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Octubre 10, 2007

Otras confluencias habaneras. Héctor Antón Castillo

Batiscafo 041

Batiscafo es un proyecto alternativo que ha sobrevivido sin intervenir directamente en las maniobras políticas de la Institución-Arte en Cuba. Cuatro veces al año se realizan estos encuentros donde tienen la oportunidad de coincidir artistas cubanos y de otras latitudes. Estos deben resolver en tiempo record los resultados de un taller de creación no menos vertiginoso. Algo valioso de esta opción consiste en que sus elecciones curatoriales no se restringen al prestigio artístico acumulado en circuitos nacionales o foráneos. De ahí que puedan integrar la residencia creadores establecidos y noveles, procesuales y reacios al conceptualismo peseudoduchampiano, lo prefabricado y lo azaroso como resortes para articular piezas más o menos cercanas al arte o a la vida.

Juan Melo y Carlos López son dos colombianos oriundos de la ciudad de Cali que visitan la Isla por vez primera. Pero ninguno presume de militancia artística alguna. De hecho, provienen de la antropología, el diseño y el mundillo del entretenimiento. Ambos propusieron una acción que reveló la experiencia del turista empeñado en captar los matices de la sobrevivencia cotidiana. Es decir, darle una respuesta inmediata al asombro sin el propósito de sugerir moralejas políticas. Un rechazo a la admiración o desencanto prematuro ante la realidad sociopolítica insular pudo ser el motivo de “Colombianos Convertidos” (C.O.C).

Negociar performáticamente dibujos improvisados a cambio de pan con lechón y refresco a domicilio no es un cuestionamiento radical a la precariedad económica cubana. Simplemente devino un intento de concederle una utilidad divertida al libertinaje del arte contemporáneo en medio de los calores habaneros. “Si acabamos de llegar, ¿qué derecho tenemos a dictar una pauta sobre esto o aquello?” Esto parece decirnos la sana jocosidad de Carlos y Juan en una actitud digna de imitar por los vacacionistas de segunda que deambulan por la ínsula.

Jeannette Chavez volvió a concebir una escenificación plena de simbolismo en la que se con-funden lo onírico y lo real. Simulando una “muerte vestida de blanco”, la artista performatiza su propia “ausencia-presencia” al permanecer tendida sobre un pedestal forrado en negro cubriéndose el rostro con el cráneo de un caballo. “El gigante” representa el extrañamiento que remite a un estado donde la penumbra del espacio matizado por una luz cenital se contrapone a la oscuridad interior de los sujetos “muertos en vida”. Durante ese tiempo de silencio, una tarjeta donde se inscribía el poema del intelectual revolucionario Rubén Martínez Villena que da título a la pieza reemplazó a la voz de la ejecutante. “¡Oh, el esfuerzo inútil! ¡Y el marasmo crece y crece tras la fatiga del sacudimiento!” Estos versos empuñados por el autor de “La pupila insomne” en desafío al monstruo invisible retornaron para alcanzar una legítima vigencia. Otra vez la memoria de los héroes asumió el rol de configurar el sueño de los hijos legítimos o bastardos de la patria.

Frustrada la esperanza de transformarse en un cuadro político de la Revolución, Ana Olema se inclinó por el arte. Así decidió que los “nuevos medios” debían cuestionar los “viejos fines”. La construcción del “hombre nuevo” desde la infancia (bajo la premisa de “Ser como el Che”) es uno de los pretextos para fusionar arte y política. Entre la experiencia vital y el proceso creativo, Ana Olema no pretende abolir la (su) memoria sino “darle vida” para mostrar sus puntos vulnerables. ¿Cuál es el saldo de una robotización precoz? ¿Cómo distinguir una nota discordante en la rotundidad del “coro de voces”? ¿Qué hacer con tanto vacío trocado en cifras sin una cuota de futuro segura? Solo un work in progress imposible de finalizar como “Una ideología formalista” estaría en condiciones de ilustrar esta sobredosis de incertidumbre.

Aprovechando la celebración del 47 Aniversario de la fundación de los CDR, Ana Olema proyectó en pantallas sostenidas por andamios un collage de imágenes televisivas de la épica revolucionaria. Al mediatizar un momento de los festejos de su cuadra, desplegó un “activismo virtual” que se tradujo en emblema irónico de ese “vicio numerológico” característico del complejo de utopía revolucionario. Semejante a las escenas de la novela 1984 de George Orwell, los asistentes al espectáculo visual convirtieron el “minuto de odio” del relato en una tolerable obediencia, dorada por la píldora del optimismo en tiempo real.

Si Carlos López y Juan Melo quisieron restituir la esperanza de que el arte aún pudiera resultar útil ofreciendo una merienda fuerte por dibujos gracias a la técnica del rumor, Ana Olema esbozó un tratado acerca de la inutilidad de las construcciones ideológicas. Algo parecido al sacrificio como ofrenda humana que late en ese gigante oculto entre la quietud y el silencio que consigue hacerse visible en el cuerpo inerte de Jeannette Chavez.

Aparentemente dispares, la esencia de estas propuestas discursa sobre la fosilización social que padece nuestra contemporaneidad. Es la ilusión del fin de la angustia que se prolonga en la carne y el espíritu de tantas quimeras de redención. Nada diferente persiguió demostrar Juan Melo cuando se disfrazó de cartomántica ambulante a la vieja usanza del siglo XIX. Imitando a esos coloridos personajes que todavía recorren las calles habaneras, el artista se dio el gusto de destruir el libro “La muerte del arte”. La acción también puso en tela de juicio el grado de banalización que implica comercializar las supersticiones como secuelas de las religiones populares. Transformado en una Drag Queen tropical como “Juana la cubana” presta a desaparecer, Juan Melo protagonizó una especie de “ausencia-presencia” similar a la instalada por Jeannette Chavez en un frío recinto del Instituto Superior de Arte. Ningún gesto sería más representativo de la inconformidad generada por las reglas de juego dominantes en el arte y la vida en los días que corren.

Enviado el 10 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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