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Octubre 10, 2007
El polimorfo perverso. Andrés Isaac Santana
Juana de Aizpuru inaugura nueva temporada y lo hace con la excelente obra del artista israelí Nadav Weissman (Haifa, 1969). La suya es una propuesta que disfruta de una gran virtud: la de conservar el poder de la significación y de la elocuencia narrativa, justo ahora cuando las prácticas artísticas contemporáneas, sujetas al modelo anoréxico y el falso glamour bulímico, se pavonean por las pasarelas de la mediocridad y de la asepsia. Ground Floor resulta una exposición inteligente y en apariencia divertida, que reivindica a Weissman como uno de esos artistas serios que se resisten ante la hegemonía avasalladora del nuevo paradigma de la frivolidad demencial frente al que, con exorbitante desfachatez y alevosía, abdican hornadas enteras de críticos y comisarios. Su obra, basada en la articulación de poderosas ficciones a través de una sorprende y enfática diversidad de medios, se inmiscuye de un modo muy personal en la interpretación y desmontaje de construcciones culturales derivadas de arduos procesos de negociación y espionaje entre los órdenes de la ideología, la política, la antropología y la cultura misma. Por esta razón, sin abandonar la complacencia retiniana y el buen hacer para el disfrute hedonistas del espectador más estéril, Weissman consigue ampliar los usos sociales del arte, convirtiéndolo así en una herramienta de indagación y comprensión del dilema contemporáneo, no importa si de signo posmoderno, pos-colonial o sencillamente social y humano, que acaso importan más.
En este sentido creo que su obra no ha de ser leída, no al menos de manera tan reduccionista, a partir de su denominación de origen, como sugieren algunos ensayos críticos anémicos atravesados por el exotismo de la diferencia. Por suerte para muchos, los afanes neo-conquistadores y el trascendentalismos de ciertos proyectos que quieren cifrar su triunfo mediático en la escogencia de voces subalternas o periféricas respecto de los centros hegemónicos, están cada vez más desacreditados en los ámbitos del pensamiento cultural de rigor. Existe una apertura a prácticas estéticas que no pertenecen al mainstream; sin embargo, lo más complejo en el orden del desdoblamiento de las jerarquías del prejuicios desfavorable, es neutralizar las relaciones de poder que tales menesteres de recuperación suponen. Desmontar esas narrativas de sometimiento, se convierte en la estrategia de muchos artistas que, como Weissman, interpelan los paradigmas dictatoriales y los “lenguajes de adulto” de la cultura contemporánea. Ya ha quedado claro que el multiculturalismo y los debates pos-coloniales, no son más que falacias discursivas instrumentadas desde la “presunta benevolencia” de los centros de poder.
Los infantes terribles de Weissman, ocupan todos los espacios de la galería involucrados en una performance perversa y casi grotesca que no hace sino criticar de un modo mordaz y rabiosamente irónico los arbitrajes instrumentales de los procederes culturales contemporáneos. Su apelación al mundo infantil y a sus narraciones internas, se convierte un una coartada retórica eficaz desde la que el artistas cuestiona aspectos tales como la falsa seguridad y la incertidumbre de un modelo paternalista de la existencia, que responde más a una construcción narrativa interesada de los poderes políticos, que a la realidad misma de la vida y sus dobleces. Las referencias a lo familiar, en tanto concepto de integración en el que se incluyen criterios esteriotipados en torno a lo que se supone sea “lo infantil” y “lo adulto”, constituyen otro guiño satírico a un modelo de estabilidad y de virtud, cuando los viajes, los desplazamientos humanos y las migraciones forzadas de los márgenes, hacen del escenario contemporáneo un set de nomadismo impenitente transido por el dolor, la nostalgia y la redefinición obsesiva de nuestras identidades. El marco psicológico de su trabajo es muy amplio y en él se discuten asuntos de máxima gravedad y urgencia, lanzando interrogantes que nos incumben a todos.
Algo queda claro en esta propuesta y es el hecho mismo de que utopía ya no es posible, al menos no de un modo idílico. La cultura actual llora un llanto doloroso y desesperado de espesor antropólogo y de memoria ancestral, que no es posible ni si quiere desde el arte disipar en su integridad. Están bien las alternativas, las prescripciones analgésicas a tales desafueros, pero suponer desde la ingenuidad más ramplona que el Arte será la cura, el vínculo de emancipación de los conflictos que describe Weissman, no es más una ilusión utópica trasnochada y marxista, puesta ahora en discusión por el trabajo de creador, al que se le recordará, en las próximas páginas de la historiografía de lo contemporáneo, como uno de los más perspicaces de los actuales polimorfos perversos.
Enviado el 10 de Octubre. << Volver a la página principal << |

