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Octubre 29, 2007
De un tiempo a esta parte. Alberto Ruiz de Samaniego
Originalmente en ABCD:
El tiempo -según señaló alguna vez Dostoievski- no existe. Para el escritor ruso no era más que una serie de números. «El tiempo -añadía- es la relación de lo existente con lo no existente». El problema, claro, sobreviene al tratar de establecer cuál sea precisamente el grado de esa relación, y en qué medida es posible, comunicable o experimentable. No es problema menor si trata de concretarse, por ejemplo, desde la experiencia estética. Aquí nos topamos con una vieja disyuntiva que recorre toda la Historia del pensamiento artístico, desde la conocida condena platónica de los poetas, esos seres nada razonables aferrados trágicamente al instante y las apariencias.
A juicio del griego, ellos, poetas o artistas que sólo cantan -al modo por ejemplo de On Kawara- el minuto que pasa, no admiten la esperanza o el consuelo de la razón. Viven por tanto en la desesperación, dando voz y forma a la melancolía y el amor a lo pasajero, sin querer evitar o consolarse de perderlo y de perderse. Poseídos por la hermosura que brilla, habitan permanentemente en el olvido de lo esencial, viven en el tiempo, fascinados por las apariencias amadas, esos fantasmas que el filósofo se empeña, sin embargo, en desdeñar. Él, que ha renunciado a vivir el instante y, desechando la fácil e inmensa melancolía de vivir en un sin vivir que no es más que amor de muerte o canto pánico, confía tan sólo en la razón como principio de esperanza.
De rumbos y heridas. Pero los artistas, a menudo, no quieren para nada perder el tiempo, desembarazarse de él, sino justamente hallarlo. El artista no sólo no pierde el rumbo o la herida del tiempo, sino que lo consuma al convertirlo en experiencia y forma, lo hace presente continuo, efímero y durable a la vez. Al artista, en verdad, no le angustia el absoluto o la eternidad eidética: le interesa más bien la realidad de grado inferior; lo que está sucediendo ahora; lo que pende de las agujas del reloj; lo que pasa por las venas abiertas de la duración; lo que, aun ínfimo, sucede. Durante un paseo, Tadeusz Kantor avista en el trasfondo negro y sucio de la tierra un punto radiante del tamaño de un plato pequeño. Brilla tanto que es imposible que pertenezca a esa materia terrosa de la que proceden todos los objetos. Cuando levanta los ojos por encima de los tejados de las casas, ve el cielo con el mismo resplandor. No pertenecía a la tierra. Aquella cosa que brillaba era el cielo, reflejado en el trozo de un espejo roto.
Espejo roto. Tal vez las obras de arte no sean más que ese espejo roto; su mirada no hace otra cosa que pautar el recorrido del reflejo que continuamente reenvía desde el limo condenado y fugaz a un eterno por siempre diferido e inapropiable. El filósofo -es cierto- desdeña las apariencias porque sabe que son perecederas. El creador también lo sabe, y por eso se aferra a ellas, las llora y las canta en su pasar. Y precisamente por eso, porque ya está sintiéndolas irse en esa misma posesión, son las más amadas, el objeto mismo de su desvelo y su arte. He aquí la eterna contradicción entre la ley o la razón y la pasión o el goce, el impulso del deseo y la carne con que el arte elabora sus trabajos. A veces con tal intensidad que alcanza una melancolía y un furor ciertamente funerarios.
Se trata, por cierto, de una historia fundamentalmente escatológica. Se trata de salvar algo. Y, tal como ya apuntara Benjamin, en cierto modo, de una historia postrera donde algo debe ser cumplido o culminado, juzgado. El arte es el verdadero juicio final, pensaba asimismo Proust. Debe por tanto ese algo sustraerse al mero decurso cronológico para saltar a otra dimensión de lo temporal que, sin embargo, no se sitúa en ningún más allá, en un afuera u otro lugar, sino que, por decir así, reposa como posibilidad latente en cada imagen o en cada momento.
Vidas plenas y realizadas. En este sentido, los instantes, las apariencias están para Benjamin cargados de historia, porque cada momento histórico puede ser leído o interpretado como la posibilidad de un salto de la dimensión puramente cronológica a esa dimensión de redención donde sería posible experimentar un trozo de vida finalmente plena, realizada. Esto es lo que, por ejemplo, trataba de hacer Sergei Eisenstein a través del montaje cinematográfico, al que denominaba con justeza «extensiones de lo momentáneo». Se trata de la imagen como epifanía de un mundo que puede adquirir su máxima intensidad expresiva y emotiva, su plenitud de sentido.
Hamlet, ante la calavera de Yorick, se duele del tiempo que todo lo corroe en polvo. La justicia poética, sin embargo, confía en que esa pérdida y esa nada se rediman, siquiera sea por un instante, a través del amor mismo. He ahí el arte: polvo que arde, nada más, enamorado. O, como dijera Ortega, el tema más sencillo y más profundo de la pintura: «Un poco de materia puesta a arder».
Enviado el 29 de Octubre. << Volver a la página principal << |

