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Noviembre 21, 2007

El mastín de ´Las Meninas´ no debería dormitar - LLUÍS PERMANYER

Originalmente en cultura | s de La Vanguardia

meninas.jpgCoincidiendo con la importante exposición que El Prado dedica a Velázquez como pintor de historia (Fábulas de Velázquez,del 20 de noviembre al 24 de febrero) es pertinente abordar una nueva reflexión sobre la que, sin duda, es no sólo su obra maestra, sino además la más compleja de todas. Así las cosas, no es de extrañar que aún siga propiciando la polémica intelectual, con el fin de desentrañar algunos de los misterios que aparecen hábilmente planteados en el lienzo.

Lo primero que se desprende de su análisis es plantearse, a modo de Gauthier, ¿dónde está el cuadro?

Así pues, tenemos diversos temas, según el punto de vista del espectador: un autorretrato de Velázquez, un retrato de la infanta Margarita, un retrato de los reyes, un retrato de familia. Al propio tiempo, otro tema, nada banal, es la escena que se desarrolla, a tenor de lo que se desprende del conjunto de personajes reunidos en una estancia de palacio. Y es que todo ello se presenta tal como es, una acción real.

A raíz de lo apuntado resulta sólito formularse algunas preguntas. Verbigracia si los reyes deben ser vinculados a la acción, si posan o simplemente aparecen. Tales interrogantes no resultarían banales al tener en cuenta que de sus respuestas puede resultar afectada la interpretación acertada de lo que ocurre en el espejo chiquito situado al fondo del centro del cuadro.
En efecto, ¿qué refleja el mencionado espejo? No faltan quienes aseguran con autoridad que reflejan a la pareja real que acaba de irrumpir en la habitación. Al propio tiempo, no faltan, empero, otros que con igual autoridad tratan de convencernos de que en aquella superficie bruñida se refleja en cambio lo que Velázquez está pintando en el lienzo que misteriosamente nos da la espalda.

No es ocioso inquirir la secreta razón por la que los reyes que aparecen en el citado espejo fueron pintados con voluntad vaporosa e imprecisa. ¿Quiere con ello indicarnos algo el pintor? Parece mentira que pueda dar tanto margen a diversas interpretaciones cuando en realidad las leyes de la geometría y aún más las leyes de la óptica deberían aportar una verdad poco menos que infalible y, por lo tanto, irrebatible. Así han tratado de hacerlos algunos estudiosos, como por ejemplo el especialista Moffitt, pero también un ingeniero indígena, quien alumbró un voluminoso estudio técnico, repleto de fórmulas y de gráficos.

Por fortuna la pintura es un arte y no una ciencia exacta, lo que nos permite e incluso incita a que podamos mirar, observar, detectar, entrar en el cuadro y, si gustamos, verter nuestra opinión, fruto de la interpretación subjetiva de tanta complejidad allí concentrada.

Y para ofrecer una pista que quizá se separa un poco del meollo hasta ahora expuesto, quiero iniciar una deriva hacia unos temas personales y profesionales del pintor, que no resultan por cierto nada irrelevantes.

Antes apunté que quizá un tema de Las Meninas bien podría ser el autorretrato de Velázquez. A simple vista da la impresión de que parece aventurado. Quizá no ta5nto, si tratamos de desentrañar la causa que movió al autor meterse en la escena.

Hace años que el artista quiere retratar a Felipe IV, pero se le resiste. ¿Cómo incluir su retrato sin que se enoje? Y si el rey no lo desea, ¿por qué insiste Velázquez? Éste, a su regreso de Italia, había cambiado de mentalidad. Y es que allí descubrió que la pintura no está gravada con impuestos, al revés de España, donde es considerado un trabajo manual y un lienzo paga al fisco de la misma forma que un par de zapatos o unas verduras. Es una situación infamante que importa corregir.

Pero hay otra que le mueve más que la relacioada con el dinero, que no es su preocupación ni mucho menos, pues está bien remunerado. Velázquez desea mejorar su posición social. Pese a que tiene cargos de alta categoría en palacio, no le basta. Es cierto que en el fondo puede detectarse aquella pretensión casi tan antigua como el arte de que artista reciba atenciones y deferencias del poder. Así, el ejemplo histórico de Alejandro Magno que rindió visita al taller del gran Apeles; así, otro tanto con Carlos V y Tiziano, hasta el extremo de que le condecoró.

Felipe IV solía visitar el taller de su pintor de cámara, quien incluso acumulaba cargos como ayuda de cámara y superintendente de obras particulares. Velázquez abrigaba ambición mayor. En efecto, quería ser investido caballero y quizá portar hábito como el maestro Tiziano. En 1658 había pedido ingresar en la orden de Santiago, pero la investigación sobre su eventual hidalguía se había saldado con un par de fracasos dolorosos. Solicitó ayuda regia, que le fue dada, con el fin de que la Santa Sede se aviniera al fin a concederle el preciado honor de ingresar caballero. Lo logró en 1659. Pero poco después moría. Y la cruz sobre su pecho le fue pintada más tarde; la leyenda asegura que por propia mano del rey, quien, por cierto, sabía pintar.

Pero su honor más grande ya lo había recibido, a mi entender, poco antes: figurar gracias a Las Meninas en compañía de la familia real, que en pleno ha rendido visita no sólo a su taller, sino a presenciar como pinta.

Volvamos al misterio principal. ¿Y qué pinta Velázquez en la tela que nos da la espalda? Según las leyes de la óptica, el espejo debería reflejar las figuras de la pareja real que allí está en trance de plasmar, pero resulta que ese eventual cuadro jamás ha existido. Algunos especialistas afirman que el espejo refleja a sus majestades, presentes en el exterior de la escena. Y, en cambio, muchos historiadores, comenzando por el clásico Palomino, insisten en interpretar que el conjunto de personas que figuran en el lienzo miran a sus majestades, quienes acaban de irrumpir en la estancia.

Así las cosas, me permito formular una pregunta inquietante, a la vez que demoledora, y que no me consta que hasta ahora haya sido planteada: ¿es lógico y sobre todo realista que si arriba el rey de la casa, que es Felipe IV, el perro continúe durmiendo? Con esto pretendo decir que esta obra maestra no ha de ser interpretada a la luz de un realismo tan riguroso como puritano, lo que no deja margen para ciertas interpretaciones.

Fuerza es reconocer que todo es real, pero el genio de Velázquez, al tiempo que se permitió unas libertades nimias a la hora de interpretar a su conveniencia las leyes de la perspectiva arquitectónica en la parte superior del cuadro, también hay que reconocerle la posibilidad de permitirse dejar de ser frío espejo de la realidad y reconocerse novelista, en el sentido de que se toma alguna que otra licencia; quiero decir que hemos de admitir que introduzca algún que otro elemento de distorsión, al igual que no disimulaba algunos de sus pentimentos.Tal es su grandeza, que la transmite al lienzo.

Y me permito concluir, pues, que Velázquez, en el cuadro que nos da la espalda, pinta su obra maestra: Las Meninas.

Escenario y personajes reales

La escena se desarrolla en la que había sido la cámara del príncipe Baltasar Carlos, muerto diez años antes.

Desde hacía un tiempo había sido convertida en taller provisional de Velázquez. El Alcázar de los Austrias, al haberse incendiado, no existe, pero merced a los planos conservados, sabemos las medidas exactas de la estancia, lo que favorece la comprensión exacta del espacio físico, con sus aberturas, tan fundamentales, verbigracia la del fondo a la derecha, que otorga una profundidad especial y en la que se sitúa el punto de fuga (concretamente en el hombro del personaje), apoyada por la luz que se filtra a través de las ventanas laterales.

Se conocen todos los cuadros que cuelgan de las muros; obsérvese que del techo no pende lámpara alguna, al no cumplir la estancia la misión original que tuvo otrora.

Todos los seres vivos que aparecen representados son reales y se conocen sus nombres, excepto el del mastín.

Hasta 1843 no recibió el nombre de Las Meninas,que alude a las sirvientas regias, que por tradición eran lusas, pese a que las pintadas por Velázquez eran españolas. No deja de ser significativo que los reyes, los más importantes de la escena, reciban una plasmación tan secundaria y propia de la virtualidad.

La modernidad de esta obra maestra de la pintura es que se avanza a lo que será la esencia de la fotografía. Y es que el pintor es capaz de paralizar una escena que está en trance de todo el conjunto.

Se acaba de crear así el misterio.

Una obra abierta e influyente

La grandeza de esta obra mágica de Velázquez por fuerza había de influir a partir de entonces. Prepara la irrupción de Goya, que enriquecerá el camino apuntado, con lo que la antesala para el impresionismo estaba servida.

Es obligado recordar que el autor de las Majas compuso una obra semejante, deudora del antecedente velazqueño: La familia de Carlos IV.Ni que decir tiene que es una gran pintura, aunque carece de todo el ropaje y de todo el envoltorio misterioso que enriquece el cuadro velazqueño.

También los informalistas han admirado Las Meninas.Así me lo confiaron en su momento tanto Saura como Tàpies, precisando éste que le fascinaba la soltura asombrosa de la pincelada al plasmar por ejemplo detalles de los bordados de la vestimenta de la infanta, lo que suponía un avance pionero de prácticas vanguardistas del siglo XX, verbigracia el tachismo.

Picasso le dio su personal y apasionada réplica, con 48 obras que reinterpretan este cuadro de Velázquez y que enriquecen su museo barcelonés. Para Saura y el Equipo Crónica, entre otros, también se confirmó como fuente de inspiración.

Y no resulta ocioso recordar la ocurrencia acertada del dibujante Mingote, quien dibujaba a un Velázquez al entrar en esta cámara en la que ya se encuentran todos los personajes y que murmura: "Hay días en los que a uno no se le ocurre nada". Nada más lejos de la verdad, puesto que el lienzo no fue el resultado de una casualidad, sino exactamente lo contrario.

Tanto o más juego ha dado para la gente de pluma. Es esta una de las pinturas que ha generado no poca controversia y bibliografía. Desde Palomino hasta Brown, pasando por no pocos grandes: Lafuente Ferrari, D´Ors, Ortega, Camón Aznar, Sánchez Cantón, Justi, etcétera. Y no han faltado los que han introducido elementos de debate, como Emmens, Searle, Steinberg, Snyder, Vahlne o Fernando Marías. Y por si no bastara, hace unos decenios, el filósofo Foucault le consagró un ensayo sesudo, prolijo y fantasioso, tal como corresponde a un pensador culto y original.

La participación de todos ellos, a lo largo de varios siglos, confirma tanto la modernidad de la obra cuanto la permanencia de unos misterios que no han sido cumplidamente despejados, o así lo consideran los que siguen bajando a la arena de la polémica.

Las Meninas sobre ser una pintura genial, es paradigma de obra abierta, tal como teorizó luminosamente en su día el sugestivo Eco.

Enviado el 21 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Buenos días.
Explicar y una y otra vez lo mismo no es debate.
Las ideas que unos y otros vertieron sobre Las Meninas vienen a decir lo mismo; donde uno dijo realidad a otro le hizo pensar en simbolismo; donde unos propusieron ciencia a otros les sugirió intelectualismo.
¿No estaremos pescando peces con las manos?
Las Meninas es un trabajo aderezado de mucha inquietud y de ganas de hacer algo nuevo, lo nunca visto.
Hablamos de una época donde lo insólito era tan substancial como lo insinuado, y ellos, los retratados, fueron testigos de sus necesidades.
Un saludo


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