, claro está, bienales que parecían ferias, con el mismo caos, ausencia de discurso o con evidentes intercambios financieros. Sin embargo, Lyon ha abierto la veda. Y lo ha hecho de un doble modo. Por un lado, recuerda a la sección de Art Unlimited, de Art Basel, por su muy buen y espaciado montaje de cada una de las propuestas individuales de cada artista y, sobre todo, por la ausencia de conexión entre ellas. Por otro, es la primera que lleva asociada una feria de arte, la Dock Art Fair, de una calidad bastante media-baja.

Juegos solitarios.
Los comisarios, Stéphanie Moisdon y Hans Ulrich Obrist, han planteado una bienal que adquiere «la forma de un enorme juego en el cual los jugadores (comisarios, artistas, autores) toman parte, siendo invitados a contribuir a la definición de la década». Esta frase podría simbolizar el rol de esta bienal, que tiene un claro estilo Obrist, pero que, sin embargo, no posee la frescura y la vitalidad de otros de sus proyectos bienalísticos, como la sección Utopia Station, que comisarió para la Bienal de Venecia de 2003. Los comisarios, en vez de invitar a artistas, han llamado a otros comisarios -con lo que la celebración de este eslabón de la cadena alcanza cotas excesivamente elevadas- en un número que desactiva cualquier posible comunión de intereses estéticos o filosóficos. Cada uno de ellos ha invitado, a su vez, a un artista, intentando o no responder a la pregunta que Moisdon y Obrist les plantearon: «¿Cuál es, según tú, el creador más importante de esta década?». A tenor de las respuestas, suponemos que los subcomisarios invitados han pasado olímpicamente de las reglas del juego y han preferido concentrarse en el suyo propio. El resultado, un conjunto heterogéneo en el cual apenas se aprecian conexiones «epocales». En cualquier caso, resulta llamativo no haber buscado estructuras de interconexión y diálogo entre ese gran magma de comisarios reunidos en Lyon -ni antes, ni durante, ni después-, ni entre ellos y el resto de jugadores, cosa que produce, como se puede comprobar visitando la bienal, inevitables efectos negativos. También llama la atención ese énfasis en intentar definir una década como la actual y, sobre todo, en hacer hincapié en la misma idea de década, algo que cabría esperar felizmente superado, y referente a momentos anteriores. Con estos mimbres, el cesto que se ha intentado construir no define nada y se convierte en una especie de juego individual, en una especie de máquina duchampiana para solteros. Y, en esa máquina soltera, destacan algunos de sus mecanismos, que permiten hablar de puntos fuertes, especialmente en el Instituto de Arte Contemporáneo de Villeurbanne que, como sede, es la que reúne el conjunto más compacto.

Investigaciones urbanas.
Allí cabría destacar las investigaciones urbanas de Dave Hullfish Bailey (invitado por Jacob Fabricius) o las manipulaciones fílmicas de Seth Price pero, sobre todo, la instalación fílmica de Ryan Gander, de un gran rigor conceptual y visual, y la más complicada y rebuscada de Simon Starling. En el espacio principal, en la Sucrière, se aloja el mayor número de las habitaciones individuales reservadas a cada artista. En ella encontraremos a los dos españoles participantes. Adríà Julià, invitado por la norteamericana Lauri Firstenberg, con una instalación en 35 mm., que combina dos espacios -el de proyección y el de visionado- con un filme de temática bélica-teatral, que pronto se verá en la galería Soledad Lorenzo. Juan Pérez Agirregoikoa presenta -invitado por el único comisario español, Peio Aguirre- una selección de sus habituales dibujos, cartulinas y telones con frases directas y cáusticas. Junto a él, habría que situar a Erik Beltrán, que también privilegia el texto en sus papeles y lienzos, en negro sobre gris gafrito.

Shilpa Gupta nos propone un juego interactivo de sombras y Tirdad Zolghadr ha diseñado el Museum of American Art, una especie de instalación que recrea una muestra que trae a colación un asunto que en breve será actualidad museística en España: el triunfo del arte norteamericano tras la II Guerra Mundial y la actividad de propaganda cultural llevada a cabo en los años 50. En el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon encontramos la mayor parte del segundo círculo de jugadores, compuesto por artistas que han comisariado colectivas o programas de vídeo y cine, además de otros personajes como Houellebecq o Koolhaas. Entre ellos destaca la instalación sonora de Jérôme Bel y su The Show Must Go On, representada en la Ópera de Lyon el día de la inauguración: todo un regalo, «un domingo de la vida».

Cambio de personalidad.
En definitiva, tras visitar esta bienal cabría preguntarse y estar próximamente atento a si, como se acaba de señalar, el sistema internacional del arte tiende a esa confusión de roles: ferias como bienales y viceversa. Como en un juego de cambios de personalidades, parece como si los actores de ese sistema internacional no estuvieran ninguno contento con el papel que están interpretando y fueran apropiándose de aquellos que consideraran más atractivos. O bien que todo se reduzca a participar en este gran juego.

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