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Noviembre 19, 2007

Barthes, el siglo de la imagen. Fernando CASTRO FLÓREZ

Originalmente en ABCD:

Catch5 0268BdEl Enterrador pone los ojos en blanco y, con su poderosa mano convertida en garra, ahoga a uno de sus rivales, reducido a la condición de pelele. Los alaridos del público completan la atmósfera aterradora que da paso a la epifanía; ese, por exagerado que sea, es el término apropiado, de «la Bestia» Batista, que, bajo un arco metálico rescatado de algún decorado de La guerra de las galaxias, se abre de piernas y ametralla, con un arma invisible, a diestro y siniestro. En Smack Down! todos reclaman el cinturón de campeón con un gesto enfático repetido incansablemente. Da la sensación de que hay tantos campeones que hasta los más torpes y ridículos tienen razones de sobra para aspirar a los más altos reconocimientos. Un luchador negro, King Booker, sube al ring con corona e incluso acompañado por una reina que está, todo hay que decirlo, bastante buena. John Cena, que va de rapero, lanza soflamas por el micrófono ante la mirada escrutadora de un tipejo trajeado, ex luchador para más señas, que ahora va de jefazo.

El Gran Kali. No faltan un chino transformado en vaquero, un enmascarado mexicano (Rey Misterio), Umaga, un luchador tatuado originario de Samoa, y otro irlandés, Finlay, pasado de kilos. Pero el que impone en esta fauna aparentemente caótica, el que impone el máximo respeto, es el Gran Kali, la materialización de todo aquello que el Imperio exorciza, un gigante con una mandíbula desmesurada y unas greñas grasientas que además habla un lenguaje gutural que nadie entiende.

Ese espectáculo global y excesivo ya fascinó hace medio siglo a Barthes. El primer texto de sus Mitologías (1957) se titula «El mundo del catch», publicado con antelación en 1952 en la revista Esprit. Una extraña lucha, con costaladas increíbles, presas y golpes inhumanos, traiciones y mentiras a raudales, le servía para dar rienda suelta a su pasión por la anfibología (unida al deseo no de oírlo todo sino de escuchar otra cosa) y la cita subrepticia (colocada en el artículo que es la inmensa escoria).

Táctica del desbarre. Lo que quería no era encontrar en la lectura del mundo y del sujeto oposiciones, sino desbordamientos, intromisiones, fugas, deslizamientos, desplazamientos. Y la táctica del desbarre era, sin ningún género de dudas, ideal para escribir sobre algo que no es un deporte sino un espectáculo. El luchador de catch hace los gestos que de él se esperan, sufre un paroxismo de la significación semejante a la obsesión de Barthes por el estilo.

Este escritor, que confiesa en Barthes por Barthes que le fascina e incluso le abraza la estupidez, era consciente de que la desmitificación podía degenerar en parloteo. Pensaba, colocándose en un lugar aislado con respecto al furor de la masa vociferante ante el último silletazo en la cabeza del héroe caído, que la finalidad de la lucha libre no es ganar sino comprender. Sus elipsis y paradojas textuales tienen algo de presa de mano que sirve para poco frente al salto desde las cuerdas más altas que aplastará todas las ilusiones. Lo que parece que más le gustaba del catch era la rehabilitación del antiguo concepto del canalla, ese individuo que suele ser insaciable. Y, por supuesto, adoraba el físico tan concluyente de los luchadores, que parecen surgidos de la Comedia italiana, «pregonando de antemano, con su traje y sus actitudes, el contenido futuro de su papel».

Barthes contemplaba ese divertimento, atravesado por un singular sentido del humor, cediendo al mallarmeano demonio de la perversidad. En esa Comedia Humana aparecían imágenes de la pasión y crudas escenas de la tortura y, sin embargo, esa pantomima no es sádica sino iconográfica. El mal es, evidentemente, el clima constante del catch, y la indignación, más que la sorpresa, el estado del público. Aquí carece de sentido gritar «tongo», y si se hace de forma continua es tan sólo por un afán colectivo de ridiculizar más, si eso es posible.

Desafío y venganza. Lo decisivo del combate, para Barthes, es la derrota, que, de forma ingenua, contempla como si se hubiera hecho justicia. En realidad, en el catch nunca se saldan las cuentas, el desafío y la venganza son cíclicos. Si en las Mitologías el vuelco de las situaciones revela una belleza moral, en la lucha cuasi-cibernética contemporánea se ha renunciado a todo lo que no sea acrobacia, pose desafiante y exigencia de pleitesía. Ciertamente, este espectáculo es un ejemplo perfecto de amplificación retórica y puede que sea esa la razón de que abra un texto en el que la ciencia de los signos aspira a activar la crítica social. Barthes sostiene un discurso que no se enuncia en nombre de la Ley o de la Violencia, ni cae en las instancias políticas, religiosas o científicas; su escritura, una articulación de fragmentos, tiene que ver con el goce (erótico) y con el cuerpo a la deriva (estético). La lucha libre sería también entendida como una serie de fragmentos, una suma de espectáculos, pues en ella es cada momento lo que es inteligible, no la duración: «Contemplaba con asombro y predilección -apunta en su rara «autobiografía intelectual»- este artificio deportivo, sometido en su estructura misma al asíndeton y al anacoluto, figuras de la interrupción y del cortocircuito».

Las de Caín. Barthes señala que en Estados Unidos el catch representa una suerte de combate mitológico entre el bien y el mal que tiene naturaleza parapolítica, dado que el mal luchador está siempre caracterizado como un «rojo». Tras el «cambio climático-político», esto es, cuando la «guerra fría» es un pálido recuerdo, el malo puede ser cualquiera: un enano vestido de verde, un melenas charlatán o ese otro que se jacta de ser el MVP. Insisto en señalar que el que más respeto genera, ciclópeo y brutal, es el otro absoluto, el árabe imperturbable, ese Gran Kali ante el que incluso el Enterrador pasa las de Caín.

Lástima que Barthes no haya podido conocer a este enemigo infame. Porque lo que atrapa al escritor es el canalla perfecto, el hombre imprevisible y asocial, aquel que sólo admite las reglas cuando le son útiles y transgrede la continuidad formal de las actitudes. Le fascinaba el batifondo final cuando todas las reglas saltan por los aires y hasta el árbitro cobra. En Mitologías la puya conclusiva tiene carácter político aunque sea en forma de elipsis y, tal vez, para este teórico de las estructuras que, como malvadamente, en Mayo del 68, se escribió en las pizarras, «no bajan a las calles», la lucha final (valga este soniquete «internacional»), tenga carácter paródico. En el catch el público ve lo que esperaba; «puede irritar, disgustar, pero jamás decepciona». Barthes, que prefería descomponer a destruir, estaba anticipando la neutralización contemporánea de la crítica, cuando tras el desencanto quedamos hechizados por el vértigo delirante de los simulacros.

Los héroes culturistas, que no culturales, despliegan sus gestos ceremoniales, imponiendo una significación plena y redonda. Esa «inteligibilidad perfecta» es, en todos los sentidos, ideológica. En esas pequeñas mitologías que fue publicando en los años cincuenta en Las Lettres Nouvelles establece los rudimentos de una sociología de la vida cotidiana. La mezcla de la leyenda (descripción simbólica de la condición humana) y la mentira (mistificación) está sedimentada en aquello que pretende pasar por natural cuando es profundamente cultural.

Una clase de monstruo. Barthes apuntó, en un entrevista en televisión, que lo propio de las Mitologías consiste en tomar sistemáticamente en bloque a una clase de monstruo «que he llamado "la pequeña burguesía" (sin perjuicio de hacer de ella un mito) y en aporrear incansablemente ese bloque». Hasta al golpear el saco el estilista se comporta como un amateur. Buscaba el estremecimiento del sentido y eso le apartaba, inevitablemente, del K.O. No le gustaba que ninguna demostración «ya se diera por sentada» y, sin embargo, encontró en el catch, donde todos terminan besando la lona, el disfraz ejemplar de nuestra época catatónica. Pasó de mitólogo a semiólogo y, en realidad, le habría gustado fundar una señalética. Instalado graciosamente (por nada) en el significante, comprendió que su discurso indirecto y transitivo era, en buena medida, estético. Era preciso aprender a caer sin romperse el cuello, recibir un puñetazo sin sentir nada, sacar la lengua al borde de la asfixia sin temor a hacer el payaso; en definitiva, radicalizar el artificio. A Barthes, obsesionado con el término atópico, le habría gustado ser el canalla perfecto.

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