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Octubre 11, 2007

CONTRA LA CAUTELA: UNA RAZON PARA OTRAS SINRAZONES. Héctor Antón

Damienhirst

Nada es tan sencillo ni tan complejo a la vez como llamar las cosas por su nombre. En medio de la soledad que rodea al sujeto contemporáneo, nadie está dispuesto a probar la experiencia de que la sociedad le obsequie un espaldarazo. Con frecuencia, las personas temen que alguien le niegue ese ritual del saludo que le garantiza sentir la ilusión de estar vivo. Otras veces presienten que la evasiva gestual pueda llegar a la agresión física. Por último, los estragos del miedo asumen el rol de los “inesperados” artífices de la ficción humana. Entonces quien anhelaba Ser por encima del Todo se transforma en el hombre de la multitud salido del relato de Edgar Allan Poe. Pero ya sabemos que este “fantasma que vive como hombre” desaparece en el ocaso de la tarde, sin dejarse leer por quienes buscan algo que diferencie al uno del otro.

La crítica de arte es uno de los escenarios donde intervienen los factores mencionados. Pero lejos de ser los protagonistas del drama, sólo actúan para detonar las disyuntivas a las que debe enfrentar la ingrata profesión. En el centro de la paradoja donde el arte se funde con la vida, el crítico tiene ante sí un repertorio de dificultades que provocarían una deserción inmediata del oficio escogido: ser un cobarde y pretender vencer el miedo a cada instante; ser un bohemio que no resiste la soledad y tomar distancia cuando el momento lo requiera; ser un fanático de la verdad y compartir la desdicha de cuantos mienten; ser incorruptible y anhelar una existencia libre de penurias económicas. Todas estas polaridades deben quedar resueltas antes de sentarse a escribir un texto crítico que merezca respeto. Aunque valga la aclaración: estamos describiendo el rostro de una quimera, tan delirante como aquella de “cambiar la vida recurriendo a los trucos del arte”.

Antes que artículos escandalosos, lo que ha matizado a la crítica cubana de la presente década es el alboroto que provocan ciertos textos que intentan desmarcarse de la línea complaciente. De manera contradictoria, estos “disturbios de opinión” han ofrecido una ganancia pírrica: notar la intolerancia de nuestros artistas visuales hacia criterios que no validan su obra como ellos quisieran. Devenidos en artistas-funcionarios-intocables, dichas reacciones permiten sentirse menos solos a los críticos simpatizantes de una lealtad incondicional hacia lo políticamente correcto. En una situación de agravio, se justificaría que el “objeto de análisis” discutiera con el autor de “la ofensa” antes que elevar sus lamentos al muro de las instancias superiores. Porque cuando una queja se proyecta de “arriba” hacia “abajo”, cabe suponer que “la víctima” pretende que ruede la cabeza del “verdugo”.
Pero si abundan los críticos jóvenes y establecidos, dispuestos a recibir una compensación monetaria “extra” ante la remuneración simbólica que ofrecen las publicaciones, ¿por qué los artistas cuestionados no se aprovechan de esta agravante y los contratan para neutralizar con razones de peso los argumentos que no les convienen? Así la historia oficial gozaría de un atractivo cinismo y, en un nivel de simulacro total, alguien podría afirmar sin temor a equivocarse: “Si algo no falta en el contexto de las artes visuales de la ínsula es la polémica”.

Juanfcoelso

Así en la vida como en el arte, la cautela es una reacción natural en las sociedades de control. Ahora, si este elemental “instinto de conservación” deviene una proyección colectiva, lo que se respira es una atmósfera de sumisión total, donde un mínimo riesgo implica un máximo de temeridad. De esta manera, términos como “criticonería”, “resentimiento”, “ensañamiento” o “artista frustrado” se potencian hasta acabar por concederle un salvoconducto de credibilidad a quienes se abstienen de poner el dedo en la llaga, en favor de recrear las cosas positivas que consiguen atrapar sus ojos. Sin embargo, a la larga esta “opción válida” desde su perspectiva humana, se trastoca en el vicio de flotar en la bruma del consenso.
Junto a estos “cronistas del bien”, abundan los productores visuales que aspiran a ser “artistas del consenso”, con la “ayuda desinteresada” de estos exploradores de virtudes. ¿Será posible convencer a todos mediante la complicidad de todos? Cuando leo materiales monográficos que comentan maravillas de figuras reconocidas, me digo: esto recuerda aquel texto de Gerardo Mosquera sobre Juan Francisco Elso donde el lector “presentía” que se estaba hablando de un “demiurgo” en lugar de un artista plástico. ¿Acaso un creador por muy grande que sea no está expuesto a las mismas contingencias menores que el resto de sus colegas? La salvedad radica en que los “nuevos espíritus mediando entre Dios y la criatura” no le llegan ni a los tobillos al desafortunado Elso Padilla (1956-1988).

Como estrategia de legitimación, ser un “artista del consenso” no garantiza un status legitimador. Sería oportuno recordar que productores visuales como Damien Hirst, Maurizio Cattelan, Matthew Barney o Santiago Sierra son cuestionados tanto desde lo ético como de lo estético. Asimismo, su incidencia y cotización aumenta casi a la par que su efectismo publicitario no deja de provocar criterios antagónicos. En el “caso cubano”, se invierten los papeles: mientras más se avalan determinadas poéticas, más se evidencia su escaso protagonismo en el circuito artístico nacional e internacional. También es sintomática la ausencia de los “artistas del consenso” en los principales eventos del arte contemporáneo como Documenta o la centenaria Bienal de Venecia.

Ser un crítico a sueldo de las peores causas comerciales, equivale a magnificar la indigencia de un oficio marginado de la especulación que rige diversos sectores de las artes visuales. Muchas veces los “apologistas inexpertos” ni se imaginan los negocios “adicionales” en que están involucradas sus elecciones críticas. Pero los que “saben demasiado” se concentran en lo suyo, y hasta se permiten loas en nombre de una eticidad fantasma. Ante semejantes lecciones de servilismo intelectual, cualquier miembro de la sociedad civil respetaría más a quienes pagan en menosprecio de los pagados. En este sentido, los hechos demuestran que predomina un retorno de la pobreza, no precisamente irradiante.

Mauriziocattelan-1

A propósito del panel realizado en el Coloquio del IV Salón de Arte Cubano Contemporáneo (enero-febrero 2005), Luz Merino Acosta refrescó viejos tópicos de una creciente actualidad. La Doctora en Ciencias del Arte evocó las preocupaciones del joven Mañach con relación a la incapacidad de los artistas para asumir la crítica, la eticidad que exige dicha profesión y la urgencia de una autonomía financiera que le otorgue una postura social de mayor envergadura. Ochenta años después, los creadores siguen reacios a soportar un juicio desfavorable. Si el engranaje editorial no ofrece una compensación decorosa por el trabajo crítico, solo queda en pie una alternativa: que la sobrecarga de eticidad se apoye en el desinterés, la autogestión investigativa y el atrevimiento de quienes se apartan de la nota piadosa para esgrimir opiniones sin abandonar los márgenes de permisibilidad disponibles.

En 1963, el periodista y crítico Francis Steegmuller entrevistó a Marcel Duchamp para la célebre revista Show. A los 75 años, el imaginario más influyente de la plástica del siglo XX disparó a quemarropa contra el mundillo del arte: “Desconfíen de los artistas. Son unas bestias. Deberían internarlos a todos por tener el ego hipertrofiado”. Pero la historia no ha cambiado. Encontrar artistas que sobresalgan por sus virtudes éticas se torna una empresa difícil. De hecho, la ética en el arte constituye una especie en peligro de extinción. Los futuros historiadores del arte no deberían ignorar este juicio lapidario de un provocador consciente de las falacias artísticas. No por gusto el mismo Duchamp legó a la posteridad el testimonio de una impostura sin precedentes: jactarse de que su único talento consistía en haberse pasado cuarenta años sin hacer nada.

Entre el ego manipulador de los artistas, la impotencia económica de la crítica y el compromiso político de los funcionarios incompetentes de la institución-arte está la eternidad de la cautela nuestra de cada día. Al margen de esta tríada, habrá que articular una estrategia donde el ejercicio del criterio no genere una “terapia de bibliógrafos” para ingenuos culpables.

Si vivir como crítico de arte en Cuba es una utopía, trascender como tal desde la cautela se traduce en otro proyecto imposible. Para ello, tendrían que surgir y multiplicarse creadores tan profundos como Elso Padilla y, al mismo tiempo, necesitados de un “consenso tranquilizador”. La tradición del no presente en la literatura insular brilla por su ausencia en el campo de las artes visuales. Esas destrucciones que un ensayista “fuera de juego” reclama para creer en la historia de un país y un nacionalismo son demencias fuera de lugar en la crítica del arte contemporáneo hecho en Cuba durante la última centuria. Apenas se registran contadas irreverencias que cabrían en un pequeño tomo de memorias. Una razón para “hacer algo” por la resurrección de esas “cuerdas locuras”, empeñadas en el sueño de luchar contra las sinrazones que defienden los partidarios de la cautela.

Enviado el 11 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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