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Diciembre 26, 2007
Sucesión de ciclos. Anna Maria GUASCH
Originalmente en ABCD:
Ramón Esparza, comisario de Construir, habitar, desocupar, se refiere a la técnica fotográfica del «ciclorama» usada por Doug Wheeler en una obra de la exposición del Guggenheim Percepciones en transformación, para eliminar toda referencia espacial en el ámbito arquitectónico: ni esquinas, ni líneas de borde entre techo y suelo, ni sombras. Y ha sido esta misma experiencia espacial la que le ha servido de carta de presentación de la muestra del Koldo Mitchelena. El primer espacio con el que se encuentra el visitante es también un espacio liberado de referencias arquitectónicas precisas, y en él, a modo de tríptico pictórico de gran formato, se presentan tres macrofotografías (una por cada uno de los tres artistas que componen la exposición) con las que se consigue crear una síntesis de lo que será el discurso narrativo de la misma, escueto pero, a la vez, complejo, directo y sutil con el que se explica, a través de imágenes fotográficas arquitectónicas, el ciclo vital del propio espacio. La arquitectura -nos viene a decir el comisario-, una vez que ha salido de las manos de su creador/artífice, tiene su vida propia en la que participan muchos factores, no únicamente técnicos o humanos, es decir, previsibles. La arquitectura, como la Naturaleza, tiene una cierta cualidad «entrópica»; una tendencia natural a la pérdida del orden; una incertidumbr; una cierta cantidad de ruido que afecta a su propio sistema y lo conduce irremisiblemente al desorden, al caos y a la destrucción.
Ahora entendemos el porqué de la inclusión de estos tres conceptos que definen el título de la muestra, términos que no aludirían tanto a criterios constructivos, vinculados a la voluntad del hacer humano, sino al devenir de la propia Naturaleza, casi como una reivindicación de lo psíquico o irracional de la arquitectura más allá de los componentes propiamente físicos o racionales o, dicho en otras palabras, una defensa de los procesos de «autoproducción».
Así se coge la cámara. De ahí también el hecho de haber escogido a tres fotógrafos con una similar manera de usar la cámara como un aparato que no sólo registra, sino que decide que és visible y qué no, cada uno vinculado a una manera muy distinta de entender la fotografía. El primero de ellos es el londinese afincado en Madrid Adrian Tyler, conocido por las relaciones que crea entre paisaje natural y arquitectura. Tyler, para ilustrar el apartado «Construir», practica un tipo de fotografía pseudo-pictoricista, en el sentido de que la composición de la imagen que hay que fotografiar es fundamental. Es un artista que cree todavía en la representación (nada que ver con la fotografía conceptual que buscó destruir el paradigma de la tradicional), pero que, contrariamente al reportero, opta por la «pose» y, contra la fugacidad del instante, elige el fuera tiempo, o el no-tiempo del modelo, lo cual explica el trabajo serial de Tyler a lo largo del proceso de construcción del Hotel de Frank Gerhy para las bodegas Marqués del Riscal en Elciego (La Rioja). Tyler renunció a la presencia del espacio circundante, así como a la presencia de la figura humana, y, siguiendo, eso sí, un punto de vista único e inamovible, fue retratando las sucesivas fases de construcción del edificio para presentarlas en forma de dípticos (en un diálogo de planos close-up y medios) con el claro convencimiento de que el espacio «sólo sería perceptible a través de sus límites».
Para ilustrar el apartado «Habitar», el fotógrafo canadiense Edward Burtynsky, conocido por sus fotografías en «paisajes postindustriales» se sitúa en una ciudad global, Shanghai, y a partir de grandes formatos y puntos de vista lejanos (renunciando a la espectacularidad del primer plano y liberando la imagen de toda su carga figurativa y localista) nos enfrenta a la transformación urbana de una ciudad oriental. ¿Cómo habitar los espacios de ocio, de trabajo, de encuentro, los lugares y los no-lugares de las nuevas megálopolis chinas? ¿Cómo mirar al futuro sin destruir el pasado? Tarea imposible, parece sugerirnos, ante unas imágenes que documentan los nuevos hiperespacios del capitalismo global, ámbitos en los que parece imponerse lo ahistórico y la destrucción de la memoria.
De la destrucción. El estadounidense Joel Meyerowitz, con algunas de las fotografías incluidas en su muy conocido libro Aftermath, un trabajo de archivo de nueve meses efectuado en el Ground Zero de Nueva York después de los primeros días del ataque a las Torres Gemelas, ilustra el «fin» del ciclo vital del espacio arquitectónico unido a toneladas de amasijo de metal, hormigón y escombros, consecuencia de la destrucción arquitectónica. El «instante decisivo» y el «corte temporal» es aquí fundamental para inmortalizar el «acontecimiento»: la actualidad del instante, esa imagen exclusiva e irrepetible del reportero que es capaz de capturar el puro acontecimiento, que aparece y que jamás se repetirá.
El fin del proceso, sugiere Esparza, no es tanto la destrucción, sino la «desocupación del espacio» (como contrapunto simétrico a la creación del mismo): interesante reflexión que nos lleva del espacio físico al psicológico. El vacío aludido por la ausencia del edificio debería entenderse más bien como un vacío psicológico, lo cual nos remitiría a la estética de Oteiza y su lección de «desocupar el espacio» como una manera de crear vacío (o ausencia de algo). El ciclo se cierra, pero se abre otro.
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