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Diciembre 26, 2007

Jorge Pardo: «que algo parezca una casa no significa que lo sea». Javier DÍAZ-GUARDIOLA

Originalmente en ABCD:

19(37)El apartamento elegido está situado en los aledaños de la Plaza de España, en la novena planta (escalera C), del número 67 de la céntrica Gran Vía madrileña. Lo cierto es que podría pasar inadvertido, teniendo en cuenta que es una isla en un bloque edificado en altura donde confluyen las oficinas de varias agencias de viaje, un gran centro médico, las sedes de algunas asociaciones culturales, cierta franquicia de productos de higiene y hasta un hostal. Superado el portal, un pasillo pintado en verdes y naranjas nos avanza los colores que nos sorprenderán en sus reducidas estancias. En el interior del ascensor que nos conduce hasta la puerta del piso, una cita de Jorge Pardo (La Habana, 1963), su responsable: «Vivimos en un mundo en el que cada vez tiene menos sentido entrar en las salas blancas para contemplar arte. En realidad, este espacio social no se esfuerza mucho en hablar sobre lo complejo». Algún vecino se ha encargado de completarla...

«Escultura habitable». Como en intervenciones anteriores -recordamos aquella en la que acondicionó el acceso de entrada y la librería de la DIA Foundation en Nueva York (2003) o su falso muelle de atraque para Münster (1997), con el que este apartamento, de alguna forma, se relaciona-, el artista nortemaericano de origen cubano, invitado de la 26ª bienal de Sao Paulo (2004) y cuyos últimos veinte años de trayectoria repasa en la actualidad el MOCA de Miami, es el encargado de transformar un espacio anodino de menos de 25 metros cuadros en una de sus «esculturas habitables», si es que se nos permite esta definición, con un resultado final a caballo entre el arte, la arquitectura y el diseño: «Yo no me veo como un artista que traspasa fronteras -admite Pardo-. Soy un escultor que instrumentaliza diferentes prácticas y tradiciones artísticas cuando desarrolla su labor. No tengo ningún interés en convertirme en un arquitecto o un diseñador. Lo que realmente me interesa es trabajar desde una tradición que se cuestiona su propia percepción. Sólo por el hecho de que algo parezca una casa, no significa que a lo que se enfrenta el espectador lo sea», agrega el artista.

Experimentar el espacio. Gran Vía, 67, el proyecto de Jorge Pardo para la galería Elba Benítez -fuera de sus instalaciones en su habitual emplazamiento en el barrio de Chueca-, fruto de su colaboración con el coleccionista y mecenas mexicano José Noé Suro, no es efectivamente un apartamento diseñado y decorado por un artista, sino una instalación para experimentar el espacio en lo que parece una casa habitable: «En algunos aspectos, no hay en absoluto ninguna diferencia entre una casa construida por mí o la que pueda construir un arquitecto -señala-. Lo que diferencia a ambas es lo que la casa en sí significa para cada uno de nosotros. Los arquitectos no hacen arte. La casa que planteé para el matrimonio Reyes en Puerto Rico, por ejemplo, parte de un discurso radicalmente opuesto al que puedan desarrollar muchas viviendas construidas por cualquier arquitecto. En general, el arquitecto está siempre al servicio del cliente. En mi caso, yo soy mi mismo cliente».

En la pieza para Madrid, el espectador experimentará la sensación de moverse por el interior de una construcción escultórica, grande porque le supera en tamaño, pequeña porque parece una vivienda de una única estancia. Pardo ha colocado una estructura de madera y contrachapado a lo largo de las paredes del habitáculo. Sus sinuosas formas son como un cascarón macizo y laminado en el que sobresalen las formas de lo que parece una cama, una mesa de estudio y hasta una encimera de color naranja con un fregadero.

Puertas y ventanas. Su «hermetismo» lo rompen la puerta de acceso a la calle -que cobra un grosor considerable; no hay más que ver la llave que la abre-, la del baño -decorado con pequeñas teselas cerámicas ovaladas en tonos verdes y azules de diferente tamaño que invadirán paredes y suelos cuando esté terminado-, y la de la terraza -donde unas impresionantes vistas de la ciudad nos devuelven al trampantojo de estar «pisando» algo que parece una vivienda-, en consonancia con una ventana justo enfrente de la misma y un armario extraíble para la ropa del hipotético morador.

Y en el techo, una de las personales lámparas «de diseño» de Pardo («En mi estudio -plantea el creador- asumismos las tecnologías como lo hacen muchas otras prácticas creativas interesantes. Creo que lo más difícil al servirse de las tecnologías es no caer en su faceta que las convierte solo en espectáculo»), cuyas 32 piezas -«costillas» las llama él- y su exigua luz ayudarán a intuir el entorno como demanda la instalación. El resultado vuelve a alterar los binomios establecidos entre lo público y lo privado, el objeto artístico y el producto industrial, la forma y la función de la obra de arte: «Yo me veo a mí mismo como un artista tradicional. Las cuestiones que me interesan no tienen por que ser necesariamente actuales. Todo lo referente a la relación entre la función y la forma, por ejemplo, a mí me parece una construcción muy del siglo XX. Las habitaciones blancas que tenemos tan asumidas como espacio neutrales son construcciones muy recientes y, paradójicamente, ya muertas. No son ni siquiera competentes para reflejar la complejidad del mundo que nos ha tocado vivir».

Infravivienda. Volvemos a la planta novena: «Lo que espero es que cuando el espectador llegue a Gran Vía 67 se encuentre con una confortable habitación de invitados de unos 25 metros cuadrados», espeta Pardo. Le recordamos que, pese a sus espectaculares formas y los colores cítricos de su suelo y algunos elementos del mobiliario, pese al contraste de sus puntos de luz y la fascinación del aseo, nos encontramos en una «infravivienda», una casa de menos de 25 metros cuadrados, los famosos «minipisos» de la ministra Trujillo, en un país especialmente sensibilizado con la propiedad inmobiliaria y el precio del metro cuadrado: «Al residir en EE.UU., este apartamento es sinceramente un espacio rídiculo para vivir, pero a la vez, trabajar aquí se convirtió en un reto interesante. Se trataba de hacer más evidente la naturaleza de un ámbito como éste».

Mi residencia. No es la primera vez que Pardo se enfrenta a un proyecto de estas características. Antes mencionaba la casa del matrimonio Reyes; su retrospectiva en Miami, que plantea sus estancias como si de las de una vivienda se tratara, se titula «House», y ahora mismo está enfrascado en varios proyectos mexicanos de similares características («Estamos diseñando y construyendo las vitrinas para la casa LACMA, la colección precolombina, un proyecto que verá la luz en febrero de 2008. También estamos diseñando una vieja hacienda en el Yucatán, región en la que además estamos repensando una casa de la ciudad de Mérida»). Hasta su propia vivienda en Los Ángeles nació como un encargo -«una casa con una escala tan diferente que ni siquiera se puede poner dentro de un museo», apuntó en una ocasión-, lo que no no evitó que se rodeara de polémica: «La casa me pertenece a mí. Fue construida con ocasión de la exposición que me ofrecieron realizar en el MOCA de Los Ángeles en 1993. Mi respuesta a dicha invitación fue "de acuerdo. Lo que yo quiero hacer es construir una casa"».

Para disfrutar de Gran Vía, 67 habrá que esperar todavía unas semanas. Pese a que el proyecto se inauguró el día 22 de noviembre -tras mucho tiempo dándole vueltas y desde este verano asumiendo una forma-, lo hizo con la puerta del baño cerrada (donde aún no se habían instalado ni las teselas de las paredes, ni los sanitarios) y sin una segunda capa de barniz para favorecer la conservación de la pieza. En esas están dos cuadrillas de obreros que se afanan por tenerlo todo a punto y cuanto antes. Hasta entonces, la galería, propietaria del espacio, alberga en su sede habitual un ámbito acondicionado como servicio de documentación sobre Pardo. Son los problemas de comenzar la casa por el tejado.

Enviado el 26 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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