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Diciembre 10, 2007
El no-lugar como paradigma de la fotografía actual. PARIS PHOTO. Sema D'ACOSTA
Justo en el centro del Carrusel del Louvre, pasado el gran museo y antes de llegar a los jardines de las Tullerías, se alza un arco triunfal rematado por una cuadriga escoltada por dos figuras aúreas. Desde ahí, desde ese monumento hecho levantar por Napoleón a semejanza del modelo que construyera Constantino en Roma, se percibe con respeto la grandeza henchida de París. Sus espacios inmensos, prolongados, inabarcables. A un lado, casi en lontananza, el Arco del Triunfo; más acá los Campos Elíseos, la plaza de la Concordia. Del otro, detrás, el Louvre y la pirámide acristalada de Pei. Sobre el fondo brumoso, la torre Eiffel.
Desde ese lugar preciso de la ciudad, mirando a cualquier sitio, uno se da cuenta al instante de la sofisticación y variedad de recursos de un centro histórico ilimitado e inconmovible. Y es debajo de ese punto neurálgico, exactamente, donde bulle, como un hormiguero ordenado, Paris Photo, considerada por los especialistas la feria internacional de la fotografía más importante del mundo. El lugar preciso para contemplar no sólo las últimas expresiones en este arte, sino también un sinfín de imágenes primogénitas que han marcado su historia. Desde los calotipos de Hill y Adamson, Le Gray o Fox Talbot (impresiona ver de cerca la belleza pura y neblinosa de estas primeras capturas seudoexperimentales), hasta las instantáneas pétreas de Candida Höfer o Jean-Marc Bustamante. Sin grandes algaradas ni aspavientos, sin caer en la torpeza cicatera de otras convocatorias menos ambiciosas y más ruidosas, con una pulcritud casi espartana, París Photo ofrece una visión panorámica muy amplia y de largo recorrido sobre los significados y pervivencias de la imagen fija, tocando todos sus géneros y repasando, inevitablemente, la mayoría de los grandes nombres que han dado sentido y validez a la consideración de la fotografía -después de más de un siglo y medio de vida-, como un arte vivo y creciente.
Sin tener un tamaño demasiado grande -es, por ejemplo, bastante más dominable y menos cansina que ARCO-, París Photo se organiza en torno a tres espacios bien diferenciados que comparten una zona central abierta que vertebra la visita. El paseo por los diversos stands resulta agradable, sin apretaduras. En un día pleno de dedicación se puede llegar a contemplar casi al completo las propuestas de las 83 galerías presentes, además de poder observar con interés los espacios dedicados a las publicaciones de mayor renombre especializadas en el sector (Taschen, Phaidon, Artforum…). Cada edición, al igual que ocurre con otras grandes citas internacionales, París Photo toma como referencia un país invitado al que se le dedica una especial atención, circunstancia que se aprovecha para analizar y dar a conocer las expresiones y tendencias vigentes de la nación correspondiente. España fue la elegida en 2005 y Rosa Olivares -directora de la revista Exit y una de las especialistas que mejor conoce el panorama en nuestro territorio-, la comisaria encargada de seleccionar a los artistas que nos representaron.
Este año el país escogido ha sido Italia, bajo mi punto de vista y sin tener en cuenta la cúspide incuestionable que significa Alemania, quizás el que mejor ha sabido construir en Europa un discurso fotográfico contemporáneo de validez y con personalidad propia. Entre el remolino de sensaciones cruzadas que me rodeaba, y ante la imposibilidad de abarcarlo todo, me concentré en el silencio desdramatizado de las imágenes paisajísticas de los italianos, secuencias repetitivas de un mismo catón que resultan paradigmáticas, por su conjugación, de los designios globalizados del mundo de hoy.
Si la Escuela de Düsseldorf es el punto de arranque de muchos de las ideas que se mueven en nuestros días en fotografía (la impronta del matrimonio Becher es una huella indeleble que ha trazado un camino nuevo más abstracto y menos concreto en la consideración iconográfica de la imagen actual, desde el momento en que los artistas germanos empiezan enfrentarse al espacio como un no-lugar en vez de como un lugar, se alteran los presupuestos de partida y se obtienen reflexivas imágenes atemporales en vez de instantáneas indubitables). Al invertir el concepto, la aproximación a la realidad se produce por mecanismos menos impulsivos y más cognitivos, aspectos perennes e indestructibles del envés de la realidad que ya nada tienen que ver con el documentalismo o el esteticismo y que se sustentan, sobre todo, en motivaciones de índole intelectual. Imágenes que pueden resultar estáticas o incluso frías, pero que atrapan con su pasividad los lugares compartidos de la contemporaneidad. Territorios de tránsito que resultan comunes y habituales, parajes urbanos donde predominan la indiferencia y el anonimato y que podemos hallar en cualquier parte del mundo (banales manzanas de casas, edificaciones impersonales y funcionales, aeropuertos, centros comerciales, metros, estaciones de tren, carreteras, supermercados, hoteles….). Espacios que se justifican por la multitud deshumanizada que los confiere, como por ejemplo ocurre con las extensas playas o los interiores de discoteca que retrata Massimo Vitali, territorios que se deben, y enaltecen, por una sociedad ociosa que practica alienada la religión de la indiferencia.
Tradicionalmente se conoce a Gabriele Basilico por sus vistas periféricas de las ciudades (precisamente uno de sus reportajes más conocidos refleja el extrarradio de la capital francesa), estampas antirrománticas donde las estructuras industriales van construyendo una identidad periurbana irreverente y difusa, una pérdida de valores desnaturalizados que culmina en el desencanto y en la desmotivación arquitectónica. En la feria parisina sus últimas imágenes han dado un giro y capturan la podredumbre y el hundimiento de parajes desolados por la pobreza, caso de Beirut, ciudades donde la miseria o la guerra han impendido un desarrollo razonable.
Las fotografías de Vicenzo Castella retratan metrópolis apagadas de una belleza lánguida, imágenes donde la perspectiva aérea y el esfumatto (rememorando los fondos renacentistas) juegan un papel esencial; da igual el lugar, el prototipo de la urbe contemporánea responde a un estereotipo previsible donde coinciden barrios y amplias extensiones desarropadas. Vistas desde las alturas, la ciudad moderna es anodina, insustancial, informe. Los grandes planos abiertos, igual que los que utiliza Olivo Barbieri, atrapan la esencia indeterminada del espíritu urbanita. Sus enfoques selectivos jugando con la profundidad de campo nos hacen creer que la imagen que tenemos delante es una maqueta de reducidas dimensiones. Al tiempo nos damos cuenta de que estamos frente a una realidad escamoteada, una sutil engañifa, convirtiendo de un modo lúdico el artista lo verdadero en verosímil, es decir: lo existente y concreto en algo inexiste o ficticio de carácter etéreo.
De las curiosas fotos presentes de Raffaela Mariniello, sólo puedo decir que no me seduce la superficialidad efectista que consigue al capturar el tiempo ni tampoco sus juegos luminosos repercutidos por el extrañamiento, me interesa el espacio y su domesticación, no la percepción adulterada ni el alabeo de la mirada. Me interesa, por ejemplo, la capacidad analítica de Franco Fontana para reconstruir la realidad, para inferir volúmenes puros (tanto en líneas como en colores) de situaciones complejas. Su manera de simplificar los espacios y olvidarse del tiempo, de abstraerse, parafraseando a los constructivistas rusos, igual que hace Walter Niedermayr (su díptico en la RobertMiller Gallery era espectacular) cuando convierte la grandeza de la Naturaleza en una excusa para concebir un singular cuadro gráfico de incontenible potencia visual, un retablo donde el hombre queda ridiculizado por su pequeñez e insignificancia ante la inmensidad de las montañas.
La sucesión ordenada, casi continuada, del paisaje como espacio impreciso de la memoria; la masa inherente como refugio, el momento eterno e insustancial que vivimos, lo urbano como espacio del anonimato, la ciudad fabril derrotando al hombre doméstico.... La clave de la fotografía actual está en la idea y no en la representación. Lo importante no es el resultado, que puede ser azaroso, sino la veracidad de la escenografía descubierta. Un tour de forceentre el artista y el espacio que acaba en una lucha conceptual, en un esfuerzo supremo por descubrir los resquicios de la realidad que nos rodea, un mundo colmado de imágenes vanas que tiene que redefinirse a través del silencio pensado que dibuja la mirada cultivada. Una mirada experimentada que es capaz de radiografiar el sentido de una situación antes que su pulso. Un silencio denso, casi trazado con tiralíneas, que utilizan estos paisajistas italianos para derrotar las dimensiones conocidas e indagar aspectos nuevos del contexto que nos rodea.
Enviado el 10 de Diciembre. << Volver a la página principal << |
