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Noviembre 14, 2007
Raciel Gómez: el escrutinio de una ciudad abocada al llanto (1). PÍTER ORTEGA NÚÑEZ
Superficies vetustas trocadas en poesía. La aridez del material convertida en protagonista de la imagen. Aspereza, rispidez, devastación, una auténtica estética de la ruina: así definiría, si me preguntasen, las claves de la poética del joven creador cubano Raciel Gómez Golpe. Recientemente, cuando tuve el privilegio de visitar su estudio, me percaté de que lo que se avecina para el panorama del arte cubano es una verdadera revelación. Todo es cuestión de tiempo; el futuro dirá si me equivoco. No me considero un crítico fácilmente impresionable, por el contrario, a la primera ojeada suelo mirar siempre con sospecha y reticencia mi objeto de estudio. Sin embargo, he de confesar que el virtuosismo técnico de Raciel provocó en mí un efecto muy cercano a la hipnosis. Su preciosismo en los detalles es sencillamente apabullante, al punto de frisar la estética del hiperrealismo. Pero a diferencia de los fotorrealistas ortodoxos, que empleaban procedimientos “mecánicos” para trasladar la imagen fotografiada a la tela (proyección de diapositivas, cuadriculado de la foto y el lienzo, uso de la pistola o aerógrafo, etc.), Raciel no se vale de tales artificios; él solamente tira la foto y luego la pinta tal cual, a bomba y pincel. Y el resultado final posee una factura que es capaz de desconcertar hasta a los conceptualistas más aberrados.
En cambio, en los dibujos el trazo es un poco más suelto, tal vez porque el uso del carbón -su material predilecto- demanda cierta ligereza. Lo cual no quiere decir que el acabado deje de ser exquisito. A pesar de que las pinturas gozan de gran aceptación, el artista tiene más interés en continuar desarrollando la línea de sus dibujos sobre lienzos a grandes escalas, en los que suprime todo color para concentrarse en el negro, el blanco y los grises. De este modo se acentúa el carácter paupérrimo de las viviendas representadas y sus interiores. Sí, porque esa es la obsesión del creador: no el sujeto, sino su hábitat más íntimo. Un hábitat que se nos muestra mísero, infrahumano, por lo que se advierte en él una denuncia implícita. Vigas de madera carcomidas por el paso inexorable del tiempo. Paredes abocadas al desprendimiento, al inminente desplome. Cubiertas horadadas, incapaces de sostenerse a sí mismas. Arquitrabes que, de tan raídos, se antojan estériles, disfuncionales. Esa es La Habana que nos entrega el artista, la más amarga, la más punzante, aquella que puede llegar a ser íntima como un cáncer y extraña como un prójimo, lejana como el pasado y próxima como la muerte… (2)
NOTAS:
(1) A propósito de la exposición personal de Raciel Gómez Erosión del límite, Galería La Acacia, octubre-diciembre de 2007
(2) Jorge Luis Arcos. De los ínferos.
Enviado el 14 de Noviembre. << Volver a la página principal << |

