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Diciembre 13, 2007
Arte: ArtBasel Miami. David G. TORRES
Originalmente en El Cultural:
Hace unos años se hablaba de la cantidad de aviones privados que habían aterrizado en Miami para ejemplificar el movimiento económico, de coleccionistas, que movilizaba la franquicia Art Basel en la capital de Florida (franquicia que desde hace tiempo se rumorea puede ampliarse a otras latitudes). Los datos también podrían tener que ver con la manera ostentosa y desinhibida con la que se muestra la riqueza en la ciudad: sea por las cantidades de silicona y cirugía estética que pasean por la feria, los coches, la ropa o... el arte. Así, varias de la colecciones asentadas en Miami abren sus puertas para exhibirse sin complejos a los visitantes de la feria en sus casas o en los museos hechos a la medida de, por ejemplo, la familia Rubell, con muchos metros cuadrados, comisarios y exposiciones. Algo bastante significativo: el coleccionista ya no cede su colección a un museo, que también, sino que, al más puro estilo Peggy Guggenheim, decide abrir el suyo.
Más datos: desde que Art Basel se ha instalado en Miami cuentan que la ciudad se ha revitalizado, que alrededor de doscientos artistas se han instalado allí; tres museos tienen planes de renovación; veinticuatro ferias de distinto calibre, desde las celebradas en las habitaciones de un pequeño hotel hasta verdaderos eventos artísticos como Nada, Scope o Pulse, acontecen al mismo tiempo que Art Basel (Estados Unidos cree vehementemente en la competencia como motor de la economía); y el New York Times ha editado un suplemento especial con doscientas treinta y pico páginas dedicado a la feria, poniéndola en relación, significativamente, con la moda. A todo ello hay que sumar que los pasillos de la feria están llenos, no abarrotados, y no parece que sea de público. Más bien parece que en cada visitante, o bien hay un pobre crítico, comisario o periodista, o bien esconde una importante chequera en su cartera.
Todo ello habla del volumen de Art Basel Miami. Pero: ¿qué había? De todo, suficiente para iniciar, llenar huecos o aumentar considerablemente cualquier colección. Desde Thomas Hirschhorn (en Friedman Gallery y Chantal Crousel) hasta un pequeño óleo de Picasso de 1927 (en Krugier gallery) pasando por un extraordinario Baldessari (en Marian Goodman); o si se prefiere desde un impresionante Miró de 1945 (en Helly Nahmad) a una destacada colaboración entre los hermanos Chapman con Paul McCarthy y Georges Condo (en Deitch Projects), pasando por Vito Acconci, por ejemplo. Ningún hueco queda por cubrir: Schwarzkogler y Jonathan Messe, Gregor Schneider o Tal R; Sophie Calle y Pierre Huyghe, González-Foerster, Parreno o Gillick; Gilbert and George y Damien Hirst, Gary Hume, Ceal Floyer, Simon Starling o Sam Taylor-Wood y también Alys, Orozco, Stockholder, McCollum, Barbara Kruger, Doug Aikten, João Onofre, Mark Wallinger, Erwin Wurm, etc. Tal vez por eso abren las puertas esos grandes coleccionistas como Rosa y Carlos de la Cruz, para que otros puedan ver cómo hacer su propio fondo de armario.
Sintomático: Unlimited, en la versión “original” de la feria en Basilea, es la sección más celebrada, con proyectos de artistas patrocinados por sus galerías. Aquí, Unlimited ha quedado reducido a una nueva sección este año, Supernova. Y Supernova ocupa un limitado espacio en la feria con muy poco que señalar. Apenas, los dibujos espontáneos de Cabelo (en Marilia Razuk de São Paulo) y Luis Jacob (en Birch Libralato de Toronto) con una pequeña pieza hecha de fotocopias que traza paralelismos entre, por ejemplo, las antropometrías de Yves Klein y la fotografía de un hombre empapado en chapapote en la Costa da Morte. Completan la sección prospectiva de la feria la selección de galerías llamada Art Nova, entre las que destaca la presencia de la madrileña Distrito Cuatro con el portugués Rui Toscano, y Art Positions formada por una veintena de contenedores en la playa en los que se supone se presentan proyectos específicos, pero que sorprenden por su formalismo y conservadurismo.
Seguramente la flojera de argumentos de las secciones dedicadas al arte emergente de Art Basel Miami tenga que ver con el hecho de que ese papel queda asegurado con las otras ferias: Scope, Pulse y Nada. La primera más batiburillo que las otras dos, auténticas ferias de arte, en las que por destacar algo: el fantástico vídeo con hordas de hooligans mexicanos acosando a chicas después de un partido de Gonzalo Lebrija en Travesía Cuatro (en Pulse) y los dibujos de Ignacio Uriarte en Nogueras·Blanchard (en Nada).
Volviendo al principio y visto lo visto, mientras en Europa se enrocan las discusiones sobre la producción y la postproducción, el papel de las instituciones, los centros de arte y las bienales, el proyecto site-specific y el artista que ofrece sus servicios, en Estados Unidos parecen haber recuperado la famosa sentencia que llevó a Bill Clinton a ganar las presidenciales: “Es la economía, estúpido”. Y han puesto en marcha el rodillo del mercado, en el que el coleccionista es el nuevo rey, quien marca las tendencias, dejando por el camino, entre otras pérdidas y barriendo para casa, a la crítica (ya lo anunciaba no hace mucho en estas páginas Elena Vozmediano). Por no recordar el pasado y decepcionante tour veraniego (Documenta, Bienal de Venecia y Proyecto Escultórico de Munster): no aguantan la comparación. Aquellos no sabían a qué agarrarse y en Miami lo tienen claro.
Enviado el 13 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
